Prime Crime: A True Story (Gus Van Sant)

Algunas canciones trascienden a su tiempo por la forma en que lo logran retratar. Más allá de suscribir un himno o proclama, el The Revolution Will Not Be Televised del inconmensurable Gil Scott-Heron es una pieza fundamental que traspasa el espíritu de una época: es un canto a todas las revoluciones porque habla, precisamente, de su significancia elemental. Este valor también está implícito en la deslumbrante Prime Crime: A True Story (2025), último trabajo de Gus Van Sant, que regresa a la dirección en contra de sus detractores con una de las más estimables citas del panorama cinematográfico reciente. Que no se malinterprete esta prematura relación exaltada: su virtuosismo no está ligado a la importancia o la insurrección casi anecdótica de los hechos que expone —o porque en la película se incluya dicho tema—, sino porque esta también consigue captar lo que define su causa; un sentimiento extendido por los años que recuerda la resistencia de la clase obrera frente a un sistema vertical diseñado para oprimirla.

En esta mirada abierta y atemporal, podría parecer contradictorio retroceder a otra instancia para recrear unos hechos acontecidos medio siglo atrás. Sin embargo, no se trata del único ejemplo que recompone la historia para trazar un paralelo alegórico y político sobre la incertidumbre del presente. Sin ir más lejos, estrenos recientes como El agente secreto (2025) de Kleber Mendonça Filho o Dos fiscales (2025) de Sergei Loznitsa —ambos excelsos— se inspiran en sucesos reales para establecer una nueva lectura sobre los mismos; recordando, en sus respectivos términos, que la historia está condenada a repetirse. Además, en ese pertinente ejercicio de perspectiva y recuperación, también existe una voluntad por dignificar o buscar otras ópticas a lo que asumen con ligereza las narrativas construidas sobre los constructos sociales o las noticias de su tiempo, dando espacio a la posibilidad de descubrirse de nuevo, años después, desde otros términos y miradas.

Por esa misma razón, un título como Elephant (2003) sigue siendo todavía tan impactante. Evidentemente, esta obra maestra —sobre la que conviene resaltar su inquebrantable estatus de culto— resulta indivisible a la gravedad de los hechos terribles que ocurrieron en un momento determinado. No obstante, la lectura  del propio Gus Van Sant logró traspasar a su mera representación enunciativa, configurando una pieza apaisada que contempla la insatisfacción y el vacío generalizado de una etapa de profunda desidia juvenil; cruzando la delgada línea —moral y cinematográfica— que separa y unifica el horror de la belleza, o la vida de la muerte. Sería un error pretender buscar el mismo riesgo en esta Prime Crime: A True Story pues el contexto y su ambición es totalmente diferente, aunque comparten algunas de estas tensiones y esa misma dedicación por intentar comprender un escenario complejo y ambiguo.

Basado en hechos reales, este relato transcurre durante una mañana cualquiera, en Indianápolis, a mediados de los años 70; o por lo menos, eso es lo que anuncia la seductora voz del radio-conductor Fred (Temple) Heckman —Colman Domingo— que, como cada día, locuta el despertar a sus oyentes habituales. Uno de ellos es Tony Kiritsis (Bill Skarsgård) que, en su particular día de furia decide tomar la justicia por su mano cogiendo como rehén a Dick Hall (Dacre Montgomery), hijo del reputado M. L. Hall (Al Pacino), responsable de un importante banco. El objetivo de este hombre y vecino de a pie es buscar una compensación económica al haber sido estafado por estos, pero en su meticuloso cometido también está el de recibir una disculpa por parte del mandamás, desmantelando ante la opinión pública el monopolio de quienes se aprovechan de su posición para ejercer su menosprecio sistemático.

El elefante en la habitación, o la rima más directa sobre el presente, es el caso de Luigi Mangione. Sirva como ejemplo, pues, la determinación de acercarse a estos extremos para constatar una clara postura de denuncia, suscribiendo la impronta social de aquellos que atormentados por un régimen corporativo y hostil se descubren, un día como otro cualquiera, sin nada que perder. La mirada del director, como ya había adelantado, va mucho más lejos del reduccionismo eventual o la crónica superficial de ese hecho; abriéndose al paisaje de una comunidad dominada por la retransmisión informativa y las infinitas caras que componen el prisma de la verdad. En ese aspecto, el trabajo coral de un reparto sublime —con nombres como Myha’la, Cary Elwes o Daniel R. Hill, junto a los ya mencionados— completan una radiografía fascinante del entramado periodístico-televisivo y la percepción de ese suceso extraordinario, agitando los cimientos éticos de las sociedades del bienestar.

Desde la observación fragmentada de sus distintos focos de interés, el trabajo formal de Gus Van Sant para unificar el relato completo es absolutamente sublime. En la concatenación de escenarios simultáneos, el ritmo que emplea para abastecer el texto de Austin Kolodney certifica el dominio maestro del autor, elucubrando su lucidez con la pauta y el frenesí setentero del French Connection. Contra el imperio de la droga (1971) de William Friedkin o el Pelham 1, 2, 3 (1974) de Joseph Sargent. Por encima de eso, la constante partitura radiofónica como homenaje a la música de su tiempo —especialmente al ‹soul› y la poética social y revolucionaria de Gil Scott-Heron—, orquestan la magnitud emocional de una historia que atenta contra el orden establecido. Partiendo del dominio de esos ecos y reminiscencias, su significación, como mencionaba al comienzo, trasciende a la mera suscripción de su recuerdo; agitando un claro símbolo de protesta que convida a pensar en la configuración de estos perfiles estigmatizados por su propia imagen, mayormente representados desde la soledad o el delirio. Sin caer en lugares comunes o caricaturas psicológicas salidas del molde del ‹true crime›, la noble causa de Tony Kiritsis se impone como un aliciente combativo para quienes resisten día tras día el influjo de un sistema perverso y codicioso; siendo ejemplo de nada pero sugiriendo la imperiosa necesidad de un cambio en todo lo que nos rodea.

Sin lugar a dudas, el regreso de Gus Van Sant con Prime Crime: A True Story confirma de nuevo a un cineasta plenamente vinculado a la identidad de nuestro tiempo, con una propuesta divertidísima y eminentemente política que observa los grises de una lucha accidentada e incesante contra el poder.

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