Vindicare | Super Nacho (Jared Hess)

La crítica de cine y los gustos personales son, en gran medida, subjetivos. Es una realidad difícil de negar. Incluso aquellas películas que suelen aparecer en las listas de “las mejores de la historia” no tienen por qué gustarle a todo el mundo. Hay personas a las que les fascinan y otras que las encuentran aburridas, pretenciosas o simplemente incapaces de conectar con ellas. Y ninguna de las dos posturas es necesariamente incorrecta. El arte, al fin y al cabo, no es una ciencia exacta.

Sin embargo, existe una tendencia recurrente dentro de la crítica especializada que merece ser cuestionada. Con frecuencia, las películas son analizadas casi exclusivamente desde criterios técnicos, estilísticos o temáticos. Si una obra presenta una fotografía impecable, actuaciones convincentes, una dirección competente y aborda una problemática considerada socialmente relevante, suele recibir automáticamente el reconocimiento de gran película. Y es cierto que todos esos elementos tienen valor. Sería absurdo negarlo. El problema surge cuando se convierten en los únicos parámetros utilizados para medir la calidad de una obra.

Muchas veces, la crítica parece olvidar que el cine no es únicamente una exhibición de técnica ni una herramienta para reflejar conflictos sociales. También es emoción. También es inspiración. También es la capacidad de conectar con algo profundamente humano dentro del espectador. Y es precisamente en ese punto donde algunas películas consideradas menores por la crítica logran triunfar donde muchas obras prestigiosas fracasan.

Ese es, para mí, el caso de Super Nacho.

Desde una perspectiva puramente técnica, resulta difícil defenderla como una obra maestra. Su guion es sencillo y predecible. Las actuaciones están deliberadamente sobreactuadas. El humor es absurdo, exagerado e incluso infantil en algunos momentos. Su puesta en escena tampoco destaca especialmente por su innovación visual ni por su complejidad narrativa. Si utilizamos exclusivamente los criterios habituales de la crítica especializada, la película tiene numerosas carencias.

Y, sin embargo, sigue siendo recordada con cariño por miles de personas años después de su estreno.

¿Por qué ocurre eso?

Porque posee algo que no puede medirse fácilmente mediante escalas técnicas ni análisis académicos: corazón.

La película sabe perfectamente lo que es y nunca pretende ser algo distinto. No intenta impresionar al espectador con una narrativa compleja ni con una profunda reflexión sociopolítica, tampoco busca retratar la crudeza de la realidad ni desmontar las estructuras de la sociedad contemporánea. Su objetivo es mucho más sencillo y, precisamente por ello, más difícil de conseguir: transmitir esperanza.

En el fondo, Super Nacho es una historia sobre la importancia de luchar por aquello que amas, sobre utilizar los talentos, deseos y sueños que la vida te ha dado para ayudar a quienes te importan. Es una película que habla de sacrificio, de perseverancia y de la capacidad de seguir adelante incluso cuando todo parece indicar que deberías rendirte.

Puede parecer un mensaje simple, tal vez incluso ingenuo, pero eso no lo hace menos valioso.

Vivimos en una época donde gran parte del cine prestigioso parece obsesionado con recordarnos lo roto que está el mundo. La desigualdad, la corrupción, la violencia, la soledad, la discriminación o la desesperanza ocupan un lugar central en innumerables producciones contemporánea, y muchas de ellas son excelentes películas. Algunas son auténticas obras de arte, pero también existe un cierto agotamiento emocional en esa búsqueda constante de reflejar la oscuridad de la realidad.

Porque la mayoría de las personas ya conocen los problemas del mundo y conviven con ellos cada día. Los ven en las noticias, en las redes sociales y, muchas veces, en sus propias vidas. No siempre necesitan una película que les recuerde lo difícil que es todo.

A veces necesitan exactamente lo contrario.

A veces necesitan una historia que les recuerde por qué merece la pena seguir adelante.

Necesitan personajes imperfectos que fracasen, se equivoquen y vuelvan a intentarlo, necesitan historias que les recuerden que la vida puede ser absurda y ridícula, pero que aun así contiene cosas por las que vale la pena luchar. Necesitan salir del cine con algo más que una reflexión intelectual, necesitan salir con energía para afrontar el día siguiente.

Y eso es algo que Super Nacho consigue extraordinariamente bien.

Por supuesto, esto no significa que la película sea objetivamente superior a las grandes obras reconocidas por la crítica. Tampoco significa que la técnica, la dirección o la profundidad temática carezcan de importancia. Lo que significa es que existe una dimensión del arte que con demasiada frecuencia queda fuera de los análisis especializados: su capacidad para inspirar.

Una película puede estar perfectamente rodada y ser emocionalmente vacía. Del mismo modo, una película puede estar llena de defectos técnicos y, aun así, tocar algo profundo dentro de millones de personas. Reducir el valor del cine exclusivamente a parámetros técnicos es ignorar una parte fundamental de aquello que lo convierte en una forma de arte.

Quizá por eso Super Nacho sigue encontrando espectadores que la defienden con pasión. No porque sea un prodigio cinematográfico, sino porque logra transmitir algo genuino.

Algo sincero. Algo que conecta directamente con la necesidad humana de encontrar motivos para seguir luchando.

Porque es relativamente fácil retratar la realidad, pero lo verdaderamente difícil es recordarnos que, a pesar de ella, todavía merece la pena levantarse cada mañana.

Tal vez la crítica vapuleó esta película por no ser un espejo crudo de la sociedad ni una exhibición de excelencia técnica,  pero el arte nunca ha sido una experiencia idéntica para todos. Como dijo David Lynch: «Las personas pueden sacar cosas diferentes de una misma película, y eso es hermoso».

Y quizá ahí resida la verdadera grandeza de Super Nacho: en que, para algunos espectadores, logró transmitir exactamente lo que necesitaban escuchar.

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