Hirokazu Koreeda… a examen (IV)

No hay nada como observar atentamente la intimidad de una familia cualquiera, sin importar las distancias sociales y culturales, para reflexionar sobre los delicados lazos que unen la tuya propia. Hirokazu Koreeda tiene ya experiencia en eso de introducirnos aparentemente en un evento casual para diseccionar sin piedad todos los estímulos que nos convierten en humanos errantes que se relacionan entre sí. Aunque ahora haya evolucionado su interés por el duelo en la familia desde un punto de vista cercano a la ciencia ficción sin soltar del todo sus rincones soleados e intimistas en Kakeru, lo cierto es que nunca las distancias entre sus historias son suficientes como para no poder reconocer la mano que dirige esas películas.

El duelo es en un principio también la excusa para Still Walking, cuando unos ancianos reciben en su casa a sus hijos, ya con sus propias familias, para honrar la memoria del hermano mayor en el aniversario de su fallecimiento. Lo que podría ser un evento traumático, con los años se convierte en una repetición de gestos, conversaciones y actos que les transportan a un momento doloroso ya convertido en un eco, y a un estancamiento vital donde las pequeñas rencillas familiares se han convertido en cicatrices más parecidas a una protuberancia callosa que a una fina marca en la piel.

Y aquí se esconde la magia de Koreeda, lo que le convierte en un aclamado cineasta que puede volver una y otra vez a esas familias imperfectas para desarrollar sus propias neuras personales, donde por ejemplo podemos encontrar a uno de sus primeros Ryota, nombre recurrente en su filmografía, que se convierte película a película en una especie de alter ego del director, al encontrar a un hombre con una profesión artística que no le llena en plenitud, incapaz de concentrarse en el ahora, ni en alimentar esos momentos que se convierten en imprescindibles a la hora de crear una familia.

Ryota en Still Walking es el menor de tres hermanos, alguien que se lleva el peso del reemplazo de varón primogénito, en un papel que no encaja en su vida. Pero Ryota, aunque comparezca como el pivote de la historia, es solo uno más a la hora de desarrollar con paciencia y profundidad todos y cada uno de los personajes que aparecen en el film. Koreeda tiene esa capacidad innata de explicar lo justo y necesario para encontrar plenitud en todos sus protagonistas, y sabe aprovechar cualquier conversación banal para rellenar espacios en la historia, sin necesidad de sacrificar la naturalidad del discurso para que descubramos a cada momento cualquier detalle que haga crecer nuestro interés por lo que ocurre. La película no deja de ser un encuentro más donde cada persona quiere mantener su lugar ya sea batallando en silencio o disimulando las molestias por cortesía, pero tiene la capacidad de enfrentar un montón de personalidades fuertes y antagónicas que forman una unidad durante unas horas en una simple comida familiar.

Koreeda parece ufano y conservador, pero tiene escondidas un montón de dagas afiladas que no hacen más que animarnos a abrazar los secretos, las dudas y los rencores como parte de nuestra anatomía cerebral, aunque a veces al cerebro se le antoje vivir en las entrañas y volver nuestra inquina en pura hiel. Este es el secreto que esconde el director nipón, que sabe disociar la imagen con el discurso, ya que asistimos a un día no tan especial, en el hogar de un doctor jubilado, con una temperatura cálida, montones de cosas ricas que comer y estancias creadas para vivir en el recuerdo; al mismo tiempo los personajes no encajan entre ellos pero tienen la confianza suficiente como para reconocerse como iguales, plantándonos sus distancias como algo que les une y les molesta a partes iguales, y todo sumado al peso de una persona idealizada que ya nunca va a poder retomar su lugar en la familia. Así Still Walking no dista de otras aproximaciones a los lazos de sangre, al paso del tiempo y a las distintas formas de entender la muerte de un ser querido, pero la película convive en un halo de paz que le da una personalidad muy concreta y estimulante, un lugar donde quedarse pese a la incomodidad propia del roce, cuando el exceso de familiaridad convierte a una familia completa en extraños que apenas se entienden a sí mismos y no se paran a escuchar a los demás.

Hirokazu Koreeda es un reto de altura, uno asumible entre lo cotidiano, lo cultural y lo extrañamente conciliador, todo un experto en trasladar el drama a la belleza y convertirse en nuestro cómplice a la hora de reflexionar sus palabras, y Still Walking es solo una pequeña y sólida muestra de lo que un hombre como Koreeda es capaz de expresar, una mirada limpia a la oscuridad más cotidiana. No hay vida sin un poco de dolor, sin una promesa incumplida, sin una decepción que recordar a diario.

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