Jugada maestra (John Patton Ford)

Hay que considerar que Jugada maestra ha sabido, a su manera, criticar algo más que una sociedad sedienta de grandeza, y lo hace basándose en esa máxima norteamericana en la que es posible seguir tus sueños, el país de las oportunidades por excelencia, donde todo se provee mascado, basándose en una historia excesivamente reciente que ofrece la idea de tenerlo todo al alcance de la mano sin esforzarse para conseguirlo. Así que es válido que la película de John Patton Ford carezca de grandes ideas cuando sugiere un lugar donde el éxito es excesivamente fácil de alcanzar.

Es cierto que lo ideal es obviar la existencia de una película previa con el encanto y la mala baba que gastan los británicos, de donde quizá se ha mantenido el gusto por los buenos trajes de sastre y las estirpes familiares que, en el caso de esta versión, su protagonista no necesita remontarse demasiadas generaciones para cumplimentar un árbol genealógico puramente USA. El caso es que ahí se planta Glen Powell tras las rejas de una cárcel, con un punto de mira que da para observar al cura que viene a confesarle y un reloj que marca el tiempo para su ejecución. Pero no hay drama, solo la voluntad de remitirnos una y otra vez a esta imagen para mantener el orden de su narrativa: Becket va a contar con pelos y señales (y su propio punto de vista) el motivo por el que está ahí sentado.

Así pasamos por la justificación, la negación, el golpe de suerte y el castigo impertinente para decorar una película que se queda siempre a un paso de la elocuencia. Becket cumple sus funciones de chico atractivo que ha crecido con la necesidad de recuperar lo que cree merecer. El premio es jugoso, solo debe ser el último en sobrevivir en su familia para recibir una jugosa herencia, pero esta historia está llena de hándicaps al ser su nacimiento motivo de ruptura con esa multimillonaria familia. Tenemos al joven repudiado y la oportunidad de recuperar lo que él cree que debe ser suyo, y teniendo en cuenta que este es elegante, atractivo e inteligente, tiene vía libre para triunfar en el país de los afortunados.

Las casualidades se repiten, y la historia se va construyendo a partir de pequeños deslices, que pueden acabar en muerte o en dudas justificadas sobre lo aceptable o no que es el camino en el que ha elegido transitar. Para ello tiene sus opciones femeninas, a modo de ángel y diablo, una abogando por los pequeños retos que pueden llenarte de felicidad, la otra relamiéndose los dedos al imaginarse contando cantidades ingentes de dinero. Una justificación más para elevar al “hombre hecho a sí mismo” que debe aprender a valorar si lo bueno es lo que la vida ofrece o lo que uno cree que merece.

Jugada maestra no está tan bien elaborada como propone su título. Tiene sus momentos de humor siempre asociados a lo mal visto que nos sirven de guiño para reírnos con lo irreverente e incluso delictivo, tiene sus propias disertaciones en las que contemplar a un tipo totalmente consciente de lo que está haciendo e incluso esa evolución ‹yankee› que tanta rabia da y que sirve de condimento definitivo para aceptar lo que sucede, pero no termina de arrancar nada más que algunas sonrisas porque el riesgo —a pesar de las locuras que propone— no llega nunca a pantalla. Estamos ante un hombre con una buena racha anclado en un mantra que lleva repitiéndose desde niño que no le convierte en alguien excesivamente letal, ni mentiroso, ni cruel. Sigue siendo el perfecto hombre blanco heterosexual que toda madre querría para su hija y nada más que eso. Eso no deja de lado que su sencillez es nuestro disfrute, y que un montón de buenos y reconocidos actores son capaces de tapar esos pequeños agujeros en el guion —las escasas apariciones de Margaret Qualley en un papel más que manido son imprescindibles—. El film llega a ser tan codicioso como su protagonista y aún así sus giros finales son un entretenimiento sin ínfulas de grandeza cuando lo único que hemos aprendido es un nuevo mantra: muerte a los ricos. Quizá en un ambiente donde la aristocracia sea una realidad tendría más sentido este derroche de buenos modales y crápulas millonarios, pero no perdamos el valor inicial, criticar la nadería en la que se basan las fortunas multimillonarias conseguidas con un esfuerzo nulo siempre es un motivo de celebración. Si el catolicismo recibe un poco de su propia medicina por el camino, doble aplauso.

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