Sin tapujos ni concesiones, Jim Queen (2026) legítima la mamarrachada festiva como una arma arrojadiza contra la intolerancia y la homofobia que arraiga en las nuevas doctrinas retrógradas del presente. Evidenciando una caricatura de la Francia ultraconservadora cimentada por el ideario de Marine Le Pen, la película de Marco Nguyen y Nicolas Athané rivaliza con ironía y contundencia toda ficción equidistante. Para doblar su apuesta, la animación eleva la cuota de irreverencia con tal de provocar e incomodar a quien toca, interrogándose e haciendo autocrítica en una hilarante sucesión de gags, tópicos y faltadas sumamente delirantes.

El planteamiento inicial sirve a dicha concepción: una enfermedad llamada “heterosis” está volviendo heterosexual a todos los gays, y Jim Perfect, un reconocido ‹influencer› ‹queer› que vive por y para lucir sus músculos, se encontrará aterrado al verse en esta tesitura. El por qué de la existencia de esta enfermedad será el misterio que reunirá al popular ‹gym addict› con Lucien, el hijo protegido de la primera ministra francesa, quien debe ocultar su homosexualidad al mundo a causa de la influencia de su madre. Su accidentada relación conducirá a ambos sujetos hacia un misterio que, como es posible intuir —siguiendo un patrón narrativo propio de Pixar—, se desvela progresivamente desde una vinculación política y frontal que, no exenta de guasa, funcionará como un contundente y valioso alegato reivindicativo.
Pese a la libertad que otorga la prolífica industria de la animación francófona, donde es posible localizar un sinfín de referentes que ofrecen riesgo y originalidad, el tono que adopta Jim Queen, curiosamente, se asemeja más al de las producciones ligadas a Adult Swim, sobre todo por lo que concierne su voluntaria incorrección y su humor de brocha gorda. En estos términos, la película sucede mayormente en una concatenación de secuencias ligeras y desenfadadas, donde su divertida trivialidad erigirá una propuesta más cerebral que emotiva, haciendo de su visionado una experiencia similar a la estela festiva y musical de The Rocky Horror Picture Show (1975), título que también vale la pena reivindicar tras el fallecimiento reciente de Tim Curry.

En la parodia de este caldeado y desalentador clima político, estos ejemplos de comedia sin demasiadas vueltas ni preámbulos denotan la urgencia de contrarrestar con claridad y sin decoro el auge de estos nuevos-viejos fascismos. En el caso del país vecino, es curioso comprobar cómo, sin piedad ninguna, títulos igual de ligeros como En las profundidades del Sena (2024) incluyen también una crítica contundente contra estos exponentes —en este caso, se optaba por arrojarlos a un río infestado de tiburones hambrientos—. Este tipo de inclinaciones por demeritar la rectitud y la amargura de la ultraderecha por medio de ficciones que existen sin complicaciones o discursos solemnes parecen devolver la cordura a un mundo cada vez más retrógrado y vacío.
Como es posible imaginar, Jim Queen tampoco opera a favor de una moraleja reveladora más allá de reivindicar su identidad y señalar a quienes buscan oprimir al diferente y, ya de paso, dar una colleja a la banalidad absurda del mundo de las redes sociales y los ‹influencers›. Con esta vocación incorregible y libre, el primer largometraje de Marco Nguyen y Nicolas Athané resulta en un divertimento burro y honesto al que solo cabe augurar el deseo que llegue hasta aquellos espectadores que la celebren. Aunque si esta también puede molestar y ofender a alguien, mejor.







