Un poeta (Simón Mesa Soto)

El ‹shock› como forma de indiferencia

Una de las paradojas de Un poeta es que, siendo una película que pretende criticar el modo en que el arte se acerca a las cuestiones sociales buscando los galardones que otorgan las grandes instituciones culturales, fue premiada en los festivales de Cannes y San Sebastián gracias a la forma en que transforma las desigualdades del capitalismo en un producto con el que comerciar. Su estrategia es similar a la de Homo Argentum: se burla de todo el cine que mira el mundo, utilizando como sujeto unívoco de su crítica al mal cine que mercantiliza la realidad en su intento de conseguir prestigio. Es decir, la película confunde ambos tipos de obras e intenta convencer a los espectadores de que las únicas que existen son las segundas, cuando esas son precisamente las que, desde una mirada burguesa, utilizan la realidad como pretexto para su despliegue de cinismo. Un poeta cae en todo aquello que pretende denunciar, cosa que no le impide utilizar un feroz moralismo y una prepotencia autoindulgente a la hora de exponer su visión del mundo.

Las desigualdades sociales son, en la película, una excusa, un mero pretexto, y nunca se abordan con precisión en toda su complejidad: se los enuncia superficialmente sin atender a las causas que los producen. Es este, por tanto, un mal cine de certezas que se articula sobre la idea de la maldad esencialista como única verdad. Simón Mesa Soto trabaja con conceptos abstractos y absolutos que surgen de una concepción metafísica del mundo: el ser humano es intrínsecamente cruel, envidioso y mezquino, y el Destino se encarga siempre de demostrarlo. El Bien —en mayúsculas— es una acción cotidiana y sencilla que, por el mero hecho de haber sido realizada, coloca una aureola sobre la cabeza del sujeto que la ha llevado a cabo, puesto que ha luchado contra su propia maldad “natural” y, por tanto, merece ser santificado. Sin embargo, el Destino —que no es otra cosa que el azar conjurado contra el protagonista— mueve los hilos de la vida de una forma muy diferente: quien desde la solidaridad intenta ayudar a alguien, no recibe sino más dosis de crueldad, más problemas, más Maldad. La mezquindad genética del ser humano le fuerza a odiar, por envidia o por incomprensión, a quien hace el Bien. Por tanto, comportarse con honradez o empatía es la chispa que prende la mecha de la crueldad ajena. Las imágenes de Un poeta chapotean en un charco de cinismo que les impide llevar a cabo un análisis de la violencia, la exclusión y la pobreza que sufren sus personajes. El problema radica en que Mesa Soto, lejos de contextualizar la crueldad dentro del sistema que la produce, la convierte en un rasgo inherente de las personas y luego juzga a esas mismas personas por ser crueles.

La película sólo consigue salirse de su rígida visión del mundo en una escena, la única que contiene un fulgor de verdad y de indagación en su interior. En ella el protagonista, un poeta que trabaja como profesor de literatura en un instituto, se asombra al descubrir que una de sus alumnas, pese a mostrar una prometedora habilidad para la poesía, no está interesada en la escritura de versos porque lo único que le preocupa es que sus sobrinos tengan algo que comer cada día. El profesor, absorto en su decadente visión de la poesía, abandona su romántica visión de la realidad para descubrir que no se puede pensar en la literatura si se tiene el estómago vacío, si no se tiene un cuaderno donde escribir o si se carece de dinero para comprar libros: el arte como privilegio de los pudientes. Es una pena que este sea el único momento de verdadera humanidad que existe en una película en la que los pobres son presentados como egoístas avariciosos que sólo aparecen por casa cuando se les presenta la posibilidad de utilizar a sus hijos para conseguir dinero. A esa simplicidad discursiva contribuye el método de montaje utilizado por Mesa Soto.

La estrategia consiste en utilizar los contraplanos como elementos disruptivos que desmontan el discurso de un personaje. El protagonista habla de forma pomposa de poesía, expresa de forma afectada su decadente visión de literatura en un tono engolado y melodramático, y las expresiones de indiferencia, extrañeza y perplejidad de sus oyentes, cuyos rostros son filmados en primeros planos a los que se llega a través de paneos o cortes bruscos, ponen de manifiesto la ridiculez anacrónica de su edificio verbal. El primer plano del protagonista acentúa la teatralidad de su discurso y los contraplanos de sus perplejos interlocutores evidencian su carácter irrisorio. “Eres tan extravagante que no te tomamos en serio, que no te entendemos, que das vergüenza ajena”; eso es lo que dicen los contraplanos. Pero falta preguntarse por qué no le toman en serio, o por qué el poeta tiene una visión tan románticamente adolescente de sí mismo y de la literatura, por qué sigue jugando a ser un dandi del siglo XIX en pleno 2025. Lo importante, para Soto Mesa, es la ruptura violenta que evidencia la mezquindad, la ridiculez, la hipocresía o el egoísmo de los otros, no el modo en que se construyen dichas emociones o los materiales de los que están hechas. Otro ejemplo: al final de la película, el protagonista se pelea con unos amigos delante de la familia de su alumna. Mesa Soto pasa de un plano del protagonista intercambiando golpes a los primeros planos de los rostros de los familiares de la joven: sus miradas atónitas sólo acentúan lo ridículo de la escena, nada más.

Así, el sistema de montaje se asemeja al punto de vista de alguien que observa una pelea en mitad de la calle, pero que nunca intenta separar a los implicados ni se esfuerza por intervenir. Sencillamente, lo ve todo desde lejos, se queda perplejo y después sigue caminando sin saber nada de la situación, más allá de tener claro su carácter grotesco. Mesa Soto, por tanto, busca dejar en ridículo tal o cual posición, tal o cual visión del mundo, sin preocuparse por indagar en su origen, por entender su mecánica o por capturar las reacciones que provoca en los otros. Por si fuese poco, también filma el barrio obrero en el que vive la alumna del protagonista de la misma forma en la que lo hacen los periodistas que quieren convertirlo en material sensacionalista. El barrio entra en plano, pero para poder aprovecharlo, para sacarle rédito, para que los espectadores empaticen con la “pobre joven” que vive allí. Las calles son un fondo enfocado que debe verse, pero sin dejar de ser un decorado bidimensional, una imagen plana que ni se mueve ni contiene en su seno nada que lo haga. La pobreza del barrio no pasa de ser una nota exótica que se utiliza para generar emociones viscerales en los espectadores.

Si los periodistas, en su reportaje, no dicen nada de la estructura arquitectónica de sus calles, de la degradación de sus infraestructuras —abandonadas por el sistema—, de las causas que provocan la pobreza que las define, de la gente que vive allí, de su forma de pensar, de mirar o de vivir, Soto Mesa, al replicar esa misma televisiva puesta en escena a lo largo de toda la cinta, hace exactamente lo mismo que ellos. Hace, de hecho, aquello que le critica a los poetas que aparecen a lo largo de la película: convertir la pobreza en un objeto de museo a través del que conseguir dinero, prestigio o fama. Sin embargo, como ya hemos dicho al inicio del texto, el director hace trampa, puesto que presenta cualquier acercamiento a la realidad y sus injusticias como una mercantilización de dicha realidad. En Un poeta, el ser humano es cruel por naturaleza y, por tanto, el arte también lo es. Esa es la tesis de la película, y en ella se escuda para presentar el cinismo como único asidero al que agarrarse.

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