El otro día me dio por pensar en cómo algunos entendimos el funcionamiento de la clonación erradamente tras el nacimiento de la oveja Dolly en el 96. No la entendimos o, en su defecto, la llevamos a otro nivel, en concreto a uno ficticio. Una muestra fue Mis dobles, mi mujer y yo, película de 1996 que mostraba la clonación prácticamente como una especie de copia y pega de uno mismo con la edad en que se clona, con un histórico vital muy similar y sobre todo con la personalidad totalmente formada.
Con la expansión de la inteligencia artificial y su presencia cada vez mayor en nuestras vidas, la imaginación de muchos parece haberse lanzado hacia un objeto similar, más abierto a posibilidades quizás no posibles, pero al mismo tiempo mucho más apetecibles en términos de comedia, drama o como simple reflexión.
Para Koreeda, el futuro parece un mundo factible, pero tan interesado en lo realista como lo estaría Harold Ramis al tratar la clonación en la comedia protagonizada por varios Michael Keatons y Andie MacDowell. Esto es: poco. Lo que le preocupa en su última película, Kakeru (Sheep in the Box), o al menos eso me ha parecido tras verla, es lo mismo que le preocupaba a Steven Spielberg en A.I. Inteligencia Artificial (2001), lo cual le resta cierto interés inicialmente, a pesar de reflexionar sobre sus posibilidades desde lugares bastante diferentes y desde un futuro más optimista y luminoso que el del director estadounidense.
A Koreeda, una vez más, le interesa el lado humano de las historias, el papel de los miembros en una familia, las relaciones que establecemos con los demás y la manera en que estas nos definen. El problema es que aquí parece más interesado en llegar a determinadas conclusiones que en explorar todo lo que hay por el camino. La pérdida de un hijo y la posibilidad de sustituirlo por una máquina que reproduce su aspecto y buena parte de su comportamiento son un punto de partida suficientemente doloroso como para construir algo interesante, pero la película se conforma con transitar por lugares que conocemos demasiado bien. El duelo, la culpa y la dificultad para aceptar una ausencia terminan imponiéndose sobre cualquier otra cuestión, como si la ciencia ficción fuese únicamente una excusa para contar un drama familiar que podría haberse desarrollado de una manera bastante similar sin necesidad de recurrir a ella.
No es que ambas cosas tengan que estar reñidas, ni mucho menos. De hecho, la ciencia ficción lleva décadas demostrando que es un vehículo estupendo para hablar de aquello que nos hace humanos. Pero también permite plantear preguntas que van más allá de las emociones de sus protagonistas, y es ahí donde Sheep in the Box empieza a quedarse corta. ¿Qué significa que una máquina pueda comportarse como un niño? ¿En qué momento dejamos de verla como una máquina y empezamos a reconocerla como una persona? ¿Hasta qué punto necesitamos creer que hay algo detrás de sus respuestas para establecer un vínculo con ella? Koreeda parece interesado en estas cuestiones, pero no tanto en desarrollarlas como en utilizarlas para volver una y otra vez al mismo conflicto emocional.
La comparación con A.I. Inteligencia Artificial resulta inevitable, aunque también algo injusta. Spielberg abordaba una idea similar desde una perspectiva más fantástica, convirtiendo la necesidad de ser amado en el motor de una historia que terminaba adquiriendo unas dimensiones casi míticas. Koreeda prefiere mantenerse cerca de sus personajes, observar sus reacciones y encontrar en los pequeños gestos la expresión de sentimientos que no siempre saben verbalizar. Es un terreno en el que se mueve especialmente bien, pero esta vez esa mirada humanista parece jugar en su contra. La película tiene dificultades para encontrar una identidad propia y, cuando introduce elementos que podrían abrir nuevas vías de exploración, termina volviendo a los mismos lugares de partida.
Tampoco ayuda que el desarrollo avance con cierta calma, quizás porque en esta ocasión la calma no se suma tan bien a la belleza o la emotividad de los momentos clave en una película de 2 horas de duración. Hay conversaciones y situaciones que parecen preparadas para aportar matices a los personajes, pero que no siempre terminan de hacerlo, mientras que algunos conflictos prometen abrir preguntas que la película abandona antes de haberles sacado partido. El resultado es una historia que quiere ser contenida, que evita subrayar constantemente lo que sienten sus protagonistas, pero que a veces confunde esa contención con una distancia emocional que termina rebajando el interés por la historia y sus personajes.
Porque, paradójicamente, hay algo interesante en la propia frialdad de la película. La idea de convivir con una réplica artificial de alguien a quien hemos perdido tiene una dimensión inquietante que no depende únicamente de si esa réplica puede desarrollar una conciencia propia. De hecho, es algo que ya está ocurriendo entre algunas personas con la IA (aunque sea a nivel conversacional o de vídeos y recreaciones en imagen). También tiene que ver con nuestra disposición a aceptar una mentira cuando la alternativa es enfrentarnos a una realidad difícilmente soportable. El problema es que la película parece más interesada en resolver el conflicto íntimo de sus protagonistas —la culpa y las dificultades para aceptar la pérdida— que en desarrollar las implicaciones de esa decisión. Y eso resulta especialmente llamativo en una historia ambientada en un futuro cercano, en el que una tecnología así debería suscitar preguntas éticas y sociales que van mucho más allá de lo que sucede dentro de una casa.
Al final, Sheep in the Box es, mal que me pese como fan de Koreeda, una obra menor, lo que no significa que sea mala. Conserva parte de la sensibilidad del director japonés y encuentra momentos en los que su interés por las relaciones humanas sigue dando frutos, pero también deja la sensación de que podría haber llegado bastante más lejos. Su planteamiento invita a reflexionar sobre el duelo, la identidad y nuestra capacidad para reconocer al otro, pero sus ideas terminan resultando más sugerentes que la película que las contiene. Quizá lo más frustrante no sea que Koreeda vuelva a contar una historia que ya hemos visto, sino que, teniendo a su disposición un escenario capaz de cuestionar algunas de nuestras certezas, parezca conformarse con ofrecernos respuestas demasiado familiares. Se echa en falta algo de la imaginación con la que otras películas de los 90 supieron exprimir las posibilidades de la clonación desde la comedia, aunque aquí la premisa se ponga al servicio del drama.









