Pablo Berger… a examen

Elegimos a Pablo Berger como director de la semana porque nos llamaba mucho la atención su revisión a Blancanieves, pero parece que no hemos sido los únicos, creando la anécdota que la semana de su estreno se convierta en la elegida para representar a España en los Oscar y que gane en el Festival de San Sebastián dos galardones, el Premio Especial del Jurado y la Concha de Plata a la mejor actriz.

Pero Pablo Berger ya tenía en mente esta Blancanieves silenciosa, o eso me pareció ver durante Torremolinos 73, su primer largometraje. No hay que olvidar que cualquier comedia que se precie, sólo por llevar las señas de «película española» tendrá momentos agridulces en los que encerrarse. Es así como Alfredo (Javier Cámara), en una crisis anterior basada en la muerte de los vendedores de enciclopedias a domicilio, encuentra la necesidad y el halago del dinero extra que tanto necesitan él y su mujer, Carmen (Candela Peña), en una extraña propuesta que engaña a la familia media española, ignorante de lo que ocurría en el extranjero, sin encontrar maldad en lo que realmente le proponían. Ellos creían grabar vídeos educativos sobre los métodos reproductivos del país para el mercado escandinavo, mientras realmente, se convertían en las primeras estrellas del porno patrio.

Y la realidad es tal: entre leyenda urbana y veracidad, este matrimonio llamado Alfredo y Carmen, existieron y se convirtieron en los “españolitos” salidos favoritos para los altos y rubios daneses (entre otros). Esta historia fascinó a Berger, mientras al Alfredo de la película le fascinó conocer el cine de Ingmar Bergman, y así se convirtió en un homenaje a dos desconocidos, al tiempo que se alabó el descubrimiento del cine, los primeros pasos de todo aquel que se ha encontrado con una cámara en sus manos, un encuentro con todo un universo al que hincar el diente.

Resulta entrañable ese modo de presentar las grabaciones caseras, donde los tópicos no faltan, y lo que comienza como unas inocentes y toscas cintas en Super 8, se van transformando al ritmo en el que el amateur descubre el verdadero cine, aquel en el que lo más reconocido es el autor que crea marca, y así Alfredo va aumentando su inquietud por las cosas bien hechas, sin perder un ápice de espontaneidad que siempre aporta Carmen, capaz de perder el pudor si así se ve recompensada su necesidad de hijos.

Sin dejar de lado lo que realmente les une, a partir de El séptimo sello de Bergman Alfredo quiere hacer crecer su cine, y es así como nace la película definitiva dentro de la propia película, la Torremolinos 73 dirigida por el mismo Alfredo, con su hombre de las nieves vestido de negro incluido, el siempre hermoso Mads Mikkelsen y su esposa Carmen como total protagonista, una reverencia absoluta al director sueco. Es aquí cuando realmente se funden Alfredo y Pablo Berger, donde el ojo de uno se traduce en la dirección del otro, donde nació la verdadera Blancanieves vestida de Candela Peña, silenciosa y solitaria paseando por una plaza de toros con su mantilla negra, enanos disfrazados de toreros y flamencas, un paseo por el pasado de un director apasionado para dar luz a los primeros apuntes de la pasión del futuro de otro. Simbiosis guionizada, lo podríamos llamar. Es lo que ocurre al vivir tus delirios a través de otros, que tarde o temprano te delatan.

Y lejos de saber si hay realidad o ficción entre esas paredes setenteras, con la tele de color que no emite ningún tono, los personajes pintorescos, la sombra de la sexualidad de tapadillo de la época, las playas solitarias y las cámaras que crecen hasta los 35 mm, resulta apasionante seguir los movimientos de esta pareja, entretenida y divertida, incluso lúdica (los métodos de apareamiento a través del mundo es un tema de interés cultural), pero que al final te hablen de una tal Aventuras y desventuras de una viuda muy cachonda, la recomposición de lo que pudo ser ese paseo por Torremolinos con capas negras convertido a película de categoría S, donde sí existe realidad y que inspiró la más que acertada primera incursión de Berger, donde los desnudos, por una vez, tienen la justificación absoluta en nuestro cine y donde el propio cine, por derecho, es protagonista absoluto, donde no importa tanto la historia que cuentes, sino la forma en la que consigas expresarla.

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