Fernando Trueba… a examen

Ya con una trayectoria muy definida y consolidada y siendo uno de los directores más internacionales, respetados y reconocidos del cine español contemporáneo, El sueño del mono loco (1989) se observa como una rareza, un punto de inflexión en la carrera del por aquel entonces joven Fernando Trueba que había estampado su sello particular en una serie de comedias muy frescas y divertidas en las que la oscuridad del ser humano pasaba de una forma más o menos satírica por delante de los ojos del espectador. Por el contrario, en El sueño del mono loco Trueba se desprenderá de todo signo de humor (absolutamente inexistente a lo largo del relato) yendo al grano de lo que le interesaba contar.

Nos topamos pues con un thriller psicológico de tintes surrealistas y oníricos donde las fuerzas de la manipulación y el ejercicio del poder a través de las adicciones y el sexo tienen una fuerza brutal no dejando ningún resquicio para que pueda ser inyectado un tono más relajado y condescendiente.

Aquí el argumento será simplemente el artilugio necesario para sustentar todo lo comentado. La historia, basada en un libro que en España se editó con una portada bastante chula, se centra en Dan Gillis (Jeff Goldblum con un perfil muy próximo al de La Mosca), un guionista estadounidense que reside en París. Dan está atravesando una crisis personal derivada de la separación de su esposa y su compleja relación con su hijo pequeño que el divorcio ha provocado. Hastiado tanto de la escritura como un poco también de la vida, Dan recibirá la llamada de un productor amigo que le animará a escribir el guion de una película que quiere dirigir un prometedor realizador llamado Malcolm Greene (Dexter Fletcher que casualmente vampirizaría en la realidad a su personaje al convertirse en un afamado cineasta), un joven obsesionado con uno de los libros publicados por Dan y al que se le advierte un carácter inestable, caprichoso y pedante.

Siendo reacio de aceptar el encargo, la aparición de la hermana de Malcolm provocará que Dan decida adentrarse en el extraño universo y relación construida por la pareja de hermanos, desembocando en una espiral de obsesión sexual, secretos, voyerismo y adicciones que quebrarán poco a poco la mente del escritor, introduciendo al espectador en un dantesco juego de espejos donde no sabremos que es realidad y que es ficción.

En este sentido, la película se abre como un fogonazo radical en la filmografía de Fernando Trueba. Y es que después de haberse consagrado como el maestro de la comedia madrileña costumbrista y muy dialogada, sorprendió a propios y extraños adentrándose camino en un territorio turbio, asfixiante y donde los silencios tenían una fuerza no vista anteriormente en sus trabajos. La película abandonó su conocida calidez cotidiana para abrazar un entuerto estilizado y malsano. El cambio de registro no fue puramente estético sino de enfoque, pues Trueba filmó una obra donde la obsesión y los laberintos de la psique mandan sobre cualquier otro elemento distorsionador.

Existe una clara intención de mostrar la concepción vampírica del arte y de la creación cinematográfica. El cine no aparece como una herramienta de expresión sanadora, sino como una sanguijuela que consume a quienes se acercan a sus lindes. Malcolm y su hermana no son solo figuras manipuladoras, sino que actúan como vampiros emocionales que devoran la voluntad de Dan, drenando su cordura y su ética para alimentarse de su crisis personal. La cámara de Trueba captura esta dinámica con una puesta en escena fría, donde los espacios cerrados y las miradas acusadoras de un Jeff Goldblum desatado, que puso toda la carne en el asador para hacer que la historia resultara impactante, crean una sensación turbia y malsana, disuelta en un vaso donde se mezclan la sumisión y la locura, que le sientan como anillo al dedo al sustrato de un filme que acaba descomponiéndose en cachitos pequeños que rompen el sentido lineal y melodramático con el que había arrancado la película en sus primeros veinte minutos.

Ciertamente, el filme acusa algo de irregularidad en su tono. Ese afán por mantener la elegancia afrancesada de su fotografía —excelente trabajo de José Luis Alcaine en una de sus mejores creaciones— mezclada con el dibujo del descenso a los infiernos del thriller “hitchcockiano” implicó que ciertos pasajes, sobre todo de mitad de metraje para adelante, resulten algo bruscos y descompensados, confundiendo al espectador al cortar a veces por lo sano sin dar muchas explicaciones ni estableciendo un sentido lógico de esos aldabonazos oníricos en los que se sumerge la cinta. Además, el personaje de la agente de Dan (brillantemente interpretado por la siempre perturbadora Miranda Richardson, de nombre Marilyn, que no es casual) parece metido con pinzas, abriéndose como una especie de bruja perversa que empapa la fábula con la nostalgia infantil de un cuento como Hansel y Gretel, o incluso de un Peter Pan que es mencionado varias veces a lo largo del relato. El final con el que se pone el broche al relato, en el que Marilyn tiene un papel muy importante, potencia además ese tono surrealista e irregular.

Para calibrar el lugar que ocupa El sueño del mono loco dentro de la cinematografía patria (y yo diría que también de la europea) resulta revelador contrastarla con tres obras fundamentales del cine de la época centradas en la obsesión, la claustrofobia, la incorrección política (aquí hay ciertas señales que apuntan hacia la pedofilia como es el hecho de que la hermana de Malcolm tenga solo 16 años) y la fascinación por los abismos.

Por un lado, con Arrebato de Iván Zulueta, y es que esta es la película más arrebatada de Fernando Trueba, compartiendo temas muy claros como la radiografía de la cinefilia como adicción frente a las crisis personales y la vampirización a la que somete el séptimo arte a todo aquel que ose inmiscuirse en sus complejos laberintos, así como el paulatino aislamiento del mundo real al que se ven sometidos sus protagonistas quienes se verán envueltos en un entuerto repleto de alucinaciones. También me recuerda, y es que Cronenberg es otro de los autores muy presentes en la película, a Inseparables en el sentido de esas relaciones enfermizas, empapadas de adicción al sexo y el deseo, que empujan a sus jugadores hacia una espiral de locura y autodestrucción. Finalmente, con Terciopelo azul de David Lynch, en este caso a través de un textil cosido por la atracción que la oscuridad ofrece a aquellos que transitan hábitats en principio más tranquilos y luminosos, y la pérdida de inocencia que ello conlleva, y sin duda por ese tono ‹voyeur› presente en ambos filmes y ese retrato de un inframundo que esconde un sinfín de perversiones y ejes manipuladores.

En definitiva, El sueño del mono loco permanece como una rareza insólita y estilizada del cine español de los ochenta. Una obra que fue multipremiada en los premios Goya de su año, fue la gran triunfadora, pero que hoy en día se observa como un artefacto desfasado y algo olvidado, como un juguete extraviado al que no se le echa de menos dentro de una juguetería plagada de títulos emblemáticos del cine español, como es la de Fernando Trueba. Un arriesgado ejercicio donde el autor de La niña de tus ojos demostró que también sabía filmar las zonas más oscuras del deseo y la autodestrucción que ello conlleva.

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