Paolo Sorrentino… a examen (III)

Hace unos años, llevado por el buen sabor de boca que me dejaron obras como La gran belleza, La juventud y The Young Pope, y tal vez esperando encontrar algo de todas ellas en otro formato, leí la primera novela de Paolo Sorrentino, sin fijarme en que la publicó originalmente en 2010, diez años antes de la primera de las películas mencionadas.

De todo lo que recuerdo de aquel libro, lo principal es que tenía un ritmo y verborrea trepidantes. Me fue inevitable, además, no leer a su protagonista, el exitoso cantante melódico venido a menos Tony Pagoda, con el tono, la actitud y la cadencia de Toni Servillo. Quién me iba a decir que, aunque interiorizado y sin saberlo entonces, Tony Pagoda era de verdad Toni Servillo y que la ópera prima literaria de Sorrentino, Todos tienen razón, era una secuela de su ópera prima cinematográfica, El hombre de más.

Presentado en este caso como Antonio Pisapia, El hombre de más no se centra únicamente en la vida y carrera del cantante sin filtrar, sino que comparte trama paralela con un futbolista que se llama igual. Estamos en los 80, en una Italia que respira éxito y corrupción, espectáculo y cierta vulgaridad con encanto, y Sorrentino plantea desde el inicio un juego de espejos sobre la caída de los hombres tras el éxito… y lo que ocurre con las ambiciones y los propios hombres entonces.

Este juego de espejos, en cualquier caso, puede parecer durante el primer tramo de la película más curioso que verdaderamente revelador. Hasta entonces uno tiene la sensación de estar ante algo correcto, pero algo plano, donde los mimbres aún no terminan de construir algo consistente de verdad más allá del pelo ochentero de Servillo, que descoloca un poco. En ese aparente vacío rodeado de argumentos tratando de arrancar, sin embargo, es donde empieza a surgir lo más interesante de El hombre de más: la construcción de dos identidades que, pese a compartir nombre y caída, reaccionan de forma radicalmente distinta al derrumbe, como si para uno surgiese del derribo y para el otro del tirarse.

Lo que sigue es un descenso paralelo, lento y áspero, donde el éxito deja de ser una condición para convertirse en un recuerdo incómodo. Sorrentino, todavía lejos del barroquismo visual que definirá su cine posterior, opta aquí por algo más íntimo y contenido, pero igualmente incisivo: la herida del narcisismo masculino cuando desaparece la mirada de quienes lo sostenían.

Hay en ambos personajes una forma de orfandad, tema habitual de la vida y obra de Sorrentino. Como si, al perder la admiración del público, perdieran también una estructura básica de sentido. Ya no son quienes eran, pero tampoco saben ser otra cosa. Y en ese vacío, en esa alienación de uno mismo, la película encuentra su verdadero interés más allá de todos los aciertos visuales.

En ese juego de espejos que no es solo formal sino también moral —aunque no en el sentido clásico, que ya sabemos cómo es Sorrentino, misántropo, pero con un poco más de misoginia que de misandria—, el cineasta italiano no cuenta un relato sobre la causa y el efecto ni reparte castigos ejemplares, más bien al revés. Lo que a él le interesa es subvertir la lógica casi infantil y deseable de que el comportamiento está casi siempre asociado con la consecuencia. Aquí no hay justicia narrativa, sino deriva.

Formalmente, la película deja entrever muchas de las constantes del director: planos largos, cierto gusto por la composición —ese salón del Pisapia cantante que recuerda a la portada de La gran belleza con Jep Gambardella sentado junto al arte—, una ambientación muy cuidada que logra que todo parezca realmente anclado a la tristeza de unos años 80 que ya casi nadie sabe recordar, más mediterránea que “hollywoodiense”. Pero también es cierto que es más fácil hablar cuando es desde el futuro, porque sin haber visto otras películas posteriores antes, puede que no viera mucho de lo que ahora veo, siendo evidente que el Sorrentino de El hombre de más era todavía un cineasta en construcción, al que aún le faltaba cierta precisión en el ritmo y en la intensidad de algunas escenas.

Y aun así, cuando la película llega a su tramo final, él y Servillo vuelven a estar al nivel al que uno los ha conocido. El encuentro entre los dos Antonios y, sobre todo, el monólogo final del cantante, elevan el conjunto hasta un lugar mucho más significativo del que prometía en sus primeros minutos. Es ahí donde aparece, con claridad, el Sorrentino que vendría después, en estado más crudo, recordando a un futuro Sorrentino tanto como su primera novela recordaba al Louis-Ferdinand Céline de Viaje al fin de la noche.

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