La belle équipe (Julien Duvivier)

La belle équipe es junto a Carnet de baile mi película favorita de Julien Duvivier. El maestro fue sin duda una de las máximas figuras del cine francés de los treinta y sin embargo sigue sin ostentar la popularidad de colegas coetáneos como Renoir o Carné. Duvivier dirigió La belle équipe en su momento de mayor esplendor artístico. Un año antes había cosechado un potente éxito de público junto a su adorado Jean Gabin con esa curiosa película que versaba sobre la Legión española titulada La bandera. A ello se suma el hecho de que después de la producción de la película protagonista de esta reseña el autor de Carne de perdición ligó una serie de obras maestras incontestables: empezando por la ya mencionada Carnet de baile a la que siguieron Pépe Le Moko, El gran vals y El fin del día. Por tanto La belle équipe se sitúa en esos años en los que Duvivier refinó al máximo su forma de concebir el cine merced a la adquisición de un estilo que congregaba una concepción visual muy elegante y pulcra – donde las panorámicas y los travellings campaban a sus anchas engalanando el contorno exterior de los films del galo- con unas historias aparentemente sencillas centradas en representar lo cotidiano que aspiraban en su interior una compleja y clarividente radiografía de los vicios y virtudes que moldean la condición humana.

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En este sentido La belle équipe absorbe en su espíritu lo mejor del cine del galo, alzándose pues como una de esas obras atemporales que el director francés dirigiera en los años treinta a las que el tiempo no ha hecho más que dar la razón. Y es que a pesar que la película localiza su acción en un período muy concreto de la historia de nuestro país vecino – esa fase de esperanza que se abrió con el triunfo de la coalición de izquierdas Frente Popular en las elecciones y su consecuente llegada al poder de la República-, Duvivier se preocupó en construir una obra que no estuviese acotada por ningún tipo de moda o peculiaridad concreta, sino por contra se dedicó a forjar una cinta que pudiese salvar los efectos de la obsolescencia que sirviese por consiguiente como un perfecto vehículo para plasmar los defectos, sueños y bondades que han acompañado al ser humano desde tiempos ancestrales.

Porque lo que más me fascina de esta magnífica película es su ausencia de fecha de caducidad, hecho este constatado gracias a ese componente visionario que adorna el traje hilvanado por Duvivier. Un auspicio que contemplado ochenta años después de su año de producción no hace sino confirmar el carácter iluso que acompaña a esos idealistas que piensan que las utopías tienen sentido en una sociedad administrada por el vicio y por esas derivadas asociadas a la corrupción y al individualismo extremo. A diferencia de otros autores como Jean Renoir o Jacques Becker que intuían que la ascensión al gobierno francés del Frente Popular iba a suponer un giro de ciento ochenta grados respecto a la forma de regir los designios de una Francia que miraba de reojo con cierta preocupación esos totalitarismos que triunfaban en la Europa de entreguerras, Duvivier observó con cierta apatía y desgana el cambio político producido. Ello se siente en el relativismo e ironía que desprende una historia escrita a dúo por el propio autor de Almas perversas en colaboración con el legendario guionista Charles Spaak – escritor habitual de Jean Grémillon y Jacques Feyder que un año antes había compartido trabajo con Duvivier en la escritura del texto que dio lugar a La Bandera– en la que se fusiona un escepticismo y aroma a derrota muy crueles, y en cierto sentido realistas, con una ambigüedad ideológica que ayuda a que la cinta no caiga en terrenos farragosos infectados de demagogia y propaganda irreflexiva.

