Insaciable (Natalie Erika James)

«Con un poco de azúcar, esa píldora que os danLa píldora que os dan pasará mejorSi hay un poco de azúcar, esa píldora que os danSatisfechos tomaréis.»

Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964)

La perfección es una condición normativa en el cuerpo de una mujer. Es algo que todas sabemos desde niñas y que, según la evolución de nuestros cuerpos y nuestro entorno puede tener mayor o menor presencia en nuestras preocupaciones. Y el camino hacia la perfección es un puto infierno.

Por suerte, cada año aparece un nuevo milagro que se transforma en objeto de deseo para retorcer el mensaje ‹body positive› hasta engullirlo con una elevada pérdida de grasas gracias a una dieta, una pastilla, una operación estética, un reto viral, un trastorno alimenticio… Todo vale para conseguir una imagen del antes y el después.

Podríamos pensar que Natalie Erika James ha necesitado una ardua documentación sobre el tema a la hora de hacer la película, pero la realidad es capaz de poner a cualquiera en su sitio y el misterio es mucho más sencillo de resolver: es una mujer, ha nacido para plantear este tema en concreto. En un momento en el que el ‹body horror› se ha apropiado de las conductas abusivas en cuanto al negocio del cuerpo femenino se refiere, la directora nos ofrece en Insaciable una historia camaleónica que fagocita el terror a través de la obsesión por esa perfección inalcanzable.

Midori Francis se presta a la mutación de su físico para encarnar a Hana. Hana es una estudiante de medicina que babea por su monitora de gimnasio y que sobrelleva su ansiedad a base de atracones de comida. Ante la declaración de intenciones que esconde esa visión en la que tener toda la información no te libra de cometer ciertos errores que atenten con tu propia salud, a través de una protagonista errática podemos sumergirnos en el caos más absoluto para conseguir un “después” que no implique sacrificar el placer culpable.

La película se adentra en las invenciones de ‹mad doctor› para obtener una solución rápida y efectiva, pero un tema tan arraigado a la salud mental y a la presión social (ambos suman) tiene tantos estímulos por delante que no evita alimentarse de cada uno de ellos. Se entremezclan de este modo ideas en las que deformar la realidad, abrazar lo sobrenatural, crear un contacto directo con la elevación visual, interiorizar el drama personal y destrozar higadillos con su amor por el horror físico, mientras el exterior de Hana va mutando convirtiendo la comida en su peor enemigo: engullir equivale a adelgazar.

Resulta curioso encontrarnos ante un film que equilibra con creces sus distintos registros, sabiendo complementar con pinceladas de humor sin que este devenga una de sus principales bazas, matizando, sin desplazar la mirada en exceso. Sí, puede que Insaciable no otorgue grandes desvíos ni sorpresas (lo cual, en parte, se agradece) a su trayecto, pero al mismo tiempo tiene claras cuáles deben ser las constantes de su aproximación en clave de ‹body horror›.

Insaciable no se conforma con impactar, tiene un mensaje arrollador y cómplice a un mismo tiempo con el sentimiento de culpa que persigue de cerca la necesidad de convertir la alimentación en pecado. Esto queda más patente en el modo en que prolonga la sombra familiar sobre sus propios problemas, como si el fantasma que justifica su situación actual fuese una sombra de lo que ya arrastraba en su propia realidad. El juicio definitivo es el propio, eso es lo que Natalie Erika James quiere resaltar y sabe aprovechar hasta las últimas consecuencias el terror para justificar lo mundano.

Aunque parece que Insaciable tome una deriva que no va a poder recapitular, nos sobrepone ante su intento de recapitulación con un final que parece gritarnos que la belleza está en el interior, y aunque pueda parecer un tanto manida la idea de reproducir el arte a partir de la obsesión, me parece brillante la decisión de recordarnos que no hay final feliz más allá de la distorsión de la imagen y la mentira autoimpuesta cuando la sociedad nunca va a abandonar esas reglas tan estrictas y absurdas sobre los cuerpos ajenos.

Para no volver a mirarse nunca al espejo (ni sobre una cuchara).

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