Paolo Sorrentino… a examen (II)

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El segundo largometraje de Paolo Sorrentino (autor, entre otras, de Il divo, Un lugar donde quedarse, La gran belleza y La juventud), realizado en el año 2004, dejaba constancia de la mayoría de las señas de identidad temáticas de sus obras posteriores: la soledad, la amistad, el fracaso, el paso del tiempo, la nostalgia, la vejez y el vacío existencial, aderezado con un envoltorio dotado de una elegancia y un poder visual que ya quitaban el hipo por aquellas fechas. El filme (del cual intentaré no desvelar demasiados detalles relevantes de la segunda mitad de su trama para no chafar la experiencia a quien no la haya visto) juega a la ironía desde su engañoso título (el amor al cual hace referencia es casi anecdótico) y se maneja entre distintos géneros (drama existencial, comedia absurda, noir y ligeros tintes de cine romántico, sin decantarse claramente por ninguno) saltándose sin ningún rubor las restrictivas normas que en muchas ocasiones los suelen delimitar.

La cinta italiana arranca con varias escenas cotidianas, mostradas con la intención de que nos familiaricemos con la monótona existencia de su peculiar protagonista, un hombre solitario cercano a la cincuentena, natal de Salerno (en el sur de Italia). Titta Di Girolamo lleva ocho años viviendo en la habitación de un lujoso hotel suizo, e intenta ocultar su identidad y su pasado. La mayor parte del tiempo contempla el paso del mismo sentado en las instalaciones del hotel mientras se detiene disimuladamente (anotando frases en una libreta al más puro estilo Louis van Gaal) en la reiterativa rutina de la camarera del bar, a quien nunca le dirige la palabra, incluso cuando ésta se despide al finalizar su jornada. Un día, la citada empleada del hotel, harta de ese aparente desprecio, le echa en cara que lleva dos años trabajando ahí sin que éste le dedicara en ningún momento la más mínima atención. Este detalle parece abrir la mente del solitario y tímido protagonista, y a partir de ese momento su minimalista y organizado (por no decir maniático) universo se pone patas arriba.

Las consecuencias del amor

Las consecuencias del amor es una de las obras más visuales de las cinco que he tenido el placer de ver de Sorrentino. La Gran belleza y La juventud quizá sean más ambiciosas estéticamente hablando, pero en ambas la palabra tiene una importancia mucho más vital que en este casi primerizo trabajo en el que, sin embargo, destacan sobremanera sus brillantes características posteriores: el empleo de un montaje portentoso del que poco tiene que envidiar la iluminación, unos encuadres que juegan de manera virtuosa con las perspectivas, movimientos suaves y elegantes de la cámara, travellings imposibles (dignos del mejor David Fincher) por las escaleras del hotel, atrapantes tomas cenitales con Toni Servillo ejerciendo de voyeur desde una ventana con los transeúntes, planos con el humo de sus cigarrillos que fuma como un carretero tomados desde ángulos también muy sugerentes e imágenes ralentizadas muy sensuales con la bella Olivia Magnani (nieta de la gran Anna Magnani) desarrollando sus labores como camarera. Los colores cálidos del interior del escenario principal contrastan con el tono grisáceo de los exteriores o de la mansión de la mafia que hace su aparición en la parte final.

Destaca el hipnótico y simbólico plano (con la cámara fija) con el que arranca la cinta, en el cual observamos a una persona, inicialmente desde la lejanía, en su lento recorrido por una rampa mecánica en un espacio completamente vacío, dominado por unos tonos blancos que reafirman su soledad hasta que finalmente tomamos conciencia que se trata de un botones (sin aparente relevancia posterior en la trama) transportando una maleta; un objeto que cobrará vital trascendencia durante toda la narración. Todo ello, acompañado de sus habituales cambios de tercio musicales (del trip hop de la escena inicial pasa a la electrónica más guitarrera, a la música minimalista, e incluso recurre a algún momento de petardeo ocasional).