Esa ambigüedad que etiqueta el film será fomentada en virtud de la existencia de dos finales alternativos, presentados uno a continuación del otro en la copia que he tenido la oportunidad de disfrutar, dotados de un enfoque radicalmente divergente. Uno más trágico y pesimista, que es el que más me gusta, y otro más positivo y optimista que a pesar de ostentar cierta ingenuidad en su contenido no desvirtúa para nada el perfil amargo del que hace gala la cinta a lo largo de su desarrollo. Pero el punto que más me seduce del análisis de estos dos finales es corroborar que el montaje es la técnica más mágica y esencial que conserva el cine. Puesto que prácticamente con las mismas escenas sustancialmente cortadas y enfocadas en la bobina con una dispar correspondencia temporal, Duvivier logró generar la sensación en un servidor de haber contemplado dos secuencias radicalmente distintas gracias a un inspirado ejercicio de hipnosis cinematográfica. Todo en esta vida depende de la perspectiva con la que una misma situación se contempla a través de los mismos ojos, tal como demostró este prestidigitador de la imagen llamado Julien Duvivier.

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La película narra la historia de cinco amigos pertenecientes al estrato más popular de la escala social: el ocupado por esa clase obrera y trabajadora sin aspiraciones ni expectativas de mejora en un futuro que se antoja oscuro e inexistente. Así, Duvivier con dos pequeños brochazos de genialidad perfilará al quinteto de amigos protagonistas: el líder Jean (Jean Gabin) un desencantado y desconfiado parado al que las circunstancias han endurecido el carácter hasta el extremo de contemplar al género femenino como un simple instrumento de diversión sin ánimo de compromiso. A Jean se sumará el temeroso y pesimista Charles (Charles Vanel), otro parado desmoralizado por el reciente abandono del hogar marital de su joven y adúltera esposa. El quinteto lo completará el desequilibrado y alegre Tintin (Raymond Aimos), Mario (Rafael Medina) un joven refugiado político español enamorado de la bella Huguette e inquieto ante el temor de ser deportado por las autoridades francesas siendo así alejado de sus amigos y amada y finalmente el ingenuo y soñador Jacques (Charles Dorat) otro muchacho sin esperanzas que ansía viajar a Canadá como vía de escape a la opresión vital que sufre en su país de origen.

Las míseras condiciones de supervivencia que padecen los integrantes de este grupo de amigos desaparecerán instantáneamente en el momento en que resulten ganadores de un premio de la lotería nacional que asciende a 100.000 francos a repartir entre cinco cabezas. La felicidad asociada a la consecución de este dinero caído del cielo dará lugar al nacimiento de la esperanza de conquista del sueño individual que cada uno de los amigos ambicionaba. Pero gracias a la mediación de Jean, los cinco compañeros acordarán aunar sus esfuerzos con el fin de la obtención de un objetivo común y algo utópico: la apertura de un salón de baile sito en una casa de campo en las afueras de París, regido a partes iguales por cada uno de los antiguos obreros convertidos así en una especie de capitalistas comuneros.

La cinta adoptará a partir de este momento la apariencia de una fábula moral que relatará los diversos avatares que atravesarán los cinco socios hasta alcanzar su meta de edificar el salón de baile. Así, el optimismo y esfuerzo colectivo que emerge en los primeros compases del negocio irá alterándose a medida que hagan aparición en escena una serie de personajes y situaciones que complicarán la empresa. Por un lado seremos testigos de la irrupción de la adúltera esposa de Charles quien reclamará 2.000 euros a su marido a cambio de no iniciar una reclamación judicial de lo que ella estima le pertenece del premio como bien ganancial. Una esposa que será la representación de esa femme fatale que conducirá a la perdición tanto a su marido Charles como a un Jean que sucumbirá igualmente a las maléficas redes de seducción de un personaje que podría asimismo constituir una metáfora de ese pecado capital que representa el individualismo – o si queremos crear cierta polémica, el capitalismo- que terminará destruyendo cualquier conato de solidaridad y colaboración colectiva emprendida por el ser humano.

