
Conocido también por su faceta como productor —estuvo entre bastidores en algunos de los films más populares de John Woo tales como Un mañana mejor o El asesino, además de la celebrada saga Una historia china de fantasmas—, aunque en su haber se encuentren títulos como la notable No juegues con fuego (traducción de aquella manera del fabuloso título internacional Dangerous Encounters of the First Kind), Twin Dragons, sus incursiones USA con Double Team o En el ojo del Huracán y la saga Érase una vez en China, Tsui Hark acometía a inicios de los 80 una difícil empresa: llevar a la gran pantalla una adaptación personal del libro Leyenda de los espadachines de las montañas de Shu escrito por el especialista en ‹wuxia› Huanzhulouzhu.
Lejos del peso del texto original, nada como generar una mixtura donde se encontraban el fantástico, el cine de aventuras —y, por ende, de acción en su extensión ‹wuxia›— y la comedia. Y es que articular mezclas de esta índole nunca ha sido fácil, menos si el referente era una respetada novela. Pero, ante todo ello, Hark parecía mucho más interesado en el despliegue de ese universo creado por el autor originario que por seguir a pies juntillas un relato en el que a buen seguro hay muchas menos coincidencias de lo habitual en una traslación de estas características. No obstante, y quizá por su tendencia a un caos casi deliberado en ocasiones y a una narrativa un tanto abigarrada, aquello que sobresale especialmente en Zu, guerreros de la montaña mágica es la construcción de un microcosmos que fluye en torno a escenarios hilvanados por el carácter mitológico y quimérico de su germen.

Es a través de una crónica en ocasiones confusa e inconexa —es recurrente saltar de un decorado a otro sin solución de continuidad; como cuando ese soldado protagonista se escurra por primera vez en la cueva donde conocerá a su posterior maestro— donde el cineasta decide privilegiar la aparición de personajes que emergen casi de sopetón, la querencia por una puesta en escena tan intrépida como capaz de regenerarse de forma espontánea, y unas secuencias de acción ágiles pero sobre todo frescas, huyendo de ataduras y dejándose llevar por la naturaleza imaginativa del relato. Si algo dejaba claro Hark en sus inicios —donde volvía a colaborar con el guionista Szeto Cheuk tras la citada No juegues con fuego— es que estábamos ante un cineasta libre y atrevido para el que no existían limitaciones.
Ello queda perfilado en uno de esos films al que, en efecto, su barroca estructura juega por momentos una mala pasada —es fácil desorientarse entre las idas y venidas de sus personajes—, pero que equipara sus defectos con una devoción casi incorruptible por el cine de género y sus mecanismos. Porque no hay nada como perderse entre las posibilidades que ofrece aquello para lo que no hay confines, la imaginación, y brindar una deriva improbable que en algo más de 90 minutos nos transporta a emplazamientos de toda índole donde tanto los maravillosos efectos prácticos, como los asombrosos ‹sets› o las caracterizaciones a cada minuto más inauditas otorgan un extraño encanto a la obra. O, como el maestro interpretado por el mismísimo Sammo Hung repite en más de una ocasión, «Los jóvenes heredarán La Tierra»; como si con ello diese paso a una nueva generación de cineastas —entre ellos, el propio Hark por aquel entonces— dispuestos a controvertir y desafiar unas convenciones que poco a poco han ido dando paso a un cine del futuro.


Larga vida a la nueva carne.





