
Si en su anterior trabajo, Natura, Matti Harju explotaba los confines del thriller, que devenía mutante en sus manos, Nox sirve para dar un nuevo paso en ese terreno donde el género se transforma en una herramienta maleable y versátil. El cineasta (des)compone a través de su naturaleza uno de esos ejercicios juguetones pero con carácter, que si bien hallan en lo narrativo un modo de establecer diálogos colindantes, poseen una presencia sugerente, donde sus desvíos no atenúan una mirada que bordea lo fugaz pero siempre personal.
La esfera de los llamados ‹cryptobros› —que era desde donde partía Natura— da paso a un universo que se continúa extendiendo en torno a lo criminal. El mundo de las drogas otorga para la ocasión los cimientos de lo que se podría contemplar como una ‹buddy movie› deformada por sus efectos y dispersada en un puñado de conversaciones que atañen al recuerdo, a un pasado que regresa casi como modo de encajar una realidad inconexa.
Harju huye con ello de los tropos del género y crea un film que poco a poco irá modulando su condición para devolvernos a un thriller si cabe más esquivo que en su ópera prima. Porque desnaturalizar el género no es sino para su autor un modo de articular realidades mucho más extrañas pero de algún modo cercanas. Sus personajes no son hostiles en un modo en que la violencia —que existe— lo acapara todo, sino más bien como una forma de reacción, asiendo sus propios códigos, ante aquello que les impele a entrar en una dimensión ajena.

Nox se parte así dividiendo su estructura en distintos segmentos y otorgando esa mutabilidad que el finlandés tan decididamente aplica a cada género a un relato que se desgrana desde testimonios diversos que darán forma a un insólito ajuste de cuentas. El vacío, ese elemento narrativo comúnmente conocido como tiempos muertos, se llena mediante diálogos dispares, que apuntan en distintas direcciones intentando armar un puzle sin saber cuál podría ser su sentido, ni siquiera si debería tenerlo. Pero así son los personajes de Matti Harju, tan apegados a ese laconismo nórdico con el que no pocas veces hemos topado, bordeado por una mirada mordaz y por gestos y apariencias que definen ese mundo distorsionado.
Espesas barbas, melenas descuidadas o aliñadas con una simple cola, rostros duros, toscos, y tatuajes donde se precie dan forma a la imagen de un microcosmos que encuentra en esas estampas contrastadas, al inicio teñidas por un frío azul, más adelante atravesadas por el luminoso astro rey que dota a las verdes hojas de un resplandeciente verde casi neón, una respuesta consecuente. Harju sigue una línea visual continuista para con su anterior film que aquí parece resaltar la aridez que nunca llegan a generar sus secuencias: porque si bien nos encontramos ante un thriller (o ‹noir›, si lo prefieren), huye de su concepción primigenia como tal.
Con Nox nos adentramos pues en un viaje que las veces se torna desconcertante, se desdibuja trazando una huida a ningún lugar —porque a fin de cuentas los actos no parecen tener otra consecuencia que regresar a esa extraña melancolía pasada que incide en sus personajes— y nos arrebata la posibilidad de acomodarnos a un trayecto que su autor siempre sabe delinear de nuevo cuando ya parece agotado, resaltando de ese modo las cualidades de un cine que quizá pueda devenir desconcertante pero vuelve a hallar motivos sobre los que deconstruir y reformular esos lugares que en manos de Harju ya no son comunes.


Larga vida a la nueva carne.





