Juegos en familia
La primera sensación tras ver Family Movie es la de haber contemplado una película pequeña, sin más ánimo que entretener y disfrutar, con las vicisitudes de una familia empeñada —cada uno con sus particularidades— en tirar adelante un proyecto: una película de terror de bajo presupuesto con la única pretensión de realizar un sueño artístico, por pequeño que este sea. Sin embargo, hay algo que va más allá de la superficie contemplada. Algo que puede parecer ñoño, si se quiere, pero que habla del estado de cierta cinematografía al respecto de su propia autoconciencia y el lugar que debe tener el cine de género.
Contra la “policía de la diversión” cinematográfica
Está bien, y es válido a partes iguales, que haya toda una corriente que reflexione desde posiciones, digamos, más sesudas sobre el papel que ciertos subgéneros (mal llamados menores) han ejercido no solo sobre el cine en general, sino como condicionantes morales sobre la sociedad. En este sentido, películas como Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage, Sex & Death at Camp Miasma, 2026) ofrecen este tipo de discurso. Sin embargo, hay algo profundamente irritante en ello: la sensación de que las tesis sobre el ‹slasher› están agotadas y sus requiebros filosóficos al respecto no son más que vueltas de una noria que, bajo cierta sofisticación formal, nos devuelven al mismo punto de partida. E incluso, hipócritamente, acaban por caer en lo que denuncian: la necesidad de subtextos para justificar mensajes reaccionarios.
Nos encontramos ante una policía de la diversión cinematográfica que actúa como censor moral y que obvia una parte importante del género: la transgresión violenta por el mero hecho del desafío, del entretenimiento salvaje solo por el placer de serlo. Algo que ya en el año 1996 hizo Wes Craven con Scream, planteando su tesis (aún no superada) desde todos los puntos de vista posibles.
La libertad de las capas: un Ed Wood contemporáneo
Family Movie, sin embargo, se postula como un ejercicio meta que obvia cualquier tipo de discurso filosófico subrayado. La conclusión, el debate o la reflexión la deja en manos del espectador a través de sus estratos. O lo que es lo mismo: da la opción, la libertad, de escoger cuál es la capa más placentera para su disfrute. Quedarse, pues, solo con la diversión es tan lícito como querer reflexionar sobre ella y, en este sentido, es un ejercicio de raíz sobre el terror más auténtico al no instigar, no obligar, a tener que pensar específicamente sobre él.
Porque si hay algo meridianamente claro es que el film de Kevin Bacon es básicamente algo construido desde el amor: por su familia, por el terror de bajo presupuesto y por la idea de que, casi como un Ed Wood contemporáneo, no importan tanto los medios como la necesidad, como el impulso de la creación.
La sublimación de lo meta y el sentimiento de comunidad
Y así, el resultado final es la sublimación de lo meta hasta sus últimas consecuencias. La familia es una familia real, la cinta de bajo presupuesto rodada está inscrita en una película efectivamente de bajo presupuesto. Los sueños, las discusiones y los secretos familiares se sienten reales y fácilmente asumibles —menos por el tema de los asesinatos— como conflictos que podrían suceder en una familia artística real.
Es decir, a pesar de ser claramente una película de ficción, la podemos asumir sin tapujos como parte de una realidad que se quiere compartir con la audiencia. Una experiencia que no mira intelectualmente por encima del hombro a su público, sino que lo reivindica como parte esencial de su ámbito familiar para volver, de alguna manera, a aquello que hacía (y hace) grande al cine de terror: el sentimiento de comunidad.







