Arrested Memory (Sabu)

En ocasiones, nuestro peor enemigo podemos ser nosotros mismos. Algo así experimenta Lee, un oficial de policía que verá como su memoria deja de funcionar con eficiencia después de la vivencia de un trauma. Suena serio, pero no lo es, y es que tras ella Sabu regresa a esa veta del thriller que mejor supo explotar sus virtudes cómicas allá a finales de los años 90 con títulos a reivindicar como Unlucky Monkey, Postman Blues o la fabulosa Monday. Entre tanto, el cineasta se ha dedicado a tantear terrenos como el del fantástico (en films como Chasuke’s Journey o Dancing Mary) o incluso el terror (en la experimental Miss Zombie). Volvamos, no obstante, al film que nos ocupa, una Arrested Memory donde no es casual que vuelva a emerger la figura de Shin’ichi Tsutsumi, otrora uña (si aceptamos que el cineasta sea la carne) de Sabu con el que, de hecho, sólo había colaborado en esos citados acercamientos al thriller criminal salpicados por un peculiar humor (negro).

Arrested Memory continúa explotando la figura de ese “héroe”, siempre desdichado, cuyas desventuras culminan en una serie de desbarajustes que no harán sino complicar las cosas. El arquetipo cambia (si la figura de ese “héroe” era en sus anteriores films improvisada, aquí se decanta directamente por un agente de las fuerzas de seguridad), pero el registro (aunque haya perdido algo de negrura y de frescura) sigue siendo el mismo. Es, para que nos entendamos, como si la comedia de enredo de repente se encontrara en un submundo criminal. Algo que, funcione con mayor o menor dinamismo y/o descaro, dispone cuanto menos el espacio para un espectáculo resuelto y, en parte, ligero. Hecho que no quita que Sabu mire con ternura a su personaje, provea momentos semi-dramáticos que se desempeñan con eficacia —como esa secuencia en el coche de Lee con sus ex-compañeros— y hasta le ofrezca una redención tan sencilla como satisfactoria.

Para Sabu, el thriller no deja de ser un vehículo. Sus coreografías son más funcionales que llamativas, el montaje complementa más que potencia, y la acción revela cierto componente lúdico que la aleja de su carácter directo y vibrante. Sus personajes, se mueven, en definitiva, aprovechando las pulsiones de un género que dialoga quizá con mayor franqueza. En Arrested Memory no hay, por ende, escenas desde las que avistar la tragedia, ni mucho menos imposturas que traten de dar un relieve mucho mayor de lo que es al relato. La historia de ese policía abrasado por el trauma, que convive con sus efectos como buenamente puede, y no pierde un ápice de su humanidad, se antoja terrenal por más que en el relato cohabite una extravagancia que surge como solución narrativa, pero a la vez forma parte de la naturaleza de sus personajes: seres que retozan con el patetismo, pero siempre, y como comentaba, con una mirada tierna mediante.

Con sus imperfecciones —hay subtramas que funcionan peor dentro del conjunto e incluso se antojan un poco postizas—, Arrested Memory contrarresta con atrevimiento un dispositivo narrativo no del todo eficiente. El cineasta nipón engarza secuencias desde las que el film fluye con arrojo no solo reforzando esa vis cómica perpetua, sino además mostrando una sinergia para con sus actores desde la que tanto Ethan Juan (al que conocemos por su papel en la reivindicable El cerdo, la serpiente y la paloma) como Moon Li (que protagonizó Blind Love el pasado año) brillan con fuerza regalándonos instantes de un brío inesperado como esa escena del baile en mitad de la discoteca: por sí sola, constituye una demostración de que, con autores como Sabu, el thriller oriental siempre estará abierto a un diálogo que va más allá de ‹set pieces› formulaicas y pretendidamente epatantes. Nada como el responsable de Monday para seguir disfrutando sin complejos y tiñendo de desconcierto un género presto a ser conjugado desde una disparidad de formas que lo alimentan y enriquecen.

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