Godzilla Minus Zero (Takashi Yamazaki)

Hay en la figura Godzilla, más allá de su innegable (y obvio) nexo a la ‹monster movie›, una estrecha relación que surge desde su naturaleza: y es que es en su mismo origen, vinculado a la radiación que se originó debido al ataque estadounidense con bombas de hidrógeno realizado en el Pacífico en 1945, donde surge una acotación socio-política que incluso se ha sostenido en algunas de sus versiones ‹made in› Hollywood (como por ejemplo en la siempre reivindicable Godzilla de Gareth Edwards, aunque en aquel caso más focalizada en el ‹eco-horror›).

Takashi Yamazaki, siguiendo la estela de su Godzilla Minus One, nos sitúa de nuevo en los años posteriores a la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, otorgando de este modo un significado muy concreto al contexto específico que maneja: por un lado, sirviendo como ‹background› en las motivaciones de algunos de sus personajes, pero especialmente y de nuevo como espejo de una realidad cuya mirada desencantada y crítica para con los mecanismos del poder se podría extender con facilidad al momento actual.

Godzilla Minus Zero se aferra, por tanto, aquello que funcionó con creces en su predecesora: un equilibrio entre la construcción y motivos de sus personajes, una perspectiva en torno a los pormenores de la guerra y, cómo no, la ya habitual ración de caos y destrucción siempre esperada en una producción de estas características. En ese sentido, el cineasta siempre se expresa con claridad, sin dobleces e incluso reflejando un enardecido sentir en torno a las consecuencias del lanzamiento de la bomba atómica que eclosiona en su escena más enajenada y absolutamente loca.

Es por ello, quizá, que el film que nos ocupa no funciona con la misma solvencia que lo hiciera el anterior trabajo de Yamazaki. Más empeñada en otorgar distintas capas a su discursiva, de la que derivan algunos subrayados que no lastran sus aptitudes debido a un carácter frontal que en ningún momento oculta, termina por querer abarcar más de lo que realmente puede. Cierto es que, en ese gesto, logra amplificar el universo de Godzilla y construir un ‹lore› tan significativo como consecuente, pero en el camino quedan la fuerza y entereza que sí mostraba su anterior película.

De personajes cuyos propósitos terminan siendo transparentes, Godzilla Minus Zero no encuentra el equilibrio idóneo entre aquello que inevitablemente recoge su narrativa anclada a ese contexto específico y el modo en cómo estos lo exponen a lo largo del relato. En ese sentido, el nipón rehúye las fórmulas habituales del ‹blockbuster› buscando crear una propuesta más madura sin que en términos de producción tenga nada que envidiarles. Algunas de sus secuencias poseen ciertamente un imponente sentido del espectáculo que engarza a la perfección con algunas otras vertientes, por más que en ocasiones parezcan fuera de lugar.

De hecho, en una de sus escenas, la cámara de Yamazaki recoge el rostro de un soldado americano mientras masca un chicle de manera efusiva. Algo sobre el que ya ironizaba Roland Emmerich en su día en aquella Godzilla protagonizada por Matthew Broderick a través del personaje de Jean Reno. Y resulta difícil saber si estamos ante un guiño, o si en realidad ese (en apariencia) insignificante plano glosa las virtudes (o defectos, según se mire) de Godzilla Minus Zero: en su intento por apuntar en cuantas direcciones sea posible, las veces su gesto se antoja un simulacro más que un hecho. Inevitablemente, nos quedaremos con la duda y continuaremos disfrutando de esos esperados momentos en que Godzilla o su homólogo King Ghidorah hacen las delicias de los fans de ese género llamado ‹kaiju eiga› que tan buenos ratos nos continúa regalando aunque el resultado no sea (del todo) el esperado.

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