Estirando el chicle de forma autoconsciente. Esa es la fórmula de una película como Nick y Norah, una noche de música y amor, donde dos adolescentes pasan por todos los estigmas de cine romántico en unas pocas horas, comprimiendo un cúmulo de emociones que rondan lo meloso y lo sarcástico bajo ese paraguas que supone el cine indie norteamericano. No es otra comedia romántica USA, solo es un espejo divertido y sin complejos de —como ya recalca el título— música y amor.
Nick (Michael Cera desplegando sus encantos) no tiene un radiocasete como John Cusack en Un gran amor, pero sí un ordenador, un programa de grabación y unos cuantos cd’s vírgenes donde declararle su amor a través de la música a su ex-novia. El desamor siempre es un buen punto de partida para engancharnos a un adolescente que toca en una banda de música y está desesperado por retomar la relación con el amor de su vida. Al otro lado de la pantalla tenemos a Norah (Kat Dennings), una joven con sus inseguridades, estudiante de colegio de pago de lengua afilada con ironía y que, por casualidad, es una gran fan de las remezclas de Nick que nadie más que la ex debería conocer.
Con esta dosis de adoradores de la música indie y ‹grunge› del panorama dosmilero que habitaba Nueva York se planta la semilla para que dos autoconvencidos perdedores se crucen en un juego de casualidades que convierte la noche neoyorkina en toda una aventura. Con el aviso de un concierto sorpresa de su grupo favorito, eso de los “acordes y desacuerdos” se materializa en un sinfín de viajes en coches destartalados, visitas a garitos dudosos, la manipulación interesada de los amigos gays, exparejas que solo quieren ser el centro de atención y un grupúsculo de buenas canciones con las que aderezar cada una de las escenas. De paso, el chicle supera la idea de icono y se convierte en el chiste recurrente al pasar de boca en boca porque es un hecho, el divertimento puede perder su explosión inicial, pero es difícil dejarlo de lado cuando ya están metido en faena.
Michael Cera y Kat Dennings realmente forman una extraña pareja donde no importa tanto la química que pueda atravesar la pantalla, sino sus arrolladoras personalidades que siempre parecen tapadas por la energía de quienes les rodean. Ambos representan los papeles para los que parecen haber nacido y exploran casi por necesidad los tumultos de una relación que puede dar comienzo en cualquier momento. Sin buscar fantasía en este principio de enamoramiento, funciona muy bien el ritmo sosegado y poco invasivo en el que se van descubriendo como posibles almas gemelas. Y aunque la estridencia de la multitud parezca intentar apagar la sintonía entre los protagonistas, lo cierto es que es una especie de alivio argumental que ahoga la ñoñería y los violines para ponerle un poco de ‹rock & roll› a la nocturnidad de unos pre-universitarios poco creíbles como adolescentes y muy sueltos en eso de disfrutar como si fuese la última noche en la tierra.
Nick y Norah, una noche de música y amor es escéptica y enamoradiza a un mismo tiempo, tiene vitalidad, chistes rancios, ideas innovadoras y pocos complejos y sabe destacar de una multitud, aunque es un hecho, las multitudes siempre ganan. La película sabe aprovechar la ‹playlist› de toda una generación y de paso sabe arrojar algo de humor a los enamoramientos irracionales en los que una noche sabe a toda una vida, orgasmo femenino incluido. Es divertida y no intenta obligarte a suspirar, así que no se puede esperar nada mejor de una comedia romántica.









