Les roches rouges (Bruno Dumont)

Acostumbrados como estamos a las corrientes fatalistas del cine de Bruno Dumont, cineasta cuya filmografía se ha caracterizado, entre otras cosas, por cuestionar frontalmente la bondad de la condición humana, sorprende enfrentarse a su última película, Les roches rouges (2026), un film luminoso que acompaña el día a día de un grupo de niños que veranean en la Côte d’Azur. Como en obras anteriores en las que ya trabajó con niños —la fantástica y muy extravagante P’tit Quinquin, aquel no menos excéntrico díptico sobre Juana de Arco—, su labor directiva se revela providencial: las actuaciones de su pequeña tropa, mención especial para el muy “dumontiano” y lleno de tics faciales Kaylon Lancel, están henchidas de la naturalidad, espontaneidad e inocencia que se les presupone a niños de tan corta edad.

El protagonista Géo se divierte con sus dos amigos de verano, Rouben y Manon, en un idílico pueblito de la costa francesa, muy cerca de la frontera italiana: pasan los días y las tardes al sol, circulando con todo tipo de vehículos motorizados en miniatura (!), realizando pequeños hurtos a turistas despistados o poniendo en práctica su divertimento predilecto: precipitarse al mar desde acantilados de cada vez mayor altura y riesgo. Esa felicidad mítica se verá interrumpida por la aparición de otra banda infantil —en una clara dicotomía de la brecha de clase—, igualmente presta a lanzarse desde las grandes rocas rojas que dan título al film como a compartir excursiones y buenos ratos con Géo y compañía, sin presagiar que este pueda verse seducido por los encantos de Eve (una no menos maravillosa Kelsie Verdeilles).

Las reminiscencias shakesperianas se dislocan desde el mismo abordaje tonal de Dumont —que tiene impacto, por supuesto, en el esqueleto visual del film—, que tiene la audacia, y aquí descansa el mayor acierto de Les roches rouges, de filmar una película sobre la infancia… desde la lógica (comunicacional, relacional, corporal) de la propia infancia —reforzará visualmente esta idea a partir de planos subjetivos. Toda la torpeza e inocencia de Géo, motriz y afectiva, como la de sus amigos, se someten a esta lógica. Si buscamos encontrar causalidad o racionalidad en los comportamientos de este clan de infantes desde nuestra mirada adulta, nuestro deseo de desentrañar las mecánicas del film será insatisfecho. Dumont facilita esta lectura, pues el microcosmos de Les roches rouges está huérfano de figuras parentales: o bien se encuentran ausentes físicamente o bien aparecen esbozados de manera que, sencillamente, constituyen un atrezo más del paisaje.

Esta historia de rebeldía, inocencia y descubrimiento filmada en proporción liliputiense viene puntuada (y está reforzada) por los rasgos estilísticos de Dumont: un gran choque entre grandes planos generales, que dan buena cuenta del espacio y sitúan los personajes a su escala, y los primeros planos con angulaciones ligeramente contrapicadas, que informan sobre las dudas, los silencios y gestos de sus pequeños protagonistas. Una pequeña gran película sobre un tema eterno: cómo crecemos y cómo nos vamos situando en el mundo.

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