La ilusión de un verano sin fin (Alessandra Sanguinetti)

La ilusión de un verano sin fin, de Alessandra Sanguinetti, ha tenido su estreno en la 79ª edición del Festival Internacional de Locarno, en la sección Concorso Cineasti del presente. Los créditos finales han quedado eclipsados por los aplausos y la emoción de los espectadores. Y es que el debut de Sanguinetti tiene todos los puntos para convertirse en uno de los documentales más potentes de este año.

La directora recupera el título de su fotolibro The Illusion of an Everlasting Summer (2020), en el que retrata la relación entre dos primas —Guillermina y Belinda— para construir un documental a través de los vídeos que filmó a lo largo de 25 años.

La fotógrafa y directora presenta una película sensible y cotidiana, que transpira el paso del tiempo y, a su vez, captura la vida en la Argentina rural. La familia de Alessandra era vecina de Guille y Belinda y se conocieron en este entorno, en la zona de General Guido y Dolores. A los doce años, empezó a filmarlas sin ningún propósito y, en 2016, la productora Julia Solomonoff le propuso hacer una película con este material, que sumaba más de 18 horas. Así pues, el montaje sería la clave para decidir cómo transmitir esta historia

Un plano nocturno del campo abre la película: un intento de capturar la noche con una cámara digital en el año 1999. Los píxeles esconden figuras de animales indistinguibles que se confunden con una pintura expresionista.

La infancia de Guille y Belinda transcurre entre escenas de baile, maquillaje y disfraces, donde el juego es el protagonista en un entorno campestre. Vivencias universales que nos remiten a nuestra propia infancia. Momentos íntimos que ambas acceden a compartir con Ale y su cámara. Y es que, aunque la directora aparece pocas veces en plano, sentimos constantemente su presencia y se convierte en una protagonista más del documental. El cariño que le tienen traspasa la pantalla cuando la llaman por su nombre para mostrarle algo.

Una escena especialmente bonita es aquella en la que las chicas juegan a poner título a las fotografías de Alessandra. Las observamos contemplándose a sí mismas en la obra de la fotógrafa, que aparece en el documental siempre en el momento preciso.

Se asoma el paso del tiempo: Guille y Belinda han crecido, así como Ale y el mundo que las rodea. Sus vidas han cambiado, pero aún hay un espacio para la cámara, que sirve como excusa para verlas juntas de nuevo y repetir las mismas preguntas que responden con la misma sinceridad; ahora, de forma más incómoda y menos genuina. Pero siempre pensando bien en lo que van a decir. Parece que Guille y Belinda aceptan que el futuro las llevará por caminos separados.

Aparecen amores, nuevos sueños, pero las canciones son las mismas que tarareaban a los 12 años. Belinda, embarazada y al lado de Guillermina, intenta recordar los pasos de baile que acompañaban la música. Ahora ya no son solo ellas dos: comparten sus vidas con más gente y la frecuencia con la que Ale solía filmarlas disminuye. La relación entre las tres se transforma, como lo haría cualquier otra. Pero detrás de las cámaras comparten la vivencia de la maternidad, con los momentos difíciles que esta conlleva. Y nos preguntamos qué será de esa relación, deseando que, de alguna forma, vuelva a ser como cuando eran niñas.

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