Subjetivar el espacio

Dentro del cine experimental, es usual la exploración fílmica de la relación etnográfica con su entorno, de la conformación del diálogo, o falta de este, que mantiene una ciudad o lugar físico y los grupos humanos que la habitan, y de cómo estos se transforman mutuamente. A partir de la pieza Berlín, sinfonía de una ciudad, el género homónimamente acuñado como sinfonías de ciudad fue el empleado por ilustres cineastas de la talla de Vertov o Vigo para desplegar complejos discursos fílmicos acerca de estas y reflexionar sobre su naturaleza. En 1976, una Chantal Akerman de tan solo 26 años exhibía en los circuitos menos comerciales una de sus cintas más célebres, News from Home, donde, sin decir una palabra, filmaba su relación con la ciudad de Nueva York, a la que había emigrado desde su Bruselas natal. La relación epistolar que mantenía con su madre y los melancólicos y dilatados encuadres de la urbe le servían como lírica gramática para denotar sus atribuladas emociones respecto a la ciudad y la alienación que en ella sentía.
Irene Bartolomé, emulando a la cineasta belga, estrena su ópera prima, Dream of Another Summer, filmando la cesura que sufrió su experiencia vital y por la cual retorna a la ciudad que una vez la acogió, Beirut. El resultado, pero, no es tan satisfactorio como puede llegar a ser su génesis, pues, esencialmente, la cineasta apoltrona imágenes carentes de significación, tanto como cuadro individual como colectivo, dada su descontextualización y fragmentación pictórica dentro del conjunto. Falta de una idea estructural que la vertebre, la pieza pierde el cauce narrativo a los pocos minutos de su breve metraje, dado que la cineasta no plasma claramente la idea central sobre la que sus imágenes van a orbitar, deslavazando así todo el relato. Más allá de esto, cierto es que Bartolomé, en algunas composiciones concretas, retrata a la ciudad de Beirut con gran expresividad y sentido plástico, conformando un conjunto pictórico orgánico que demuestra una gran concepción espacial y colorimétrica por parte de la autora.

En otras piezas más o menos análogas, el arquitramado narrativo tenía su raíz en una idea clara, y usualmente explicitada, sobre la que su creador erigiría sus imágenes. José Luis Guerín, en su documental fotográfico Unas fotos en la ciudad de Sylvia, articulaba su discurso a través de la búsqueda de Sylvia, una antigua amante; Jonas Mekas, en Lost, Lost, Lost, a través de la experiencia subjetiva como migrante que vivió. Estos creadores empleaban su cámara como sismógrafo para penetrar en la realidad aparente de las ciudades que filmaban, mientras que Bartolomé queda en la superficie objetiva de la realidad que intenta transgredir por la carencia de foco narrativo, que erráticamente entrecruza su historia personal, al más puro estilo de Mekas o Akerman, con la integración de audios personales, junto con imágenes puramente documentales de la ciudad, que, contrariamente a subjetivar el espacio filmado, lo objetivan todavía más.
Es ciertamente insólito que Bartolomé, quien vivió seis años en Beirut y experimentó de primera mano la explosión del puerto en agosto de 2020, decida olvidar, o cuanto menos obviar, la historia cíclica de destrucciones que ha vivido la capital libanesa a lo largo de la historia reciente. No hay mención alguna a la guerra civil acontecida entre 1975 y 1990, que separó la damnificada ciudad con la llamada Línea Verde, entre Este y Oeste, ni tampoco a la invasión israelí en 1982, que bombardeó la ciudad y destruyó gran parte de los barrios suburbiales, o a la masacre de Sabra y Chatila, acontecida ese mismo año. Sin ir más lejos, en el marco del conflicto entre Israel y Hezbolá, en 2024 volvieron a producirse destrucciones causadas por el ejército israelí en el sur de la ciudad, evidenciando la cíclica destrucción que sigue sufriendo la urbe desde hace más de 50 años.

La cicatriz urbana de estas crisis, políticas y humanitarias, es obviada del relato para poner el foco en una de carácter accidental que, aun teniendo responsables, no responde ni justifica el deplorable estado que la propia cineasta decide mostrarnos de la ciudad filmada. En el espectador surgen, por lo tanto, demasiadas preguntas que la cinta no puede contestar ‹per se›: ¿Qué tipo de diálogo mantienen las secuencias de vida urbana con las de carácter sensual e íntimo? ¿Por qué específicamente Beirut, y no cualquier otra ciudad que haya sufrido crisis y catástrofes? ¿Cómo se conecta la historia de la ciudad con la vida de la cineasta?

Redactor de crítica cinematográfica en Cine maldito y Cinemagavia.





