«Uno no se muere cuando quiere, sino cuando puede»
Coronel Aureliano Buendía a Úrsula Iguarán en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez
Poco después de la caída del régimen nacionalsocialista alemán en 1945, cerca de 10.000 integrantes y personas vinculadas al partido huyeron del país despavoridos antes de que el inminente peso de la justicia retumbara sobre sus acciones. Entre los más célebres se encuentran Adolf Eichmann, responsable directo de la Solución Final, quien fue, como tantos otros nazis y fascistas europeos, acogido por la Argentina de Perón en 1950, y Josef Mengele, médico de las SS en Auschwitz con el estremecedor sobrenombre de “El Ángel de la Muerte”. Mengele, quien experimentó y asesinó a incontables presos del campo de exterminio, se exilió hasta morir anciano en Sudamérica bajo falsas identidades, primero en Argentina, más tarde en Paraguay y finalmente en Brasil, donde su vida llegó a término en 1979. Kirill Serébrennikov, uno de los cineastas europeos más radicales y prolíficos, adapta ahora la novela homónima de Olivier Guez, continuando así su serie de cintas que tienen como protagonistas a personas torturadas hasta el paroxismo, hombres y mujeres que portan el tormento del pasado toda la vida a cuestas, seguramente como una forma de proyección, pues el propio cineasta vive exiliado en Alemania, habiéndose visto obligado a huir de su Rusia natal por su criticismo con el Kremlin. Esta obra, que se alinea éticamente y encuentra tantas reminiscencias con su también sobrecogedora La mujer de Tchaikovsky, orbita en torno no tan solo a la desaparición física de Mengele, sino a la identitaria, a la parasitación del Mal y a la penitencia a la que este sometió al médico nazi hasta el fin de sus días.
La cuidada sobriedad estética de Vladislav Opelyants imprime una fina pátina de distanciamiento emocional con los motivos filmados, tanto por la solemnidad que esta proporciona inherentemente como por la recurrente ruptura de la misma, que niega la recreación estética y emplea una cámara visceral que cincela violentamente la viva memoria de la vida del atormentado médico que lucha una guerra que terminó muchos años atrás, pero cuya derrota nunca aceptó.
La dimensión temporal que emplea el cineasta ruso da fe de ello pues, hilvanando constantes analepsis y prolepsis, consigue mostrar más que audazmente un corazón que se marchitó mucho antes que un cuerpo, unas cadenas que absorbiendo el peso del tiempo, se hicieron más pesadas para él y para quien jamás lo hubiera rodeado. El retrato de Mengele es crudo y violento como el director nos tiene acostumbrados, pero ciertamente es mucho más inerte de lo que cabría esperar de él. Pese a haber una voluntad clara por parte de Serébrennikov, rigurosamente mantenida a lo largo de su ‹corpus› artístico, de no ejercer juicios morales sobre los sujetos que retrata, decisión más que acertada anteriormente, el ruso decide emplear ahora una distancia amoral entre el espectador y Mengele, quien decide describir su penitencia y no su pecado, conllevando así una identificación espectatorial con el protagonista que resulta, cuanto menos, conflictiva. El plano emocional ocupa todos los fotogramas, sin dejar traslucir ninguna lectura histórico-intelectual, negando al espectador la dimensión ética tan profunda que un personaje como el biografiado podría haber ofrecido.

Redactor de crítica cinematográfica en Cine maldito y Cinemagavia.








