Têtes brûlées (Maja Ajmia Yde Zellama)

Cámara en mano, planos cerrados que nos aproximan a sus personajes, tonos grises y colores que huyen de la ficción. Una mundanidad muy bien encajada en aquello que, a juzgar por su aspecto visual, se podría asumir como una nueva incursión en el cine social. Pero la debutante, en un gesto inteligente, se aleja de los barrios, de sus calles y, en especial, de sus sonidos. La condición de sus personajes, que por lo poco que podemos ver, no está apegada a los suburbios ni el extrarradio, es aquello que guía los pasos de Maja Ajmia Yde Zellama tras la figura de Eya, una pequeña unida a su hermano que vivirá uno de esos momentos dolorosos que a buen seguro marcará su adolescencia.

Pero no encaja Têtes brûlées como un retrato sobre aquello que devendrá. El film de la cineasta belga-tunecina-danesa se articula desde el presente, desde el ahora; un hecho que se constata en torno a su dispositivo narrativo, que sin necesidad de seguir a tiempo real la jornada de Eya, sí dilata cada instante, condensando su carga huyendo del dramatismo fingido. Las escenas se suceden describiendo un proceso fatigoso, de extraño poso, repleto de lamentos pero también de silencios que plasman mejor que cualquier palabra lo vivido y lo sentido, hallando en la transparencia con que la realizadora los hilvana una de sus grandes virtudes.

La intensa relación afectiva que la protagonista sostiene con su hermano, se traslada de repente a otro plano. El duelo surge de imprevisto, fragmentando una narrativa mucho más vaporosa, dando paso a un trance que se dirime entre dolor, diálogos y una musicalidad que baña la escena haciendo reverberar el estado de ánimo de sus personajes. Têtes brûlées se alza como un film sinuoso, que se mueve de forma templada y posee una mirada introspectiva, llevando esa morosidad que arrastra el pesar a un reflejo que podría ser abatido, pero en el que también hay mucho de recuerdo y fraternidad desde la que asumir esa pérdida.

Los gestos son en ese aspecto primordiales: los viajes en moto de Eya con su hermano se repiten; y a posteriori vuelve a surgir esa escena, como si de una evocación efímera se tratara; cada mensaje furtivo al contestador de él, detallando una estampa familiar impensable para Eya, extiende un vínculo que se antoja inagotable; y cada nuevo paso, aunque sea en forma de homenaje en el rincón de una calle, afianza una forma de honrar la memoria que Maja Ajmia Yde Zellama traslada a la imagen con un respeto y consideración dignas de elogio, casi imbuidas por las formas de un film que en ocasiones se funde con la propia realidad.

Puede que con todo ello la cineasta debutante se aferre a una exposición que, si bien pasa por distintas fases, alberga una naturaleza lánguida, dando pie por momentos a un film pegajoso, denso sin en realidad llegar a serlo, que parece perdido en sus propias resoluciones, sin lograr concretar ese componente humano que sin duda rezuma el film. Ello hace de Têtes brûlées una propuesta que condensa un valor que se consolida en especial a través de la mirada de su autora, pero sin llegar a germinar como se hubiese podido esperar de un relato donde temas tan presentes como el duelo y la pérdida se personan con una sencillez, pero no por ello menor complejidad, inaudita, que es lo que le permite desplegar un cine que a buen seguro encontrará consonancias mucho más acordes con su potencial con su presumible madurez.

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