Buena chica (India Donaldson)

Hay algo en la distancia generacional entre Sam, su padre Chris, y Matt, el amigo de este, que nos podría llevar a pensar en Buena chica como una suerte de contraposición, un choque entre distintas miradas (por los períodos que transitan sus personajes, principalmente) que albergará, a la postre, uno de esos dramas psicológicos hilvanados de la forma más calculada posible. Nada más lejos de la realidad, si por algo destaca el debut de India Donaldson es por su propensión a un naturalismo que huye de estridencias, deja fluir la narración como si del cauce de un río se tratara, de forma sostenida y firme, y hace de lo íntimo, de lo menudo, un flujo desde el que ir desgranando cada conversación, cada situación, con aparente sencillez.

No hay edulcorantes en el prisma de la debutante, y es en cada pequeño recoveco donde se encuentran las claves de un film que entabla su diálogo acompasadamente. Es así como conoceremos los pormenores de cada uno de sus personajes, que llevará a los dos adultos (y por ende, un mundo muy distinto al de su interlocutora) a compartir su espacio (esas charlas causales pero casi obligadas —por aquello de ponerse al día— en el coche esperando que nadie preste atención) con la joven Sam ante la repentina ausencia de Dylan, hijo de Matt.

Cada nueva cuestión, cada duda en el camino, se desliza con aparente liviandad y las distintas problemáticas se desvanecen entre pasos y palabras. Dicho vaivén procura un espacio que la cinta aprovecha a la perfección, huyendo de hondos conflictos y relegando a un segundo plano una intensidad dramática que, en su mayor parte, queda suspendida. Obvio, sus personajes coexisten con las pequeñas (o mayores, según se mire) desdichas del día a día, pero escapan a una trascendencia que ellos mismos parecen negar. Como ese momento en que Chris quitará hierro a las palabras de su amigo Matt ante lo que podría ser una situación de lo más comprometedora. O el modo en que Sam intenta confrontar, a su manera, ese mundo adulto que se tiende ante ella, relativizando, buscando las soluciones más sencillas en apariencia, pero quién sabe si no más funcionales en el fondo.

Consigue, con ello, Donaldson una aproximación que casi siempre se siente menuda, agradable, y que sin huir de dobleces, expone esas dudas, culpas e inseguridades con una ligereza que revoca cualquier error en busca de una mirada serena, cercana. Que el carácter inquisitivo y controlador, por lo menos en ese medio (natural) que parece disfrutar y conocer cómo pocos choque con las constantes miradas (y no precisamente furtivas) a esos móviles que alteran de algún modo el objetivo primigenio de la ruta, no suscita enfrentamientos que la cineasta podría dibujar con facilidad, en busca de una vía de escape. Matt consigue ser incómodo, sí, pero la cámara de la debutante le priva de esas pequeñas victorias cotidianas que emprenden quienes se creen en poder de la razón, desplazando cualquier atisbo de polémica.

Buenas chica es, de algún modo, como ese río que baja cargado de agua, acompañado por sonidos persistentes pero agradables y cercado por pequeños insectos de presencia imperceptible; como ese agua que sigue su curso, imperturbable al devenir de cuanto la rodea, los titubeos y equívocos en el trayecto de Sam no son sino parte de un periplo que la cineasta acepta y dibuja con honestidad. Lily Collias en el que, no olvidemos, es su debut, supone el reflejo perfecto de esa muestra entre apatía —se refugia en su teléfono móvil cada vez que puede, como huyendo de la responsabilidad que comporta afrontar esa ruta— y proactividad —intercediendo entre los dos adultos, y siempre buscando la respuesta más razonable por difícil que pueda parecer; aunque en ocasiones también se vea superada—, complementando las posibilidades de una obra con mucho más que decir de lo que su minimalista esqueleto aparenta.

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