Por las plumas (Neto Villalobos)

Los colores pálidos, apagados, que gobiernan las paredes desconchadas del local donde trabaja el protagonista de Por las plumas parecen establecer una concomitancia con esa realidad regida por lo establecido. Uno de los planos iniciales nos muestra a Chalo, ese personaje, en la quietud de la noche, saliendo a echar un vistazo al exterior, en una monotonía que impregna la pantalla sin volverse pesada o pegajosa. Está ahí, imperante, casi invisibilizada, pero sostiene a fin de cuentas un destino no demasiado expresivo. Neto Villalobos no requiere diálogos o gestos para establecer una relación que brota con facilidad, sin necesidad de dar demasiadas señas o constreñir la existencia de sus personajes: basta con una serie de planos fijos que sirven, además, para reforzar su tono tenue y humorístico, para concretar una naturaleza que se irá desperezando gracias a la presencia de un gallo. De hecho, resulta de lo más significativo que las dos únicas secuencias donde la cámara pierde su estatismo sean una extraña pesadilla y el momento en que Chalo consiga su preciado gallo.

Pronto, los lugares comunes que frecuenta el protagonista (ese descuidado almacén, el lugar al que vuelve vez tras otra en busca del ansiado gallo…) darán paso a una galería de personajes casi unidos por azar que afianzarán dicho vínculo en torno al animal. Poco importa su procedencia o el motivo que les une, pues la sinergia que nace y crece entre ellos varía los contornos de un relato que muda sobre cada recoveco de esos lazos. El compañero de trabajo obsesionado con la Sagrada escritura, la mucama cuya subsistencia pasa también por la venta de productos de catálogo, y ese joven muchacho cuya devoción por los bigotes trascenderá más allá de la mera revista que le acompaña se transformarán en algo más que invitados a la historia de Chalo; su mera presencia contraría de algún modo la soledad y monotonía que desprendía ese almacén del que es guardia de seguridad, dando pie a un nuevo espacio donde la confianza es clave.

No es de extrañar que ese gallo, objeto de deseo del protagonista, vaya de mano en mano como si estuviésemos ante un secreto que salvaguardar. Los diálogos y gestos, cargados de cotidianeidad, impregnan cada situación de una franqueza que logra que Por las plumas funcione con esa sencillez del que no busca respuestas y sí perderse entre un cúmulo de momentos que nos alejen del mundanal ruido. Algo que se afianza desde un particular tono humorístico que encuentra su lugar entre las idas y venidas de Chalo y los suyos, y que sin llegar a elevar el techo del film, consigue que con apenas pinceladas encontremos ese remanso al que parece apuntar Villalobos con una mirada a través de la que todo parece más sencillo y afable, como si nada costase encontrar esa zona de confort que sus personajes hallan en la eventualidad.

Las ideas que proyecta el cineasta, sin ser lúcidas o luminosas, otorgan esa cualidad tan ductil de un cine que no debe amoldarse a nada ni a nadie: son más bien los espectadores quienes podrán descubrir en este pequeño vaivén, plagado de señales anudadas por lo fortuito —como el destino de ese gallo, que nos arrebata una crueldad casi predecible con otro brochazo de certero humor negro—, el lugar idóneo desde el que dejarse llevar por ese efecto que provee lo imprevisto, aquello que no se puede calcular o predecir. En sus manos estará aceptarlo.

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