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Además del magnífico acabado formal de la propuesta, destaca la inspiradísima y elocuente actuación de un Toni Servillo silencioso, insomne y voyeur (su personaje escucha con un fonendoscopio las conversaciones de sus vecinos en el hotel y observa sin perder detalle, desde la altitud de su ventana, los movimientos de los transeúntes) con permanente cara de póquer en sus innumerables momentos de ocio en el vestíbulo y en el bar del hotel. El excelente actor italiano se ha especializado en papeles con un mundo interior muy recóndito y enigmático, como demostró posteriormente en sus potentísimas y carismáticas actuaciones de Il divo y La Gran belleza, aunque en esos roles mostrase una personalidad algo más comunicativa con su entorno que la de este individuo introvertido (cuasi autista) que afirma en sus pensamientos en voz alta que la verdad es aburrida y que lo único que tiene de frívolo es su nombre. Sorrentino emplea resortes psicológicos detallados para expresar la inestabilidad emocional de Titta, un personaje frío, parco en palabras, meticuloso y carente de emociones de quien durante buena parte del tiempo no sabemos nada de su dedicación profesional, mientras que las pistas de su situación personal son expuestas con cuentagotas hasta que tomamos conciencia de las razones que le retienen en ese hotel. Hasta ese momento, simplemente le vemos manejar una maleta atiborrada de dinero (como no podía ser de otro modo, viviendo en Suiza) que recibe periódicamente por una mujer misteriosa y deposita siempre en un banco en el que tienen a su figura en un pedestal. Paulatinamente, el cariz de la existencia del peculiar protagonista se nos va revelando hasta que, finalmente, su sosegado mundo comienza a desmoronarse cuando los sentimientos provocan el renacimiento de su vacua y aburrida existencia.

En esta ocasión, la nostalgia (uno de los temas favoritos de Sorrentino, especialmente en sus tres últimos filmes) solamente aparece en la pequeña historia de los dos ancianos pseudo-aristócratas (venidos a menos) con los que Titta juega a las cartas. Por suerte, la añoranza de un tiempo pasado mejor no llega a los niveles de edulcoración de La Juventud, su recientemente estrenado filme, en el cual reitera demasiados elementos presentes en su anterior y mediático trabajo, aunque eso no sea óbice para que no deslumbre nuevamente con su elegante imaginería y su intransferible sentido del humor.

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Aunque su fascinante atmósfera sobrevuele muy por encima de los acontecimientos que tienen lugar en Las consecuencias del amor, el guión del propio director italiano depara grandes momentos dominados por el absurdo, entre los que destaca (por encima de todos) la condición de heroinómano a tiempo parcial de Titta, que solamente acude los miércoles a las diez de la mañana, religiosamente, a su cita con la heroína: una sustancia que tiene totalmente controlada de un modo irreverente, a pesar de usarla desde los 24 años. No obstante, como suele ser habitual, el director italiano toma algunas decisiones caprichosas que dejan una clara sensación de auto-complacencia con la exposición de ínfimos detalles que no aportan demasiado a la trama, pero que en esta ocasión (una de sus incursiones cinematográficas más redondas) contribuyen para configurar un todo muy sugerente y marciano.

Sorrentino hace gala del humor negro filantrópico y el escepticismo existencialista que tanto le caracterizan, dotando al filme de la melancolía en el ambiente presente en la mayoría de las obras que indagan en la soledad de sus personajes mediante los silencios introspectivos que aquí sólo son hendidos por una voz en off con sus meditadas reflexiones en voz alta que siempre van más allá de lo expuesto en la imágenes, mediante frases muy ocurrentes. Cabe elogiar la brillante capacidad del tándem formado por Sorrentino y su actor fetiche para expresar multitud de sensaciones con muy pocas palabras, renunciando a gestos reveladores que ayuden a comprender las acciones y las inquietudes del protagonista, siempre acompañado de un misterioso y sugerente lirismo. Una obra plagada de contrastes que durante buena parte del tiempo obliga a poner bastante de nuestra parte para dar cuerpo a una historia que se cuece a fuego muy lento durante tres cuartas partes del metraje, hasta la inevitable explosión de violencia con un epílogo tan divertido y absurdo como oscuro.

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