No pocos géneros sirven para abordar el trauma a través de una perspectiva desde la que sea posible otorgarle la magnitud adecuada, propiciando una aproximación que surja a su vez como reflejo de las posibles causas y consecuencias que se derivan del mismo.
La herencia del mal (Mārama) se acoge a partir de esas pautas al trauma pergeñado desde los confines más oscuros de la Historia, deslizándose desde el horror gótico sobre un relato de supervivencia y preservación.
Toa Stappard, que debuta en la dirección con una empresa mayor de lo que pudiera parecer —y es que su carácter genérico quizá actúe más a modo de vehículo dando forma a esas heridas del pasado mediante una precisa puesta en escena que las veces deriva en torno a determinados lugares comunes—, deslizando apuntes de un horror que siempre sobrevuela el relato pero que apenas toma espacio tal, pone sobre el tapete temas dolorosos —algo ya advierte en sus cartelones iniciales— personificados en secuencias que revelan unas cicatrices mucho más profundas de lo que cualquier imagen pueda llegar a atisbar.
Lo intenta, no obstante, el neozelandés, con un film que quizá alza sus miras en exceso para ser una ópera prima. No porque no se atisbe una capacidad en la composición desde el que plasmar una amalgama genérica no siempre fácil de hacer confluir, o por sus (las veces) vanos intentos de poner en liza un terror encarnado por aquello oculto pero expuesto a cada paso, sino más bien por la traslación de un imaginario mucho más complejo de lo que termina por exponer, en última instancia, su casi anecdótico carácter como ‹revenge movie›.
Sí, puede que La herencia del mal apele a ese instinto soterrado, buscando una reparación que nunca llega y que termina por transformarse en confrontación directa, en ese lugar y esa situación donde ya solo queda mirar al rostro, de tú a tú, al opresor. Pero por el camino da la sensación de que se pierde un universo mucho más rico en matices de lo que termina por atisbar su recorrido.
Cabe destacar, por otro lado, su cuidada ambientación matizada en un azulado pálido que se encuentra de frente con ese rojo furioso, implacable —resalta en ese aspecto la vivacidad de todo aquello relacionado con la mística aborigen, contraponiendo las refinadas formas del colonialismo—, así como tramos cuya atmósfera sobresale por encima de la mera escaramuza terrorífica, del ya consabido ‹jump scare›, demasiado elemental como para distinguir de un modo u otro el film de Stappard.
Puede que, en definitiva, termine quedándose en un término medio —le falta densidad a ese relato, incluso una mirada más extraña y retorcida—, y que su incursión en el terror no atisbe la profundidad que se siente podría haber adquirido una crónica como la que nos ocupa. Pero tanto ciertos pasajes que otorgan una dimensionalidad distinta, en especial en lo que a esa confrontación se refiere, como esas incursiones cinceladas por un onirismo muy adecuado, dan pie a pensar en un talento que esperemos pueda alcanzar, con una mayor madurez, algunos de los propósitos que aquí se plantea, pero que terminan por dar pie a un esbozo que ojalá, con el tiempo, termine por transformarse en un lienzo mucho más valioso y oscuro de lo que termina siendo.

Larga vida a la nueva carne.








