In My Father’s Room (Maha Harada)

La ópera prima de la japonesa Maha Harada, que hizo su estreno estelar en la Sección oficial del último Festival Internacional de Cine de San Sebastián, es un agradable y fino viaje por las voces de aquellos que piensan que el arte no habita dentro de ellos, mermados por un mundo que, en ocasiones, empuja a esas almas en pena que se sienten desplazadas o que no pertenecen a ningún lugar, pero que encuentran confort y sentido en las pequeñas cosas que la vida y la vejez nos dan.

Satomi es una empleada de un museo sometida a la rutina, impregnada por una compleja idiosincrasia japonesa. Un día recibe una misteriosa llave de su ya fallecido padre que la llevará a encontrarse con su antigua habitación, una cuya existencia desconocía y que trazará un camino a través del que Satomi descubrirá quién era realmente su padre y qué pasaba por su cabeza en sus últimos días de vida.

Harada construye una película a primera vista inofensiva, con una calma y un temple en la cámara que laten en cada plano. Y es que no son casuales el uso de los recursos que Harada emplea para tejer el relato. Nuestra protagonista, Satomi, tiene como principal labor vigilar una sala del museo donde se custodia una pintura auténtica de Rothko. Ahí es donde entramos en el juego de la abstracción: los lienzos del pintor estadounidense son de una elementalidad que resulta hipnótica, y esas formas que habitan dentro de más formas, que a su vez generan similitudes con pasajes hacia algo que va más allá de nuestro entendimiento, constituyen el pináculo sobre el que la cinta quiere ahondar.

La frase «ya no quedan poetas en este mundo» sirve de cómplice para que In My Father’s Room se regocije en la idea de que este mundo ya no es como era. Harada es una cineasta que viene gratamente influenciada por el mundo del arte y, sobre todo, por la literatura. Eso se nota para bien cuando el entramado del guion deja entrever una pretensión conmovedora. Sin embargo aunque, como dije, el trabajo técnico opta por una puesta en escena casi fantasmagórica, con sutiles o nulos movimientos de cámara, sí se percibe cierta carencia en el lenguaje visual, más que una decisión artística. La película, tanto en su imagen como en su tono, da la sensación de apostar más por la comodidad de la televisión que por el lenguaje cinematográfico. Y, aunque en principio es algo que podemos ignorar, se trata de una impresión que perdura desde que comienza hasta que finaliza el filme, y que termina por trastocar, de igual forma, el relato.

La buena presentación de los personajes se ve diluida en escenas o diálogos demasiado evidentes o demasiado bañados en una lírica algo excesiva; nuevamente un lenguaje que, en ocasiones, parece más propio de un telefilme. Harada consigue solucionar, más o menos, esta cuestión cuando abraza la poesía como túnel hacia la verdad. Esos rectángulos del famoso Rothko del museo donde trabaja Satomi se convierten en una ventana hacia la reconciliación con el arte, una catarsis que da cierre a un cálido viaje entre un padre y su hija. Un lienzo que une dos almas perdidas. Y aunque a Harada se le vaya a veces la mano al mezclar cine y poesía, esta última termina por sacar adelante un filme que puede decir con orgullo que ha logrado su cometido.

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