Revisionar Confidencias a medianoche (Pillow Talk, 1959) me ha supuesto un excelente ejercicio de nostalgia, trayéndome recuerdos muy gozosos y bonitos, algo que pocas cosas, entre ellas el cine, tiene la capacidad de poder hacerlo. Recuerdos de risas y ratos muy divertidos disfrutados en familia con personas que ya no están entre nosotros y que de repente reviven de nuevo en nuestra memoria gracias al Séptimo arte. Me acuerdo que la primera vez que la vi fue allá por finales de los años noventa del siglo pasado o quizás en los primeros compases del nuevo siglo, en una reposición que hizo La 2 de RTVE un sábado por la tarde-noche. Y es que en aquella época La 2 decidió hacer una especie de ciclo de Rock Hudson en ese día y hora, reponiendo gran parte de la filmografía del actor estadounidense, pero sin anunciar ningún homenaje, sino por haber adquirido buena parte del material del cine clásico de la Universal Pictures donde Hudson desarrolló la parte más importante de su carrera.
También tiene una anécdota muy curiosa en España. Y es que conserva el récord de ser la película con más audiencia en la historia de la televisión en España, motivado ello por el hecho de haber sido programada unas horas antes del alunizaje del Apollo 11 el 20 de julio de 1969. De hecho, la emisión de la cinta fue interrumpida por la narración de Jesús Hermida antes de su culminación, dejándola inacabada pues no se reprogramó la parte que faltaba en el momento en que se produjo la interrupción informativa.
Dejando de lado su vertiente anecdótica, nos encontramos con un pilar de la comedia romántica estadounidense, filmada en un momento clave en la ruptura que tuvo lugar en la narrativa cinematográfica con la irrupción de las nuevas olas de cine de autor originarias del continente europeo y también asiático. En su contexto histórico podríamos situarla como una comedia ubicada en el momento álgido del desarrollismo estadounidense una vez ya olvidados los efectos de la posguerra, mostrando una ciudad de Nueva York idílica en Eastman Color y CinemaScope donde todo el mundo parece ser feliz. Un Manhattan carente de ‹homeless› y fentanilo, habitado por familias de clase media alta liberales y ansiosas por quitarse de encima ese puritanismo que gobernaba las relaciones sociales entre vecinos colindantes.
Una sociedad occidental que empezaba a conocer los efectos de las innovaciones tecnológicas, en este caso un simple teléfono fijo, herramienta que empezó a propagarse por los hogares de clase media justo en esa década de los 50, con sus consecuentes incidencias de algo novedoso que está empezando a convertirse en cotidiano.
La premisa planteada puede parecer algo tontorrona, aunque este artificio se convertiría en un arquetipo al que acudieron multitud de comedias de enredo en años sucesivos, e igualmente, la película tomó prestados ciertos tics presentes en las obras de un genio como Lubitsch, que se hace presente en varias secuencias del filme.
Nos encontramos con Jan Morrow (Doris Day), una decoradora bastante ambiciosa y muy exitosa en su trabajo. Tanto que ha dejado de un lado su vida personal para centrarse en una adicción al trabajo que la ha hecho tan independiente como solitaria. Del otro lado tenemos a Brad (Rock Hudson), un compositor muy mujeriego y conquistador que prefiere disfrutar del amor efímero de una multitud de conquistas pasajeras que formar una familia o incluso prosperar en su profesión.
¿Qué puede unir a estas dos personalidades tan diferentes? Pues que ambos comparten la línea telefónica de su hogar debido a la saturación de pedidos de la compañía telefónica. Jan continuamente escucha a Brad ligar con sus diferentes parejas cantándoles la misma canción, únicamente cambiando la letra del nombre de la mujer a la que le dedica la sintonía, impidiéndole poder comunicarse con sus clientes y con su jefe Jonathan Forbes (Tony Randall), un millonario que la pretende en matrimonio.
Lo que enredará todo es que Jonathan resultará ser el mejor amigo de la universidad de Brad, y gracias a esta coincidencia y a un encuentro casual en un club nocturno con Jan, el ‹playboy› reconocerá la voz de su compañera de línea, descubriendo que detrás de esa voz tan tiquismiquis se encuentra una mujer muy atractiva de la que su millonario amigo además está enamorado. Así Brad decidirá suplantar su identidad por la de un millonario texano e iniciará un proceso de conquista de la inocente Jan, aprovechándose de la información privilegiada que tiene sobre los gustos de su víctima. Brad será entonces un caballero que no querrá sobrepasarse en ningún momento con Jan, comportándose como alguien educado, distinguido, formal y respetuoso. Pero… algo truncará sus planes iniciales: el amor.
¿Cómo podrá salir Brad airoso de su engaño y no herir a alguien de quien se ha enamorado?
