No debería sorprender la abundancia de cintas que parten del esquema: un viaje por carretera. El concepto ‹roadtrip›, un género en sí mismo, se amolda perfectamente a las virtudes del cinematógrafo. En películas más tradicionalmente de guionista, la idea de viaje ya incorpora de por sí un punto de partida, un destino y una serie de paradas o desviaciones que se asimilan a la hoja de ruta y estructura de la narración. Usualmente, se opta por metaforizar el trayecto, convertirlo en una representación del arco evolutivo de sus personajes. En este caso, lo que diferencia el cine de la literatura, viajera de oficio, es su capacidad de captar y reproducir el movimiento, y si se quiere, abandonarse a él. Pocas cosas suscitan más ganas de grabar que el paisaje en movimiento recortado por la ventana de un coche, que a su vez es una experiencia miniaturizada de la proyección de imágenes cinematográficas. Esta misma idea quizás fue la que cautivó a Kiarostami en su serie de películas automovilísticas y a muchos otros que le han seguido o precedido. La cuestión es que la adaptación de esquemas repetidos hasta la saciedad como el viaje por carretera puede resultar, si se cae en modas o tendencias, en resultados mediocres y poco inspiradores. La última película de David Pablos, ambientada en las áridas y peligrosas carreteras para camioneros de México, traza caminos redundantes o mal ejecutados que merman una obra que tampoco excede en ideas llamativas.
En el camino parte del encuentro entre dos personajes: “Veneno” y “El Muñeco”. Veneno es un joven homosexual que pretende huir de su pasado, que se sospecha trágico, sirviendo de copiloto y acompañante sexual de camioneros. El Muñeco es uno de esos conductores; adicto, violento e “hipermasculino”, que contrariamente, desearía regresar a su vida antes de la carretera, cerca de su familia y alejado de las drogas. Sus trayectos se cruzan y sus necesidades se complementan. Veneno encuentra por primera vez a alguien honrado y de confianza con quien se puede abrir, pese a sus muchos defectos, y El Muñeco descubre en su acompañante simultáneamente —y sin que eso resulte demasiado extraño— a una figura filial y a un amante. Hasta aquí un guion muy al uso, digno de libro de texto. El planteamiento más interesante de la cinta a nivel narrativo es su alternancia de protagonista justo en la mitad. La transición es sutil y progresiva, pero lo que se empieza mostrando fielmente desde la perspectiva de Veneno, acaba en la mirada de El Muñeco. La transmisión, ya sea por vía sexual, o consecuencia de la estrecha intimidad emocional, supone un cambio de volante que no varía el rumbo del trayecto. Para los espectadores el descubrimiento de ese segundo protagonista se vive en paralelo al propio camino de aceptación del personaje. La consecuencia negativa de este salto es que, tras la revelación de su pasado, tan torpemente presagiado, Veneno queda completamente exprimido y relegado a un rol pasivo, alejado de la trama principal.
Pablos es poco sugerente con el imaginario que baraja. Su forma de rodar y de montar responde a una lógica estandarizada y carente de personalidad. Sus incursiones hacia terreno más abstracto o formalista tampoco escapan del cliché y su única manera de llamar la atención es mediante la explicitud sexual. En otras condiciones, este recurso se podría considerar una celebración del cuerpo y de la sexualidad desinhibida, aquí, aparece incluso demasiado contenido como para resultar estimulante. Quizás soy un tercer pasajero demasiado exigente, pero prefiero las carreteras inexploradas que los paisajes alternantes de la rutina. La ruta que propone David Pablos, a mi pesar, sigue un recorrido demasiado familiar.









