Le vertige (Quentin Dupieux)

Los contornos del universo meta de Quentin Dupieux han ido dando paso, con los años, a una mirada mucho más corrosiva y punzante que sirve como algo más que el comentario a pie de página ante el que se podría presuponer que nos encontramos. Porque si bien el cine del galo las veces parece estar delineando una realidad que, de tan absurda, entronca perfectamente con su sentido del humor, lo cierto es que no da puntada sin hilo y es capaz de, en apenas una secuencia, meter el dedo en la llaga como ningún otro.

Todo ello ha seguido un consecuente estilo visual y narrativo sobre el que sustentar todo este armazón. No siempre efectivo, en ocasiones de un trazo discontinuo que privilegia más una estructura en ‹sketches› que otra cosa —como sucedía, por ejemplo, en su Daaaaaalí!—, pero sí dispuesto a disparar a diestro y siniestro sin dejar de bordear ese delicioso dislate que, cuanto menos, es capaz de esbozar una sonrisa en el rostro del respetable, cuando no ante el más puro descacharre, de una complicidad que nos hace mirarnos ante un espejo y preguntarnos hasta qué punto estamos rebasando ciertas líneas rojas.

Le vertige da un paso más en este sentido. Resulta obvio que hablar acerca de simulaciones y ‹bugs› en un universo cuya estética rememora esos videojuegos que precisamente aquello que proponían era una simulacro de la existencia, es ya de por sí una virtud; pero si a ello añadimos una serie de ideas conceptuales que encajan pertinentemente con dicho simulacro y alimentan su propia insensatez, y una vocación narrativa que prioriza lo elemental y mecánico de este tipo de entornos, el resultado deviene en uno de los aciertos más rotundos en su carrera como cineasta.

La revelación de un colega a su mejor amigo acerca de estar viviendo en una suerte de engaño no solo provee el terreno idóneo para que Dupieux revisite ese delicioso absurdo al que nos tiene acostumbrados, además apuntala distintas representaciones que amplifican la sensación de que la realidad (la nuestra, no la de los personajes) se sostiene como buenamente puede, presa de un despropósito que pocos cineastas aciertan a retratar como el autor de Rubber.

En tiempos donde el esperpento está más vivo que nunca, especialmente a través de esa vorágine de (des)información que son las redes sociales, nada como un nuevo baño de (ir)realidad. Le vertige conjuga a la perfección la extravagancia (siempre presente en su obra) y una sátira en la que no es difícil volver a vernos reflejados. A fin de cuentas, si por algo funciona el cine de su autor es por ser capaz de lograr que nos riamos de todo y, a la par, de interpelarnos como ningún otro, llevándonos a una posición donde el relativo desahogo de la comedia deviene en incomodidad.

Incluso desplazando su prisma a una dimensión alterna, Dupieux consigue seguir poniendo sobre la mesa cuestiones oportunas, y aunque no siempre encuentre el vuelo adecuado para cada una de sus ideas, no es sino un placer (y una perdición a la vez) confundirse entre las imágenes de un cine que hasta en los píxeles encuentra un modo de escrutarnos con la mirada y desplazar todo atisbo de seguridad como si nada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *