Arte y resistencia entonces y ahora.
No es poca cosa que el arte y el cine reivindiquen la resistencia de los creadores. Artistas, músicos, actores, actrices, poetas, escritoras, pintores —salvando las grandes excepciones de las megaestrellas millonarias, por supuesto, que constituyen una minoría absoluta en el sector— tienen desde siempre unas condiciones materiales precarias tirando a desesperadas. El compromiso artístico, y más todavía si tiene un componente innovador, si está volcado en la experimentación con el medio, alejado de las convenciones generalmente aceptadas, vaya, casi nunca ha sido ni medianamente suficiente.
Y ese es precisamente el punto de partida de la última película del interesante director portugués João Nicolau, que inauguró la edición de 2026 del Festival Internacional de Cine de Roterdam (IFFR). El festival holandés, haciendo gala de su espíritu fundacional iconoclasta, vuelve a mirar a esa tradición cinematográfica portuguesa, que Nicolau encarna, y que lo empareja con lo que podríamos considerar la marca portuguesa, un cine que mantiene y desarrolla una tradición de fuerte libertad formal y narrativa, heredera de la inspiración de João César Monteiro y Miguel Gomes, una propuesta en la que conviven la esencial experimentación, el jugueteo constante y militante con los géneros y una relación muy consciente con el concepto de historia. En el caso del director portugués, un creador que a lo largo de su trayectoria ha dirigido cuatro largometrajes, con grandes distancias de producción y temáticas entre ellos, es posible corroborar unas motivaciones creativas y expresivas perfectamente identificables a lo largo de su filmografía. Desde A espada e a rosa (2010), aquella aventura irrealista y delirante en barco de Manuel, hasta la tragicomedia musical sobre la madurez, el conflicto tecnológico y la vitalidad irreductible Technoboss (2019), pasando por John From (2015), un cuento ‹coming of age› muy ‹sui generis› sobre una chiquilla que se enamora de su misterioso nuevo vecino fotógrafo.
En esta ocasión, Nicolau aborda un relato conmovedor y humanista sobre un grupo de comediantes nómadas del siglo XIX, en clave de comedia con insertos de musical. Basada con libérrima creatividad a su vez en el entrañable cuento de Robert Louis Stevenson homónimo, sobre una panda de cómicos de la legua de provincias que se tienen que buscar a diario la vida para dormir y comer —y la salvan providencialmente, por lo general—, el cineasta luso introduce algunos de sus elementos distintivos, un juego temporal que alcanza a una taciturna y nihilista banda de rock del presente, para constatar la pasión y la entrega de las personas dedicadas a las artes, las humanidades y la cultura a través de los tiempos —aquí es inevitable conectar este propuesta con su anterior film anti tecnológico en el contexto creciente del desplazamiento del talento humano por la inteligencia artificial—.
En última instancia, se trata una vez más de la defensa de las artes como motor del placer y de la felicidad humana, que comienza muy elocuentemente con una primera secuencia interior, en semipenumbra, íntima en su atmósfera, de su pareja protagonista Leon y Elvira Bertelhini, ensayando uno de sus textos. Él recita con entusiasmo y ella va introduciendo las requeridas correcciones. Inmediatamente veremos que ese disfrute y compenetración genuinos se enfrentan cada uno de los días de sus vidas con innumerables contratiempos, materializados tanto en instancias representativas del poder como en las picarescas propias de la necesidad.
Pero la característica que singulariza la propia creación de Nicolau es la esencia del sinsentido. Su historia transcurre en un lugar indeterminado de Portugal, compactado en un día y una noche, que deviene en un detalle menor por la irrupción de todo tipo de circunstancias y acontecimientos de naturaleza fantástica —maldiciones, animales de ojos rojos, varios saltos temporales—, así como por las encarnaciones de los propios actores de diversos personajes de otras épocas, en una nueva vuelta de tuerca del ejercicio artístico y por ende cinematográfico.
A su vez, este poderoso aparato conceptual se vehiculiza a nivel formal por medio de la hermosa y naturalista fotografía de Mário Castanheira, que se fusiona con los requerimientos de cada espacio, ya sea en las calles adoquinadas o en los interiores de las casas y hosterías. Además, Nicolau vuelve a poner en escena a la actriz Clara Riedenstein como Elvira, que recordamos en la reconocida película de Rita Azevedo Gomes, La portuguesa (2018), en un nuevo recurso a la metatextualidad.
Y así es como el director portugués compone una película profundamente autoconsciente, autoficcional y universal sobre la potencia del arte y del cine como refugios insobornables de lo más valioso de la civilización humana que se nos va escapando por entre los dedos en esta contemporaneidad desorientada.

«El Cine es más hermoso que la vida.»








