Narcosis (Martijn de Jong)

Habitualmente en el cine, cuando se trata el duelo se hace desde la perspectiva de una sola persona. Ya sea desde la  de la pareja, o desde la de alguno de los hijos, e incluso desde la de un amigo. Pero en cambio Narcosis no muestra una única perspectiva de perder a un ser querido. Muestra cómo esta pérdida afecta a todo su entorno, a todos quienes le quisieron. No se limita a retratar el dolor individual, sino que intenta mostrar cómo la ausencia de una persona se expande silenciosamente por toda una familia, alterando su equilibrio emocional y su forma de relacionarse con el mundo.

La película trata sobre cómo una familia debe superar el duelo por la pérdida de su padre, y de cómo esta afecta a cada uno de ellos de una manera totalmente distinta. En un contexto que les obliga a avanzar y a superar la pérdida, la propuesta muestra cómo ellos, pese a aparentar resiliencia, no han procesado aún lo ocurrido y la herida es demasiado profunda para simplemente seguir adelante. La vida continúa a su alrededor, pero emocionalmente siguen detenidos en el momento en que todo cambió.

Esta idea se plasma a través de la visión de tres personajes. El primero es la mujer, quien de pronto se ve no solo sin su marido, sino sin su apoyo, sin su refugio, sin su pilar. Su pérdida no es únicamente sentimental, sino también estructural: la vida cotidiana se vuelve más pesada, más compleja, más solitaria. A través de ella la película plasma la dificultad de sostener una familia cuando el compañero con el que se compartía el peso de la vida desaparece de repente. Pese a que en algunos momentos parece intentar huir del duelo, lo cierto es que termina viéndose obligada a enfrentarse a él, porque la responsabilidad de seguir adelante no le permite esconderse durante demasiado tiempo.

El segundo punto de vista es el del hijo. Mientras su madre intenta evitar el duelo y continuar funcionando, él no lo evita, sino que se niega directamente a aceptarlo. Se encierra en sí mismo y en la falsa esperanza de poder recuperarle, como si negar la realidad pudiera mantener viva la posibilidad de su regreso. Para su madre, el padre era un pilar; para él era un faro. Y cuando esa luz desaparece, el mundo se vuelve confuso, oscuro y difícil de comprender. Su reacción no es el llanto constante ni el dramatismo exagerado, sino una resistencia silenciosa a aceptar lo inevitable.

Por último, está la hija, que representa otra forma de enfrentarse a la pérdida. Al contrario que los otros dos, no termina de procesar el hecho y llega incluso a comportarse como si su padre simplemente estuviera fuera. Puede ser porque es demasiado pequeña para comprender del todo lo ocurrido, o quizá porque su mente aún no está preparada para integrar algo tan definitivo. Su actitud introduce una dimensión distinta del duelo: la de aquellos que todavía no han entendido del todo lo que significa perder.

En el retrato de esta idea, y a través de estos tres personajes, la película termina funcionando a la perfección. Entiendes las motivaciones y los conflictos de cada uno de ellos, y empatizas sin necesidad de caer en el lloro fácil ni en la manipulación emocional. El film apuesta por una contención que resulta mucho más efectiva que el melodrama explícito.

En este sentido destacan especialmente las actuaciones. Los intérpretes se muestran comedidos e incluso hieráticos en algunos tramos del filme, lo que hace que cuando los personajes se rompen o explotan emocionalmente el impacto sea mucho mayor. Destaca particularmente la actuación de Thekla Reuten, quien no necesita gritar ni sobreactuar para transmitir el dolor de su personaje. Le basta con la mirada, con pequeños gestos y con una presencia contenida para expresar la carga emocional que arrastra.

En definitiva, Narcosis termina siendo una gran obra que, lejos de convertirse en otra producción europea lacrimógena más, aborda el duelo desde una perspectiva mucho más honesta y compleja. Habla sobre algo que hoy en día suele tratarse de forma superficial en muchas historias: la importancia de los padres y el impacto profundo que su presencia o su ausencia tiene en la vida de los hijos.

Porque hechos como los que plantea quizá no se puedan evitar. La muerte, al final, forma parte inevitable de la vida. Pero lo que sí queda claro es que siempre se puede ser mejor con los hijos mientras el tiempo lo permite. Para ellos, sus padres no son simplemente quienes los cuidan o los alimentan. Son sus modelos a seguir, sus profesores, sus guías y, en muchos casos, el primer referente con el que aprenden a entender el mundo.

En un mundo donde la individualidad, la vanidad y el hedonismo parecen premiarse por encima de todo, Narcosis recuerda algo que a menudo olvidamos: la resiliencia es importante, pero el duelo no es un camino que deba recorrerse en soledad. Muchas veces somos nosotros mismos quienes nos imponemos una tortura silenciosa al intentar soportarlo todo sin ayuda. Y quizá el verdadero aprendizaje que deja sea precisamente ese: que incluso en la adversidad, el dolor compartido puede ser más llevadero que el dolor enfrentado en silencio.

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