Love Me Tender (Anna Cazenave Cambet)

En 2015, Constance Debré abrió una enorme brecha en su vida. Tras más de dos décadas de matrimonio, se separó de su marido, con quien tenía un hijo de siete años, y empezó a mantener relaciones con mujeres. A su vez, decidió abandonar su posición como abogada para dedicarse plenamente a la escritura. Sin ese cambio radical de rumbo no se entiende, ni existe, el cuerpo literario de la escritora francesa, que con su autoficción Love Me Tender, publicada cinco años después de ese giro vital, encontró su mayor éxito. En este mismo libro, Debré relata con una prosa austera el devenir lacerante y rocoso de su decisión. El padre de su hijo, tras enterarse de que su ex-mujer tiene relaciones homosexuales, decide privarle de ver al niño, y la justicia le otorga falsamente la custodia total. Debré narra su pugna kafkiana con la burocracia jurídica para recuperar a su hijo y, diagonalmente, recuerda sus múltiples encuentros sáficos de carácter sexual o romántico, con los cuales empieza a entender su nuevo yo y a construir su porvenir. En esas dos líneas se articula la vida, el libro y ahora la película de Anne Cezaneve Cambet, su segundo largometraje.

Vicky Krieps interpreta un papel que parece diseñado al dedillo para su personalidad actoral. Debré es una mujer firme y desvergonzada, y por esa misma razón, víctima de una desdicha sintomática impartida por una sociedad más enjuiciada e intolerante de lo que nos gustaría imaginar. Krieps encarna con una facilidad sorprendente la dualidad entre el hermetismo y la fuerza aparente de Debré y su flujo de fuertes emociones subterráneas, que en raras ocasiones deja aflorar. Su trabajo actoral concentra el sentido dramático de la película. La expresividad se canaliza en un segundo plano, preservando un semblante sobrio y moderado en todo momento, que sirve de carcasa protectora frente a miradas, opiniones y prejuicios afilados. No se puede permitir ni un instante de debilidad.

Lo que Krieps entiende y expresa con tanta habilidad, no le resulta tan sencillo a Anna Cazenave desde la puesta en escena. Seguramente deslumbrada por el testimonio palpitante de Debré, la cineasta decide no cambiarle ni una coma al escrito original, o esa es la impresión que da. Cazenave compensa la impermeabilidad de su protagonista con fragmentos de texto en ‹off›, extraídos directamente de su fuente inicial, que describen su estado emocional y en ocasiones llenan los extensos vacíos provocados por elipsis temporales entre escenas. El cine es incapaz de plasmar, sin recurrir directamente al texto, todo el contenido de autorreflexión presente en unas memorias. El tejido narrativo restante resulta débil en matices dramáticos y expresivos. La fidelidad y el respeto excesivo con el que trata Cezaneve el material de Debré, le impide recortar fragmentos redundantes, o encadenar y edificar secuencias de forma más eficiente. Con más imaginación se podría encontrar un balance entre la esencia formal cruda y heteróclita del texto base y una versión tamizada y guionizada, adaptada al lenguaje cinematográfico.

Pese a esa dependencia que degrada la forma, el ritmo y la estructura de la cinta, la voz de Cazenave aparece de vez en cuando, con más o menos acierto. Cuando la protagonista, al fin, consigue reencontrarse con su hijo, en un entorno controlado y con una periodicidad agendada, el posicionamiento de la cámara, el encuadre y la duración del plano (que en ocasiones es un plano secuencia fijo) reflejan a la perfección la artificialidad agridulce de la situación mezclada con la emotividad del momento. Por el contrario, la cineasta en ocasiones se aventura a filmar planos que parecen una reivindicación a gritos de su presencia como autora, y cuya razón de ser se resume solamente en una declaración desesperada de personalidad. La principal idea de lenguaje que recorre la cinta es el aislamiento de Debré frente al entorno y la gente que la envuelve, plasmado mediante la poca profundidad de campo de los planos o por el exagerado desenfoque de los fondos. La protagonista se siente sola frente a sus adversidades, y razones no le faltan, pero los personajes secundarios están tan poco trabajados y son tan utilitarios, que el individualismo plástico que describe la película apesta a egocentrismo miope.

Sin duda se trata de una cinta bienintencionada, con actuaciones notables y una dirección por encima de la media. Sin embargo, su falta de atrevimiento y creatividad la condena a una simple ilustración fílmica del libro y su extensa duración, llena de escenas reiterativas o inexpresivas, resulta en un visionado un tanto tedioso.

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