La alternativa | La pequeña muerte (Josh Lawson)

«La tengo como el mástil de una bandera.»

Anónimo, parafilia sexual: fútbol

La sutileza no es siempre necesaria. Por ejemplo, yo imagino a Josh Lawson levantándose una mañana en modo ‹eureka› y tomar la decisión de titular a su primera película como la versión francesa de la palabra “orgasmo” —‹la petite mort›— como envoltorio perfecto a su comedia sexual. Muy acertado lo de ir directo al meollo para algo difícil de alcanzar.

La premisa es sencilla, un puñado de parejas que en la rutina han rozado la insatisfacción deciden explorar sus parafilias sexuales en busca del ansiado orgasmo. Para ello Lawson se inspira en las ‹sitcom› y cruza varias historias en un mismo vecindario para darle algo de cotidianidad a los descubrimientos más extremos, donde el humor más ácido va afilando los pequeños dramas que explora en la película.

A modo de experimento, vamos entrando en casas ajenas para participar exactamente en ese momento en el que la necesidad de probar cosas nuevas desbarata la normalidad de sus vidas. Ya sea por consenso, por consejo externo o por sibilino interés propio, nos acercamos episódicamente en la intimidad de las parejas para consultar el ‹vadenecum› de las sexualidades más exquisitas. Desde lo más incómodo a lo más accesorio, cada pareja afronta algún deseo individual que necesita de dos para que sea posible y la comedia surge del intento de alcanzar esos deseos tan específicos y poco habituales sin pudor alguno. Entre la algarabía sexual, aquí afrontada con cero desnudos y algún que otro clímax exagerado, surgen otros temas enfocados en las rutinas de convivencia, ya que Lawson se mete en todo tipo de relaciones, desde los recién llegados a los que ya han desgastado el amor, y busca trasladar un mensaje en el que la novedad y/o la comunicación (porque uno no siempre está por la labor de expresar en voz alta sus anhelos) pueden llevar a revivir cualquier estado familiar.

Dentro de esta colección de personajes imperfectos aventurándose a experiencias novedosas hay espacio, obviamente, para afrontar temas peliagudos, pero siempre desde el lado positivo de la vida. La pequeña muerte no está por la labor de defender el “lo que mal empieza, mal acaba”, porque ante la pluralidad de historias, hay otros tantos posibles desenlaces para todos ellos. Y es que es fácil enfocar el multiverso sexual cuando cada persona es única e intransferible y mezcladas las variables se disparan. Es cierto que aunque alguna de las filias que trata son poco compatibles con la voluntad de la otra persona, con un guion que relata un lenguaje tan flexible se sabe adaptar para que los límites personales no se sobrepasen, así que por muy oscuro que se pueda volver, la sensación de ‹good vibes› no se despega de toda la película, incluso con un final que lleva la anécdota a lo salvaje mezclando la efusividad de haber hecho algo prohibitivo a la vista de otros y que eleva las endorfinas al infinito al nivel de ser ajeno a todo lo que nos rodea, en este caso tragedias que se minusvaloran en favor, una vez más, de la comedia negra.

Es entonces algo normal que este guion haya pasado por muchos países a modo de ‹remake› —la versión española la dirigió Paco León en Kiki, el amor se hace— porque lleva el fetiche a lo cotidiano en una película cuyas bromas se convierten en algo atemporal y que permite que todos disfrutemos sin complejos. Aunque no exista el riesgo visual ni conceptual, sí hay un punto de atrevimiento al llevar el sexo y sus pequeñas perversiones a cualquier hogar y cualquier hora del día, porque las comedias románticas también necesitan de extravagancias para ser recordadas.

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