El Capital (Constantin Costa-Gavras)

En esta época de incertidumbre social, política y económica que asola Europa se han construido muchos relatos que vertebran sobre ello con mejor o peor fortuna, pero casi siempre desde una óptica de frío observador con muchas preguntas y pocas respuestas. Tal vez uno echa de menos obras tan “revolucionarias” en todos los sentidos como If… (Lindsay Anderson, 1968), donde el pionero cineasta del movimiento Free Cinema inglés parecía abogar abiertamente por subirse a las terrazas y ponerse a disparar contra el «establishment». A parte de la polémica que rodeó a la cinta y nunca entendida en su justa medida, se daba paso a la acción más que la mera contemplación, aunque finalmente la propuesta tenía más de reflexivo de lo que se creyó en su momento.

Pues bien, en estos momentos donde aflora o directamente resucita un cine político comprometido que en buena parte parecía extinto (o tan minoritario como el western o tan maniqueo como el drama social), es bienvenida la presencia del que puede considerarse uno de los padres espirituales de la nueva hornada de cintas que detienen su mirada en la crisis capitalista. Hablamos de Constantin Costa-Gavras, el heleno-francés que sacudió conciencias con propuestas harto interesantes como la siempre mencionada Z o Arcadia, Missing, Estado de sitio y tantas otras. Gavras siempre ha disfrutado de la condición de rebelde capaz de huir de etiquetas políticas o demagogas, pues si bien su cine se entiende muchas veces desde el margen político de ala más izquierdista, ha conseguido mantenerse en una posición de cierto respeto por parte de todos los cinéfilos independiente de sus posturas ideológicas, ya que lo mismo atacaba a la dictadura chilena que a los procesos comunistas en la Europa del Este del otro lado del telón de acero en La confesión (para indignación de parte de la izquierda occidental que no aceptaba la tesis de que pudiera suceder algo así. Eso era propaganda pro-americana, claro) o que indagaba sobre el colonialismo israelita en territorio palestino en Hanna K. (en una de sus cintas más reprimidas y casi imposible de visionar gracias al esfuerzo de cierta extrema derecha política israelí que desgraciadamente entendió su cinta como una obra puramente antisemita). En definitiva estamos ante un cineasta lúcido y tenaz en su defensa de los débiles y oprimidos, sean quienes sean los opresores y sin preocuparse por el color político o religioso que tengan los carceleros. Siempre al servicio de la libertad y desde el humanismo.

La película comienza de manera frenética y sin dar tiempo al espectador. Al director de uno de los mayores bancos franceses y por ende europeo le da un patapús y en su lugar ponen a su biógrafo oficial. Lo sigue es un retrato sin concesiones  de la clase económica de nuestra sociedad donde todos se traicionan sin pestañear por el poder.

La estructura y los personajes son simples, como muchas veces lo han sido en el cine del reputado director. Uno queda sombrado al descubrir que todo tiene un aire a la nueva película de Kitano, Outrage. Una mirada negra y seca desprovista de romanticismo sobre la Yakuza es utilizado aquí de manera exactamente igual pero en los dirigentes de las finanzas. Y no hay mucha diferencia entre los mafiosos y los banqueros. Los tiempos han cambiado y como en la obra nipona, los códigos han muerto a la vez que nuevo jugadores se suman a la partida. Aquí tenemos a un banco lleno de intrigas donde las puñaladas vuelan en todas las direcciones con las formalidades de antaño desaparecidas y mientras todos se quejan de la entrada de los nuevos jugadores; árabes petroleros, rusos hijos de la perestroika y otros países emergentes. Y los yankis, claro.

Gavras da a entender que Europa, la Europa del sueño del bienestar de los últimos 50 años, ya sólo es un gran supermercado. Mientras todos se matan por alcanzar el poder, van destrozándolo todo a su paso. El cinismo del personaje principal, sabedor del mal que porta, da a la obra un cierto respiro, evitando el puro sensacionalismo político. Toda la obra está impregnada de la rabia y el sarcasmo del director como nunca se había visto antes (quizás en Arcadia). El protagonista, un maravilloso Gad Elmaleh (¿en serio esté tío viene de la comedia? Joder) no deja de ser un títere sabedor de dicha condición que lucha contra todos y al que los demonios interiores se le presentan en más de una ocasión. Al igual que en Cosmopolis (Cronenberg, 2012) hay ciertas ideas abstractas y personajes que pueden representar determinadas ideas, como es esa modelo negra —y resalto el color de su piel porque en un momento dado habla de la esclavitud como si hace 50 años los negros pudieran sentarse en un autobús en Kansas como si tal cosa— que ha sido consumida por el capital y vive gracias y por él, sin ética ni moralidad donde sólo importa el ahora y el placer, que termina siendo el anhelo de ese capitalismo que lo quiere todo al precio que sea, como así es al final.

Vuelvo a remarcar la genialidad del personaje principal, porque se muestra incoherente en más de una ocasión para con su nueva condición. En ocasiones incluso atisbamos humanidad en él.

Marc vive con una francesita a la que se le insinúa un pasado aristocrático mientras que él, hijo de una familia de clase media, ha comenzado el asalto de los cielos. Su conversación con su tío, de esos comunistas de toda la vida, haciéndole ver cruel e irónicamente que La internacional ha triunfado, porque al fin ya no hay fronteras ni banderas, tan sólo billetes, es demoledora.

Todo no es perfecto en la cinta. Gavras subraya hasta el extremo ciertas ideas e intenciones, como aquella en equiparar a los banqueros con la mafia, que de hecho se llega a verbalizar después de quedar más que mascado por acciones e imágenes. También abarca mucho, incluso demasiado y no todos los frentes se profundizan lo necesario (la fijación por parte de ciertos intelectuales sobre los videojuegos es tan irrisorio como infantil, por ejemplo). Pero da igual, sigue siendo una obra demoledora. El final, aunque algunos pueden entender que se le escapa de las manos, es una patada en el estómago, en los testículos y en el alma democrática de aquello que una vez se conoció como Europa.

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