Del enigma palpitante, la fascinación imperante y el (pese a su irregular dispositivo) extravagante encanto de The Lure, a la vacuidad estética, la incapacidad por explotar un microcosmos que se antojaba mucho más rico y, en definitiva, un extraño pero patente ombliguismo que termina derivando en un estrambótico artefacto sin ton ni son de Hot Spot. Pudiera parecer que entre una y otra, y fruto del desgaste que provee el paso del tiempo, hubiesen corrido varias décadas, pero lo cierto es que entre el hechizante canto de las sirenas que protagonizaban su debut y la barroca e infructuosa mezcolanza de ‹sci-fi›, una mitología que aquí no solo queda desaprovechada, sino además se antoja fruto del mero capricho, y una suerte de ‹noir› tan pocho como vagamente hilvanado, apenas han pasado 10 años.
El tándem que firmara una de las obras más estimulantes del panorama europeo de género de los últimos años, formado por la cineasta Małgorzata Szumowska y el guionista Robert Bolesto —autor también del libreto de The Last Family, prometedor debut del polaco Jan P. Matuszyński— regresaba al ruedo y, con él, la posibilidad de continuar explorando la capacidad transversal del cine de género y su rica mitología. Pero donde en The Lure había una voluntad de indagar y juguetear con los distintos elementos que componían el universo fantástico de sus personajes centrales, dos sirenas adolescentes, en Hot Spot todo se antoja más bien fruto de una arbitrariedad que no lleva a sus autores a atisbar más que un mero bosquejo; allí donde emergía un sugerente mosaico compuesto con esmero, nos topamos con una mezcla igual de infrecuente, sí, aunque tan desdibujada que termina por representar una nada que solo podría llegar a sostener su talento visual.

Cabe destacar, en ese aspecto, la habilidad de la cineasta polaca por hacer de la paleta de color algo imaginativo y alejado de las mecánicas habituales del género, y por lograr que los escenarios doten de un carácter ciertamente particular a cada pasaje, amoldando en cierta manera el tono y desplazando formas arquetípicas que habitualmente delinean y esterilizan algunos de los géneros por los que se decanta Szumowska en su nuevo film. Es una lástima que tras ello no exista una cierta concordancia y que sus logros estéticos cedan ante una trivialidad que en realidad no aspira a ser tal. Como es obvio, y aunque termine fracasando con rotundidad en sus propósitos, la autora de The Lure continúa intentando reescribir los códigos de los mundos que fagocita, pero el resultado deviene peor que artificioso y forzado, como clamando una atención que sus anteriores proyectos parecían negarle.
Nos encontramos pues ante una propuesta deshilachada, que en su ambición por elaborar un cóctel tan seductor y sugestivo como lo fuera su obra más loada hasta la fecha, se pasa de frenada y no halla un equilibrio que primero se pierde entre secuencias estiradas que solo encuentran razón de ser en una autocomplacencia difícil de digerir, y más adelante se diluye en un imaginario que, más que prendado por el enigma, termina aferrado a una inteligibilidad frustrante en lugar de seductora. Al final, uno ya no sabe si Hot Spot desea retar al espectador a la par que reinterpreta códigos a su antojo, o si todo no es fruto de una empanada mental considerable que confirma lo difícil que es escrutar nuevos horizontes en una amalgama genérica que sí, se presta a ello, pero no a cualquier precio (ni ante una imprudencia que termina emergiendo en despropósito).

Larga vida a la nueva carne.







