Kika (Alexe Poukine)

Kika tiene un inicio prometedor. Una mujer decidida y volcada en su trabajo, que consiste en ayudar a los demás frente al desamparo, encuentra de casualidad una forma de reiniciar su vida. Un encuentro casual que lleva al enganche, que lleva al amor furtivo, que lleva a replantearse su relación actual, que lleva a dejarlo todo y empezar otra vez junto a ese hombre. Lo que daría para una comedia romántica ajena a violines pero afín a aromas frescos y joviales se dispersa como una nube cuando presenta el efecto de cambios bruscos en la vida que parecen pasar veloces como un avión de reacción. Parpadeas dos veces y te lo pierdes. Pero solo es un efecto, un recuerdo de lo efímero que es cualquier gran acontecimiento, y si lo medimos en términos de trabajadora social que se encarga de ayudar a aquellos que se quedan sin hogar, un constante desalojo de la casa feliz que todo el mundo intenta construir a su alrededor. Eso es lo que buscaba Alexe Poukine para empezar a narrar su verdadera historia: permitirnos experimentar momentáneamente un poco de luz junto a Kika, su protagonista, para poder dar forma a su futuro. Un embarazo y una muerte repentina se cruzan en pocos segundos para que todo se desmorone y vuelva a comenzar el film, uno que tiene espacio para el dolor, el humor y la comprensión del prójimo a través de la mirada de Kika y de quienes le rodean.

El caso es que la vida de Kika se transforma de la mañana a la noche al encontrarse sin su pareja, sin hogar y sin recursos con los que afrontar todos los cambios que le vienen encima. Existen las cadenas de ayuda que contraponen todo lo que ella ha defendido siempre y también la posibilidad (sobre la que se construye el film) de salirse por la tangente y elegir el camino más estrafalario para conseguir dinero, el santo grial que significaría consolidar otra vez un rumbo a seguir. Aquí llega el giro inteligente que implica confiar en la naturalidad que desprende Manon Clavel y en un personaje que, pese a decisiones que no necesariamente van a ser aprobadas por el público, sí muestran una sinceridad necesaria para que podamos creer en ellas y darle una oportunidad a esta aventura.

Esa aventura nos lleva a abrirnos al mundo del BDSM al mismo tiempo que la protagonista, al principio como algo esporádico y prácticamente cómico y poco a poco como una opción real con la que subsanar sus problemas económicos. Kika se ofrece a ser una mas en el mundo de los roles y de la gestión del dolor ajeno, algo que en un principio es una salida y poco a poco va deformándose frente a sus propios problemas no gestionados al asimilar que el dolor es un mal común y que cada uno lo soporta como buenamente puede. A partir de hombres exigiendo ser controlados y mujeres que se convierten en una especie de red de apoyo con las que descubrir las mil y una formas de ejercer la prostitución, la cerrazón en la que se sumerge la protagonista va mutando en su dispersión ante los retos que se le presentan. Por no empaparse de su propio dolor se abre para dar forma al de los demás. Poukine sabe expresarse a través del humor negro, el drama y la sororidad y consigue un gesto pícaro pero también amable que no deja de lado la realidad, que Kika también tiene un dolor que enfrentar.

Así que el film nos lleva por un mar de excentricidades a las que se enfrenta Kika con la misma curiosidad que el espectador, mientras nos sometemos a la empatía que trasladan las imágenes más familiares, dejando ver que ambas vidas son cada vez más independientes una de la otra. No pierde la directora la oportunidad de conciliar todas las tramas que vive Kika en su cabeza en un mismo sentido y su final pasa de ser algo esperado a ser fácil de abrazar porque, pese a todas las salidas de tono, es fácil dejarse convencer por esa necesidad de controlar el dolor, de comprenderlo y asimilarlo para que los cimientos sobre los que se construye ese rinconcito llamado hogar vuelva a coger forma.

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