
A juzgar por su premisa, La mujer que sabía demasiado bien podría encontrarse en el terreno de ese thriller hitchcockiano (algo que parece querer reforzar erróneamente su título en español, lejos del original Shahed, que traducido sería “El testigo”— cuya herencia continúa asomando décadas después. Pero para Nader Saeivar, que firma con este su tercer largometraje en solitario, galardonado con el Premio del público a su paso por la sección Orizzonti extra de Venecia y acompañado en la escritura por Jafar Panahi —que ya colaboró en su debut, The Alien—, aquello que se antoja esencial no es tanto el desarrollo de una intriga ‹per se› como un contexto que ofrece las líneas articulares de su último trabajo.
El constante yugo de la ley islámica, que incide en una serie de constructos sociales desde los que revestir cualquier atisbo de realidad a través de las apariencias, opera como un elemento coercitivo que el cineasta busca, más que matizar, exponer a toda costa; y es en ese gesto, el de dotar de una direccionalidad tan clara a cada expresión, donde la obra pierde enteros. No porque su verdad sea aparatosa y tan cortante que en ocasiones se antoje compleja de asimilar, sino puesto que ese flujo de secuencias que la van desgranando no logran recorrer la narración elocuencia.

Se desprende, pues, una sensación de artificio, al menos en su tramo inicial, donde Saeivar no logra conectar las distintas piezas que irán dando forma al relato. Cada paso parece dispuesto para dar forma a un armazón argumental que en realidad ni siquiera resulta tan trascendente para el punto al que desea llegar el cineasta. Lejos del naturalismo y la transparencia habituales en el cine de Panahi, se despliega un film que, ya desde su consistente puesta en escena —con esos planos contenidos, con la nota de frialdad distante que llega a emanar alguno de los escenarios que recorreremos durante el metraje, conectando de algún modo con su carácter de denuncia—, arroja las claves para dirimir algo más que una intriga que el iraní pronto resuelve.
La mujer que sabía demasiado escudriña los lindes de una sociedad que se debate entre intentar alzar la voz como buenamente puede o bajar los brazos y sobrevivir. La distancia entre Tarlan, la protagonista, y su hijo, no puede ser más significativa. Mientras él le reprocha una vida dedicada a los sindicatos a la par que intenta subsistir, ella no da su brazo a torcer ni cuando la justicia echa la mirada a otro lado ante el poder y una ley, más que injusta, retorcida. No se trata ya de combatir aquello que deviene abusivo por el discurrir de los acontecimientos, sino que lo es desde la misma raíz donde se concretan los preceptos sociales que por extensión dan forma a las conductas y perspectivas integradas en cualquier comunidad.
Hay una interesante contraposición entre quien intenta subsistir y quien busca revertir a toda costa esa injusticia, puesto que en esa distancia se fomentan las bases de una sociedad egoísta, que mira por sí misma y se oculta ante cualquier tipo de reivindicación. Saeivar quizá no logre que todo ello fluya en términos narrativos, sintiéndose por momentos el relato un tanto encorsetado, sujeto a esa disertación de fondo, pero sin embargo siempre subyace lo más importante: sus ideas.

Lo más valioso del film del iraní deriva de este modo de una mirada perseverante que, mostrándose descreída con una ley que escapa a la razón, tampoco consiente el ojo por ojo, la justicia por la mano propia, volcando su alegato en un notable (y alegórico) final que aboga por no permanecer ocultos, por exponer aquello que en definitiva buscan cubrir con cortinas haciendo vigente un poder cuya capacidad va más allá de las simples normas y preceptos.

Larga vida a la nueva carne.