La película funciona como un reloj gracias a la química del trío protagonista, unos Rock Hudson, Doris Day y Tony Randall cuyo carisma sería explotado en otras dos producciones de gran éxito que repetían casi al dedillo la misma fórmula: Pijama para dos (1961) y No me mandes flores (1964). Sin duda ese duelo de guerra de sexos que deformaba las comedias de Spencer Tracy y Katharine Hepburn hacia un entorno mucho más moderno y pícaro funcionaba a la perfección. También ese choque de personalidades entre la mojigata, especialista de la comedia refinada y muy elegante Doris Day y ese granuja sofisticado y pillastre con el rostro de Hudson, complementados de forma sobresaliente por la presencia hierática y divertida de un Randall que también aportaba un granito de arena fundamental en el plato cocinado. Aquí además sumaba muchísimo la presencia también de una actriz clásica como Thelma Ritter en el papel de la borrachina trabajadora del hogar de Jan que roba varias de las escenas más divertidas al trío protagonista.
Hay que resaltar un impecable guion (ganador del Oscar de la academia de su año de producción) que parte de un hecho hoy en día surrealista para tejer una comedia muy irónica y encantadora donde no sobra ni un solo minuto, pues todo encaja a la perfección haciendo saltar las risas del espectador gracias al choque de personalidades de los dos protagonistas y también con un constante viraje de enredos, que igualmente toman ciertas premisas de un film de suspense recargada con un humor blanco muy divertido. También hay que destacar el oficio mostrado por Michael Gordon, cineasta muy prestigioso en las trincheras de la serie B cuya carrera se vio truncada por el “macartismo”, que supo poner todo su conocimiento al servicio del trío protagonista, otorgándoles todas las flores, sin poner ningún obstáculo egocéntrico por su parte, exhibiendo la pericia habitual de los profesionales de Hollywood para narrar de forma ágil, estilosa y sutil.
Desde el punto de vista conceptual resulta importante el hecho de ser una de las primeras producciones que se apoyó en las pantallas divididas — la primera creo que debió ser Suspense (1913) de Lois Weber y Phillips Smalley— para mostrar en el mismo plano dos ubicaciones diferentes mientras los personajes charlan por teléfono, están tumbados descansando en la cama o, en una de las escenas más emblemáticas del film, mientras están tomando un relajante baño de espuma, sin duda un recurso muy inteligente para insertar ciertas gotas de erotismo en una película muy amable que para nada pretendía catalogarse como comedia erótica.
Es cierto que si la cinta se ve con los ojos de un espectador actual puede resultar chocante en ciertos puntos. La trama nos muestra a un seductor que utilizará todas sus herramientas para manipular y enamorar por medio del engaño y la suplantación de identidad a una mujer que desconoce que quien se esconde detrás de su anhelo es en realidad la persona que más odia en el mundo. Igualmente, el final parece sugerir que la felicidad se encuentra en la formación de una familia tradicional, aquí escondido bajo el refugio del amor, siendo el perfil de la mujer trabajadora independiente y solterona o la del pícaro playboy con miedo al compromiso dos figuras que esconden una gran tristeza bajo su máscara creada.
A pesar de que estos puntos pueden hacer creer que nos encontramos con la típica comedia que ha envejecido mal, en mi opinión es necesario situar el filme en su contexto histórico para disfrutarla plenamente, y creedme, la película es “disfrutona” al cien por cien. No solo por su relevancia histórica al ser una de las que estableció la fórmula del éxito de las comedias románticas sofisticadas contemporáneas basadas en la guerra de sexos y los enredos de identidades, sino porque sirve como radiografía de la sociedad estadounidense de los años 50. Una sociedad que empezaba a mecanizarse tanto en el ambiente laboral como en el familiar. Una sociedad donde es incipiente el nacimiento de la mujer trabajadora, exitosa e independiente que ya no necesitaba la figura del hombre para triunfar en la vida, al menos en el aspecto económico, si bien algo vulnerable en el aspecto sentimental. Asimismo, el recurso del enredo telefónico atisba una radiografía de una comunidad que a pesar de tener las herramientas necesarias para desarrollarla, prefiere mantenerse encerrada e incomunicada, sirviendo el ingenio técnico más como una herramienta de cotilleo que de conversación.
Desde el punto de vista técnico cabe destacar la magnífica dirección de arte, mostrando la arquitectura de una ciudad de Nueva York abierta al modernismo y la vanguardia, pero siempre conservando la elegancia reflejada en el vestuario diseñado por Jean Louis para Doris Day, y por el empleo del Eastman Color como recurso técnico para dibujar un cuadro contemporáneo que muestra la forma de vida de los altos ejecutivos de Manhattan de los años 50. También el ya mencionado recurso de las pantallas divididas, aspecto identitario del filme, ejecutando unos encuadres de una simetría espectacular que siguen resultando fascinantes pasados ya más de 65 años desde su realización.
Todo ello convierte a Confidencias a medianoche en un filme clave en la modernización del lenguaje de la comedia sofisticada, que vista hoy en día, sigue igual de divertida y agradable, siempre que sea vista con unos ojos que sepan contextualizar el momento en que se produjo. A destacar la escena final, todo un homenaje al ya mencionado Ernest Lubitcsh, con ese médico loco que cree haber descubierto, por una serie de malentendidos que tienen lugar a lo largo del film, un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.

Todo modo de amor al cine.








