Crítica a La venganza del cámara de cine Wladyslaw Starewicz | Cine maldito

La venganza del cámara de cine (Wladyslaw Starewicz)

Wladyslaw Starewicz fue sin duda uno de los más ingeniosos creadores de imágenes en la época de los orígenes del cine. De raíces polacas y ruso de nacimiento, durante los primeros años del siglo XX (esa era en la que el cine empezaba a formarse como lenguaje cinematográfico) se proclamó como uno de los pioneros del cine de animación en stop motion gracias a un experimental universo habitado por cadáveres de insectos de toda clase y condición que bajo la batuta maestra del ruso volvían a la vida a través de unos movimientos audaces que conferían una hipnótica expresividad a las fábulas narradas por este juglar del séptimo arte. Tras el estallido de la Revolución de Octubre Starewicz emigró a Francia donde desarrolló una prestigiosa carrera como animador, siendo especialmente relevante su Fetiche, una de esas piezas indispensables del cine de animación mundial. Su relevancia es notable, pues autores contemporáneos como Wes Anderson y Tim Burton se fijaron en el cine de este genio para acometer algunos de sus más populares y aclamados trabajos, como Fantástico Sr. Fox y Pesadilla antes de Navidad.

De entre sus primeras obras destaca sobremanera esta La venganza del cámara de cine, film rodado en 1912 que ahondaba en la obsesión mostrada por el maestro en sus primeros pasos en el cosmos cinematográfico, camino que había alcanzado gran notoriedad con La hormiga y la cigarra, película igualmente protagonizada por insectos que trasladaba a la pantalla la famosa fábula de Jean de La Fontaine. Resulta increíble la modernidad que desprenden las estampas tejidas con mano artesana por  Starewicz por las que parece no haber pasado el tiempo en absoluto. Esa resistencia a la obsolescencia se adquirió fundamentalmente por dos hechos.

En primer lugar,  esa animación de trazo impresionista y demostrada profundidad de campo que prestaba atención al más mínimo detalle merced al cariño y la emoción que imprimía el maestro en cada una de sus escuetas y divertidas escenas, cuidando el diseño de escenarios como nunca antes se había visto. Así, no solo los insectos de observaban como almas en ebullición, sino que asimismo los escenarios se asomaban como sublimes, tanto en el margen micro (geniales son las composiciones de los instrumentos empleados por los protagonistas como esas maletas, coches en miniatura, bicicletas, cámaras de cine, cuadros y todo tipo de cachivaches imaginados por el autor de Flor de helecho) como en el macro (gracias a una profundidad magnética pintada en unos escenarios de papel y cartón que despliegan todo su poder de fascinación otorgando recorrido y desplazamiento a las marionetas, siendo especialmente entrañable el diseño del Music Hall La libélula alegre, o esa residencia por donde el amante saltamontes se verá obligado a huir como alma que persigue el diablo a través de la chimenea y también ese hotel ataviado con curiosas puertas que miran por el ojo de la cerradura a los amantes abandonándose a la pasión).

Y en segundo porque lejos de la rigidez idiomática propia de los primeros años del cine, La venganza del cámara de cine se apoya en un guion soberbio y cachondísimo, escrito por el propio autor, que explota todas las bondades de esa novela victoriana infectada de picaresca y mala leche que describía a través de la comedia burlesca la hipocresía y falsedad de una sociedad construida mediante dogmas puritanos y totalitarios, ajenos al libre albedrío que imperaba de puertas adentro en las casas de quienes trataban de desembarazarse del yugo impuesto desde los estamentos de orden y poder. En este sentido, La venganza del cámara de cine se alza como un vodevil de principios de siglo XX, hilvanado con ingredientes tan atractivos como la picaresca, el enredo de cuernos conyugales que brotan en todos los sentidos y la sátira, una especie de diatriba influenciada por la literatura de Henry Fielding, pues en sus escasos 12 minutos de metraje recoge muchas de las bondades de Tom Jones con algún que otro toque de ese libertino Joseph Andrews. Esta es la principal armadura que transforma a este corto en un producto imperecedero. Merced a su hilarante y libertino relato colmado de situaciones rocambolescas, su apuesta por la ironía y el sarcasmo y su calentorro y libidinoso sustrato que se disfruta sin ningún tipo de ataduras, desencadenando una encantadora sonrisa al observar la sencillez y la verdad con la que Starewicz construye su narración. Pues la sinopsis no puede ser más sencilla y a la vez ocurrente y disparatada.

Nos encontramos con el señor y la señora escarabajo, un fiel matrimonio que vive en las afueras en una casa de campo lejos del mundanal ruido urbano. Pero, el señor escarabajo es un alma alegre que de vez en cuando y por obligaciones laborales debe realizar alguna que otra visita a la ciudad, donde siempre acaba recalando al final del día en el club La libélula alegre con el propósito de disfrutar del movimiento de caderas con el que la estrella del cabaret señorita libélula deleita a esos viejos verdes con ganas de echar una canita al aire. Pero la noche de autos el señor escarabajo se encuentra en el local con un rival que pelea por los amores de la libélula, un saltamontes empleado como cámara de cine con el que se enzarzará en una pelea barriobajera. La fuerza del escarabajo le otorgará la victoria en el combate, llevándose al huerto a su preciado trofeo. Pero el saltamontes, herido en su orgullo, seguirá los pasos de los amantes hacia un hotel donde los grabará con su cámara en pleno coito.

Pero aquí no acaba el enredo, pues la señora escarabajo aprovechará la ausencia de su marido para reclamar la presencia de su amante, un artista que no es otro que el saltamontes camarógrafo, quien acudirá raudo y veloz a la casa de campo para saborear el exoesqueleto de su apasionada concubina. Pero el señor escarabajo llegará por sorpresa a su hogar, pillando en pleno acto a su esposa obligando al pillín saltamontes a huir por la chimenea. Para apaciguar las aguas, el saltamontes invitará a su esposa a una sesión de cine con el fin de perdonar su extravío, pero la sala a la que acuden tiene como proyector al vengativo saltamontes quien programará la película del señor escarabajo haciendo de las suyas con la señorita libélula como acto de venganza.

Este es el guasón y sátiro guion que sirvió de base para trenzar una obra divergente y crítica contra el disimulo y la mojigatería presente en las altas esferas sociales de la Rusia imperial, aquellos individuos elegantes y distinguidos fieles guardianes de la decencia y la severidad. Asimismo inspirados se manifiestan los escenarios e ingenios surgidos de la mente de Starewicz y su equipo de colaboradores, quienes urdieron una puesta en escena ágil y muy versátil, siempre fascinante y rompedora merced a la presencia de esos insectos alucinantes y terriblemente simpáticos cuya presencia se apreciaba más dinámica y vigorosa que la de muchos actores de carne y hueso que más parecían un cono inmóvil y reposado que almas capaces de desplazarse sin obstáculos a través de la cápsula captada por la cámara en plano fijo. Esa movilidad y flujo innato acicalado por Starewicz fue un auténtico triunfo, puesto que La venganza del cámara de cine se distingue del resto de obras de su época por su estilo vanguardista y alternativo logrado mediante una puesta en escena frenética que sirve de perfecto escenario para derretir esa comedia grotesca y cabaretera tan del gusto del espectador de principios de siglo. Ya que, es sin duda el diligente y sutil movimiento que ostentan los protagonistas del film (es una inquietante paradoja que realmente estuviesen muertos) la lanza que marca la diferencia de una obra maestra que se observa a día de hoy como uno de los más absorbentes experimentos conquistados por el lenguaje cinematográfico.



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