Dentro de lo que se ha convertido en una tendencia, la de convertir la maternidad en un cuento de terror que comprime la mirada clásica de mujer etérea que disfruta con traer al mundo una nueva vida hasta desnaturalizarla, Hanna Bergholm ha encontrado la forma de hablarle al mundo desde un lenguaje que incluye el folclore nórdico, las similitudes de comportamiento con el reino animal y la desesperación frente a la vida; y todo ello cuadra perfectamente dentro del terror. Porque lo reconocible, con un poco de fantasía, siempre da más miedo.
Nightborn tiene un inicio edulcorado y caprichoso que nos lleva a conocer a una pareja, Saga y Jon, en pleno fervor amatorio. Es fácil notar que Saga es una persona perceptiva, egoísta y peculiar, y aunque pensar que llevar a su terreno la vida en pareja (van a vivir en la vieja casa donde vivía su abuela) sea la forma en que su estilo de vida se refuerce, es solo un espejismo al que nos somete Bergholm antes de desatar su furia frente a la complejidad de maternar.
Un bosque inquietante, sonidos capaces de perforar sibilinamente nuestros tímpanos y una mujer que pierde totalmente la compostura y la salud, física y mentalmente, es la obra y gracia de querer ser madre, el último deseo de Saga. La composición es sencilla pero extenuante: existen dos puntos de vista extremistas, el de Saga, cargado de negatividad e incapaz de concebir como algo normal la maternidad, y el del resto de la familia, que asumen que creer en la normalidad es síntoma de poder alcanzarla. Mientras se destruye el relato, se construye una nueva versión de ‹body horror› que compite con la naturaleza misma. La degradación del cuerpo y la mente de Saga, en ocasiones cómplice de una visión fantasiosa y a la vez tenebrosa, pero sin dejar de lado esas posibles secuelas reales de un cambio tan drástico en el cuerpo de una mujer (y con este concepto se ríe de las exageradas reinvenciones del cuerpo con la que el cine nos bombardea en la actualidad) es una necesidad para Nightborn, que se toma su tiempo para relatar cada fase en la que convive la madre con su nueva realidad. Parece fácil llevar la historia a la opción del hijo-monstruo, pero la directora quiere realizar finísimas conexiones con otras posibilidades como una depresión post-parto, una ruptura con la realidad o ese duro trago en el que aceptar que lo que apareció entre sus piernas no era lo imaginado. Complejo pero válido cuando apenas nos permiten ver a ese bebé que grita y grita, sin poder distinguir si es la cabeza de Saga o la realidad a lo que nos sometemos.
Y aquí se esconde su gran acierto, dentro de una historia mucho más madura que su debut Ego, cuando el terror empieza a formar parte de la vida y el personaje cambia su actitud entre resignación y supervivencia, dando a entender que vivimos en una sociedad intoxicada por los roles predefinidos y la necesidad de alcanzar constantemente la normalidad. Que la maternidad sea una película de terror y no un campo de piruletas también es una posibilidad, aunque la “normalidad” no lo contemple como algo posible.
Nightborn es extenuante pero sabe casar a su manera todos los universos que ha inventado para esta relación materno-filial. Seidi Haarla se compromete con un personaje imposible de abrazar y que, sorprendentemente, nos resulta triunfante, y todos los caminos que toma Hanna Bergholm pueden parecer extraños pero siempre necesarios para lograr que una fábula sobre la naturaleza frente a lo humano y lo racional tenga un sentido tan concreto.









