Resucitar insistentemente lo clásico.
En marzo de este año escribía sobre la versión de la monumental obra de Victor Hugo realizada por Albert Capellani en 1912. No se trataba de la primera de la etapa muda, pues la imperecedera novela francesa ya había sido adaptada a la pantalla grande en varias ocasiones desde los Lumière, en EEUU y hasta en Japón; aunque sí fue la más lograda y extensa, considerándose en su tiempo una obra maestra. Después llegarían las de Henri Fescourt (1925) y Raymond Bernard (1934), siendo altamente consideradas, sobre todo la sonora por su capacidad de síntesis de una obra tan extensa y repleta de pasajes y personajes, así como por su estética en blanco y negro. El expresionismo de su propuesta y puesta en escena albergaba la esencia oscura, sórdida y dramática de uno de los autores más adaptados en la historia del cine.
Este año por partida doble. Ya van unas cuantas en el s. XXI entre versiones musicales, otras más fieles o más libres comparándolas con la sociedad actual. Porque si algo tiene Les misérables (1862) de Hugo es que su espíritu no se quedó en el s. XIX. Hay algo en ella que la hace regresar recurrentemente desde su primera versión en 1897, ya que su pensamiento y diagnóstico resultan universales e inagotables. Nacen de esa condición humana que poco o nada ha cambiado y de una lucha social que aún permanece.
Lo que representa la actitud, metamorfosis y avatares por los que pasa Jean Valjean, el protagonista, provoca que muchos actores darían lo que fuera por encarnarlo. Al menos ésa es la declaración de Vincent Lindon, el último Valjean, que añoró media vida ser aquel preso que buscó la redención, la justicia y la bondad en un mundo hecho añicos. Probablemente no será la última adaptación, pero cabe preguntarse qué encierra esta obra que obliga a una revisita constante y una expectación que parecen no decaer. Tan inabarcable como, quizá, interesante su uso actualmente para acercar a un público joven hacia los clásicos a falta de propuestas contemporáneas.
Centrándome en la versión de Jean-Paul Le Chanois de los años ’50, vemos que podría ser una respuesta a la anterior hollywoodiense considerada un éxito. Francia se volcó en ofrecer una película a modo de superproducción de la época buscando la coproducción con Italia y Alemania para dar a luz una adaptación memorable. Esta versión con formato Technirama —que ensanchaba la pantalla— y Technicolor se presentó como una mezcla de espectáculo, fiel adaptación y drama buscando un éxito arrollador. Y así fue. La respuesta del público fue asombrosa, acercándose millones de personas a las salas en varios países, constituyendo la película más vista de su protagonista, Jean Gabin.
Meterse en el papel de Valjean conllevaba una gran responsabilidad y riesgo. Gabin era una estrella tras sus roles atormentados del realismo poético y su renovación tras el exilio americano impulsado por el Polar francés (el género criminal por excelencia galo) le colocaría en una etapa nueva y creativa. Su rostro era tremendamente popular y una garantía para la película. No dudo en que su presencia es rotunda, pero quizá su exceso de personalidad y lo que representa un actor de su talla devoraron, en mi opinión al protagonista de la película. Hay ocasiones en que veo más a Gabin y sus gestos tan característicos que a aquel preso, perdonado por un obispo por su robo de plata, que consigue ser alcalde de un pueblo y un reputado señor de firmes y nobles convicciones.
Jean-Paul Le Chanois era conocido por su actividad política dentro del Partido comunista, por su activismo sindicalista y su colaboración con la Resistencia. Un relato como éste, ligado a las luchas sociales, la justicia, le erigía como un gran candidato, además de por su oficio como artesano y capacidad para llevar a buen puerto un proyecto. El resultado no puede decirse que sea mediocre, pero tampoco constituye un producto a rememorar.
Uno de los elementos que me impactan nada más comenzar es lo saturado y limpio del color que no casan estilísticamente con la naturaleza dura, oscura y muchas veces sucia de la historia. Su empeño por elevar la cinta a una producción de amplias miras internacionales o cine en familia le hacen, además dulcificar algunos pasajes más sórdidos del final de personajes excluidos de la sociedad, o plantear escenas con un tono a modo de melodrama suave, en vez del drama que requería.
Es innegable que está bien dirigida, que sintetiza bastante bien en sus más de tres horas de metraje dividida en dos, pero el tufo a epopeya lo destila desde el comienzo presentando a cada personaje a modo de serial buscando la grandilocuencia, haciendo que la primera parte carezca de la profundidad y severidad necesarias. La segunda parte me parece más acertada. El relato se torna más dramático con el devenir aciago de Jean Valjean, la persecución constante y el celo laboral de Jabert, así como su empeño en rescatar del maltrato a Cosette de la familia Thénadier.
También me agrada su largo acercamiento al contexto histórico y sociopolítico que dio como consecuencia la Rebelión de 1832, planteada muy bien en su puesta en escena en los decorados de las calles de París, describiendo los disturbios, la respuesta del ejército y la huida por las alcantarillas de Valjean. Esa parte entre la oscuridad, la desesperación del personaje y el cerco de Javert, así como el suicidio de éste, me resultan lo más atractivo y su proximidad a la psicología de los protagonistas.
No veo acertado tampoco el planteamiento estético de las clases desfavorecidas, constituyendo poco creíble la esencia de absoluta necesidad, la devastación de una sociedad acuciada por el cólera, el hambre y desigualdad social. La puesta en escena excesivamente cuidada en interiores y algunos exteriores barrocos junto a un estilo académico la acercan más a lo teatral, a lo que el añadido de una constante voz en ‹off› termina por agotar y no deja respirar al relato.
No se aprecia un signo autoral en Les misérables de Le Chanois, hecho que no perdonaron la mayoría de críticos de Cahiers du cinéma en 1958. En una etapa en que nacía un movimiento renovador en el cine francés auspiciado por estos “rebeldes” que huían de lo académico y lo acartonado, esta película representó justo lo que ellos denostaban. Lo que habían de desterrar buscando una vanguardia a finales de los ’50 que cambiara la narrativa y demandara un sello de autor. Y eso se tradujo en la valoración casi en bloque de la revista, que fue pésima, como se puede ver en el número 82 de abril de 1958, salvándola de la quema sólo Georges Sadoul, calificándola con dos estrellas.
En términos generales la película de Le Chanois y Gabin fue gestada en un momento difícil; el cine francés se hallaba en un punto de inflexión donde esta hornada de críticos pasados a la dirección formó un núcleo poderoso e influyente. No es mal producto ni mucho menos Les misérables de 1958. A pesar de sus excesos a nivel visual, su riguroso cuidado escénico y falta de más miseria moral (poco comercial), se deja ver por la elección de sus intérpretes, muchos de ellos grandes conocidos del cine francés, capaces de sostener con dignidad el producto.
Al público de su tiempo le encantó y, desde luego, nos encontramos ante una historia incombustible salida de la pluma de uno de los más grandes escritores y dramaturgos franceses e internacionales, cuyo eco aún resuena fuertemente a tenor de la enésima aportación del cine este mes en carteleras.

Profesora de Secundaria. Cinéfila.
“El cine es el motor de emoción y pensamiento”