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Por otro lado, y en paralelo, Duvivier filmará la destrucción del grupo a través del nacimiento de diferentes coyunturas, siendo la primera de ellas la huida de Jacques hacia Canadá debido a su enamoramiento de la novia de Mario, evitando de este modo la más que factible confrontación con su amigo derivada del amor sentido hacia la misma mujer. El siguiente miembro que abandonará el equipo será Tintin que en medio de una fiesta de celebración caerá desde el tejado del edificio que albergará el salón de baile muriendo en el acto. Finalmente Mario se verá obligado a abandonar Francia tras ser identificado por las autoridades del país, hecho que provocará su inmediata deportación. Por consiguiente, tan solo quedarán Jean y Charles para culminar el sueño emprendido inicialmente por los inocentes cinco compañeros de juergas y aventuras. Dos amigos que terminarán enemistados por las malas artes de la ex mujer de Charles, suceso que implicará que Jean tenga que elegir entre la amistad y la consecución del sueño colectivo o su deseo sexual irrefrenable e individual.

La belle équipe se destapa como una de las mejores películas, si no la mejor, de Julien Duvivier. Una cinta a la que el tiempo la ha concedido un carácter mesiánico que anticipaba la quimera que emerge alrededor de cualquier sueño utópico que será derruido finalmente por la triste realidad que alberga cualquier sociedad occidental, esta es, el triunfo del individualismo, el egoísmo y los instintos primarios sobre la colaboración, el bien común y los buenos sentimientos – o dicho con otras palabras, la victoria de la avaricia sobre la bondad-. En este sentido, Duvivier no dejó nada en el tintero echando toda la carne en el asador para plasmar una brillante radiografía de la sociedad de la época que demostraba que la ilusión nacida del cambio político recién instaurado en la Francia de mediados de los treinta no tenía visos de llegar a buen puerto. Puesto que el dinero y el poder ligado al mismo terminará corrompiendo incluso a las almas más puras y limpias. Tanto Duvivier como Spaak describen a la perfección la aflicción que persigue al dinero y su rastro a través del cambio experimentado por unos cinco amigos cuya alegre y despreocupada existencia en las filas del paro y la pobreza tornará en una sombría y fatal odisea en el momento en el que el dinero aparezca en sus manos. El vil metal será descrito como una correa de preocupaciones y traiciones que devorará la fidelidad y cordialidad existente en su entorno más próximo. La cinta igualmente lanzará un descreído y derrotista retrato acerca de los frágiles cimientos que ostenta el trabajo cooperativista y colectivo ejercido por un ser humano cuya esencia es fundamentalmente individualista, guiada pues por el propio beneficio en lugar del favor del prójimo.

De este modo la película exhibe con mucha inteligencia y juicio la demolición de esa utopía alentada desde el Frente Popular francés atravesando para ello unos terrenos que mezclan el drama y la comedia sin hacer caer en la confusión la trama planteada. Desde el punto de vista técnico, la cinta es una auténtica joya que hará las delicias de los amantes del cine más formal. Duvivier hará gala de su pericia incluyendo sus típicas panorámicas adornadas de unos poderosos travellings que no hacen más que embellecer el contorno exterior de un film consciente de su poder embaucador en las escenas más naturalistas filmadas en los alrededores de la casa de campo que aloja el utópico salón de baile deseo de los cinco amigos. Ciertas escenas del film evocan directamente a la magistral Una partida de campo de Renoir o al Treno Popolare del trasalpino Raffaello Matarazzo en virtud de la realidad cotidiana que desprenden las poderosas y pictóricas imágenes tomadas por Duvivier, resultando especialmente inolvidable la escena de baile al aire libre culminada con la melodía popular Quand on s’promène au bord de l’eau cantada por el mágico Jean Gabin.

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Al excelente resultado global del producto hay que añadir las estupendas interpretaciones brindadas por todo el elenco, siendo especialmente distinguidas la del legendario Jean Gabin, la de la magnética y pérfida mujer fatal Viviane Romance y la del siempre eficaz Charles Vanel. Y es que la grandeza de La belle équipe sigue totalmente vigente merced a ese sencillo pero a la vez complejo estudio sobre la condición humana que fue enriquecido con los necesarios ingredientes de comedia y denuncia social por ese cínico escéptico de las bondades inherentes al ser humano que fue Julien Duvivier.



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