El jardinero (Victor Sjöström)

Si en los EEUU se atribuye la reforma del lenguaje cinematográfico moderno a D.W. Griffith, del mismo modo podemos afirmar que en Europa fue Victor Sjöström uno de los principales responsables de conferir a la narrativa cinematográfica un envoltorio audaz, renovado y fresco. Fue junto con Mauritz Stiller uno de los padres del cine sueco, siendo venerado por las generaciones venideras de cineastas nórdicos entre los que se encontraba su discípulo Ingmar Bergman quien se dio el gustazo de contar con su mentor como intérprete en dos de sus mejores producciones de los años 50: Hacia la felicidad y la legendaria Fresas salvajes.

Resulta ciertamente fascinante contemplar como en Suecia y Dinamarca se realizaron pequeñas joyas que experimentaban con ciertos resortes narrativos que en los EEUU tardaron en llegar a surtir efecto. En este sentido las primerizas obras de Sjöström conservan un incalculable valor arqueológico e histórico pues en ellas se puede observar esa ambición de trazar historias lineales, exentas de esa rigidez proporcionada por la explotación hasta el límite del plano fijo con la intención de encapsular a los actores en un único escenario donde tenía lugar el desarrollo de la trama en gran medida; asimismo ese propósito de ligar el cine con la literatura, de implantar esas novelas fabuladas en las que pasaban muchas cosas en espacios temporales y espaciales diversos gracias al manejo de un montaje atractivo e innovador que se aprovechaba de la filmación en escenarios naturales en lugar de estudios de cartón piedra. Y este precisamente es otro de los puntos más seductores de las obras de Sjöström: servirse del entorno natural, de ese medio ambiente salvaje e indómito, tanto como el carácter de sus personajes siempre en lucha interna por mantener a buen recaudo sus instintos primitivos. Pues en la filmografía del autor de Los proscritos abundan las parábolas que conectan al hombre con la naturaleza, al animal con su entorno. Un ámbito brutal, tosco, primitivo, bronco y animal que guiaba hacia la perdición y el fatalismo a unos personajes cautivos de sus impulsos prehistóricos. 

Este es el sendero por el que discurrió la segunda realización del sueco, el cortometraje El jardinero, obra esencial y muy polémica del cine de principios de siglo por su carácter osado y vanguardista. De hecho el film fue prohibido el año de su estreno siendo objeto de la persecución por parte de la censura del país escandinavo merced a la inclusión en el metraje de una escena de violación bastante explícita para la época. Creyéndose perdida no fue hasta 1980 cuando la obra volvió a salir a la luz en virtud de una copia en mal estado y con algún corte (entre los cuales se encontraba la famosa escena de la violación que conllevó al retiro de la obra y que por desgracia se ha perdido sin posibilidad de recuperación) de una versión hallada en los EEUU que fue restaurada por la filmoteca de la capital sueca.

La película es una auténtica maravilla de obligado visionado para todo aquel fanático de los orígenes del cine, pues desprende una modernidad y empuje magnético debido ello en parte a sus localizaciones naturales así como la destreza de su elenco protagonista. Basada en un guion escrito por el otro padre del cine sueco, Mauritz Stiller, quien a su vez hizo un cameo en el corto apareciendo al final como uno de los pasajeros del barco que transporta y trata de abusar de la protagonista en su regreso al hogar, El jardinero se alza como una de esas perlas que explicaron la actualización del lenguaje cinematográfico en paralelo con las técnicas desarrolladas en los EEUU por  el catalogado por los historiadores como el padre de la renovación de su verbo: D.W. Griffith. 

El corto narrará el idilio que parece nacer en medio de un pequeño pueblo de la costa escandinava entre el hijo de un adinerado propietario y la hija de su empleado, una joven bella y risueña que se halla perdidamente enamorada del sucesor de su patrón. La joven trabaja además como camarera dispensando su sonrisa y los licores a los vecinos de la población rural. Por tanto la unión será mal vista por el padre del novio, un jardinero cruel y mal encarado interpretado por el propio director, hecho que provocará la expulsión del hijo lejos del pueblo a la ciudad con la intención de que éste se olvide de su enamorada por las obligaciones estudiantiles. Sin embargo la verdadera razón de la partida del heredero será que el padre se encuentra enfermizamente atraído por la novia de su vástago de modo que tras coquetear con ella la violará en el invernadero que se encuentra al lado de la mansión familiar.

Este acto violento y feroz provocará la caída en desgracia de la joven y su padre quienes abandonarán el chamizo donde residían al ser despedidos por el jardinero. Esta situación inducirá a la muchacha a buscar la protección de un viejo oficial del ejército quien la adoptará como su hija tras el fallecimiento de su padre. Sin embargo su protector pretenderá igualmente aprovechar la situación para sacar partido sexual de la presencia de su tutelada debiendo ella aguantar el chaparrón. La estabilidad alcanzada en el hogar del soldado se verá truncada tras la repentina muerte del viejo, pues los familiares de éste expulsarán a la chica de la estancia familiar dejándola a su suerte. Arrastrada por el desamparo y la pobreza, nuestra heroína regresará a su localidad natal convertida en una cortesana a la que todos repudian. La vergüenza que la provocará recordar sus tiempos de felicidad vividos en su juventud así como el encuentro con su abusador, impulsarán a la desdichada a cometer un acto cruento contra su propia vida en ese invernadero donde tuvo lugar el inicio de su calvario.

Tejida durante los orígenes del cine, una época en la que los directores trataban de experimentar con las bases que acabarían sustentando el esqueleto del séptimo arte, El jardinero se destapa como una obra pionera y precursora que se la jugó salpicando la piel de la puritana sociedad europea de principios del siglo XX erigiéndose como una pieza aguerrida, madura y emprendedora en la que ya se hacen notar las principales obsesiones de su autor: la radiografía del ser humano atrapado por sus instintos y presa de  la naturaleza, la aceptación de la desgracia como forma de entender la existencia, el salvajismo primitivo que desborda los sentimientos de quienes se hacen llamar seres humanos, la hipocresía de una sociedad que arremete en contra de los más débiles forzándolos a tomar caminos putrefactos y dolorosos sin que ello implique el más mínimo sentido de solidaridad. Pues para Sjöström el hombre era el peor enemigo del hombre, dañando su tranquilidad mediante el empleo de armas visibles e invisibles como el desprecio, la religión como medio de usurpar la libertad, el menosprecio a los humildes y esa soberbia que insulta la humildad.

En El jardinero están presentes esos males que devoran la pureza que representa esa juventud aún no contaminada por la responsabilidad y la maldad adulta, siendo la muerte la única vía de escape a la obscenidad que absorbe ese ambiente falso, deshonesto y amoral representado por la  inmaculada aristocracia sueca, capaz de violar los nichos más decentes de ese dulce pájaro de juventud que asoma como un espejismo al que nunca podremos retornar. Sin duda El jardinero asoma como una obra necesaria, importante y tremendamente cautivadora que debe ser revisada con la atención que merece. A destacar, como había comentado en párrafos anteriores, la colaboración de Mauritz Stiller quien al igual que Sjöström iniciaría su carrera cinematográfica prácticamente con este cortometraje que confirma que en los países nórdicos se renovó el lenguaje y la arquitectura cinematográfica de forma espontánea, sin necesidad de contar con influencias externas ni referentes arribados del otro lado del océano Atlántico. 



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