La alternativa | Bandwagon (John Schultz)

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La gente de esta web nos pasamos la tardes discerniendo e insultándonos sobres las diferencias de nuestro amado cine independiente americano y esa etiqueta conocida como cine Indie. La segunda es a la primera lo que el ketchup al tomate casero de la abuela, pero muchas veces la línea es más tenue de lo que parece, porque la abuela a veces hace trampa y compra el producto del supermercado y nos vendía gato por liebre y otras veces encontramos un ketchup para hamburguesas marca desconocida para chuparse los dedos y las papas fritas.

Así mismo, en los noventa del siglo pasado se destiló un cine que en cierta medida alcanzó la fama para en muchos casos pervertirse. (La abuela se hizo millonaria con la receta de la salsa y comenzó a sacar sucedáneos. Típico) Sólo hace falta echarle una ojeada a que hacía alguien como Kevin Smith por esa época y sus trabajos más contemporáneos. Pero claro, siempre llegamos a terreno de nadie cuando admitimos que mucho de ese cine independiente no era más que otra etiqueta como cualquier otra. De hecho,como apuntaba, todo acaba siendo confuso y pantanoso.

Bandwagon es una cinta del 95 a la que todavía no sé por donde coger. Tiene mucho de ese espíritu juvenil de ópera prima noventera con aroma a cine independiente, pero de igual manera resulta tan agradable, bonita y autoconsciente de su supuesto sabor a «rarito»  como cualquiera de esas obras indies actuales que horrorizan al talibán de Rubén, el jefe de la web. Pero da igual, Bandwangon fue una peli que vi media decena de veces cuando aún teníamos el Plus en casa y nunca me canse de verla. Totalmente desconocida en nuestro país, es una cinta a reivindicar, sea lo que sea.

El cineasta John Schultz construye un relato que fluye ante todo por unos personajes tan sencillos como bien descritos y cosa más importante, que atrapan al espectador. Unos jóvenes forman casi por accidente una banda de rock y se lanzan a la carretera entre divertidas disputas internas e ingeniosos diálogos. Ellos son los que sustentan todo el relato y captan nuestra atención en una divertida comedia salpica de música. No pueden faltar esos «tics» tan indies al referirse a cada uno de ellos, desde el líder de la banda, que no puede tocar en directo mirando al público, su antagonista el batería que se liga todo lo que se mueve o ese extraño representante de pocas palabras que parece ayudarles poco.

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La historia es sencilla hasta decir basta y el autor se recrea en situaciones cómicas que salpican todo el relato, teniendo como catalizadores los problemas entre los miembros, sobre todo el enfrentamiento entre el líder y el batería, dispuestos a lanzarse a la cara toda la mierda posible, aunque sea en su primera entrevista radiofónica o en la furgoneta de mala muerte que los cuatro integrantes y su representantes comparten. Así, con la accidentada formación y el viaje a un festival regional que da al vencedor la posibilidad de lanzar un disco, nos sumergimos de lleno en la carretera y las canciones.

Los protagonistas son los típicos perdedores de esa generación X americana, unos Slackers que encuentran un pasatiempo con el que escapar de la rutina. Y aunque comedia, lo cierto es que los integrantes de Circus Monkey, que así se llama el grupo tanto en la ficción como en la realidad, van de derrota en derrota hasta la victoria final, entre risas y con una punzada de dolor.

Y esa punzada de dolor se descubre cuando nuestros héroes se pasan por todos los pueblos tocando la canción It´s couldn´t be Ann (para hastío hasta de los propios integrantes, que odian la canción) hasta que llegan al lugar donde, sorpresa, vive la susodicha Ann, amiga del líder. Y ocurre la peor pesadilla para cualquier cantante que dedica una canción a una chica.

En suma, mucha ironía sobre el mundo de la música desde la mirada de un grupo de ¿amigos? que van dando tumbos por todos los pueblos del medio oeste americano peleando y compartiendo momentos surrealistas siempre con una sonrisa en el rostro por parte del espectador. Ya saben, personajes sencillos, simpáticos y trastocados, esos tan indies que tanto nos gustan.

Una propuesta sencilla que juega todas sus cartas a los personajes, sus diálogos y a las escenas tan divertidas como absurdas que se suceden (el suicidio de la guitarra me sigue pareciendo brutal), creando un ritmo ágil acompañado de una buena banda sonora.

Poco más puedo decir de esta pequeña joyita. Pero aprovecho la tontería de las primeras líneas para cerrar de formar circular la crítica, que eso también es muy indie y suele gustar mucho.

No, no es una obra que formalmente vaya a maravillar al personal —¿acaso Clreks lo era?—, como es igual de cierto que a veces  el director parece demasiado enamorado de sus diálogos, y ante todo, resulta en ocasiones simpática hasta la extenuación, de esa manera que nos recuerda al peor cine indie, pero que diablos, cine independiente o cine indie y ganas de perder el tiempo, a veces le echamos ketchup a la tortilla y sabe a gloria, que es lo que importa.

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