Sesión doble: La ausente (1952) / La dama del expreso (1979)

A lo largo de la historia Alfred Hitchcock ha visto homenajeado su cine en multitud de ocasiones, desde escenas evocadoras a películas calcadas al milímetro. En esta ocasión queremos hacer una sesión doble de remakes, porque las películas originales están más que veneradas, y las versiones son un guiño valiente que en ocasiones pasa desapercibido (por la multitud de desastres que se han perpetrado). No es el caso de La ausente de Julio Bracho (que tanto recuerda a Rebeca) y La dama del expreso de Anthony Page (hija de Alarma en el expreso, compartiendo el título original The Lady Vanishes).

 

La ausente (Julio Bracho)

Rebeca no solo fue el primer largometraje estadounidense dirigido por Alfred Hitchcock, sino que el cineasta británico logró marcar un punto de inflexión introduciendo ciertas reglas que posteriormente serían amasadas, con mejores o peores resultados, por más de una generación de directores que no dudaron en tomarla como referencia a la hora de abordar sus propias propuestas. Entre ellos podemos señalar al mexicano Julio Bracho quien doce años después del estreno de Rebeca y a partir de un texto del poeta Neftali Beltrán decidió tejer una especie de remake a la mexicana que homenajeaba sin ningún tipo de disfraz la trama urdida una década antes por el autor de La sombra de una duda.

Para ello contó con un reparto muy sólido liderado por Arturo de Córdova acompañado por ese demonio y carne de Luis Buñuel, Rosita Quintana y por la hermana de Julio Bracho y musa de algunas de sus mejores películas Andrea Palma. La ausente puede pecar en cierto sentido de falta de originalidad, pues efectivamente seremos testigos de esos clichés que se pusieron de moda a raíz del éxito cosechado por el cine de Sir Alfred: una trama que mezclaba el melodrama clásico con sugerentes gotas de intriga; igualmente la utilización de la figura del falso culpable para generar duda en el espectador, asimismo la típica fábula protagonizada por una joven algo ingenua que caerá perdidamente enamorada de un oscuro galán atormentado por un suceso pasado. También esos toques de psicoanálisis que enmarañan el recorrido del metraje, y finalmente el empleo de la imagen como un medio de transmitir tensión y suspense desde los elementos más cotidianos dinamitando la tensión a partir de la nada.

La cinta arranca mostrando a un matrimonio acalorado en una discusión que se resolverá con el repentino abandono del hogar conyugal por parte de la esposa Isabel a los mandos del coche del marido Jorge (Arturo de Córdova). Este hecho concluirá con el accidente mortal de Isabel al chocar con un árbol cuando viajaba a gran velocidad. Pero la verdad parece esconder algo podrido pues Jorge era conocedor de la infidelidad de su esposa y por tanto el accidente podría camuflar un intento de asesinato. A partir de este hecho la cámara se situará en la residencia familiar habitada por un Jorge hundido en un mar de dudas y culpabilidad, por su sensata hermana Cecilia (Andrea Palma) y por su maquiavélica cuñada Magdalena. Una mansión a la que arribará una bella joven llamada Mónica (Rosita Quintana) quien había sido contratada por Isabel para hacerse cargo del cuidado de la hija del matrimonio en su ausencia.

Un vacío que se hará sentir en el ambiente, entre las gélidas paredes del hogar que será fotografiado tenebrosamente por un Julio Bracho que ofrecerá un recital de movimientos de cámara, puesta en escena y encuadres preciosistas aprovechándose en este sentido de su exquisito dominio del diálogo cinematográfico y en especial de la grúa introduciendo gracias a ello algunos de los desplazamientos más elegantes del cine mexicano. Bracho juega con el espectador una partida de ajedrez donde la realidad parece sumergirse en una infernal pesadilla a través de la historia de amor que nacerá entre Jorge y la recién llegada novicia quien tendrá que sortear diversas trampas, en especial la presencia en el ambiente del espíritu de esa ausente esposa a la que no veremos el rostro durante el desarrollo del film, pero a la que sí sentiremos mediante su sombra que emergerá para encharcar la ventura de la nueva pareja, especialmente a partir de las pérfidas estratagemas ideadas por su hermana Magdalena y una serie de personajes que buscarán honrar la memoria de la fallecida en su provecho.

La ausente se eleva como una película atmosférica y claustrofóbica que exalta las virtudes freudianas que contiene su relato. Sin duda todo un ejercicio de estilo hitchcockiano orquestado por un Julio Bracho que se encontraba en esos momentos en su mejor momento de forma introduciendo ese influjo encantador que emana de su para nada escondido homenaje a Rebeca al que añadió ese fascinante artificio, algo exagerado y por ello seductor, inherente al melodrama clásico mexicano.

Escrito por Rubén Redondo

 

La dama del expreso (Anthony Page)

Cualquiera puede reconocer que Alfred Hitchcock fue un genio creando tensión en un tren. Antes de su celebrada Extraños en un tren fue capaz de poner patas arriba una locomotora con un ligero toque de humor, otro tanto de crítica política y mucho suspense. The Lady Vanishes adaptaba la novela homónima de Ethel Lina White, escritora británica de novela criminal, que en manos de Hitch se convirtió en un gran éxito. El hombre de las mujeres de oro.

Una historia como la que ofrece Ethel no podía quedar en el olvido, así que en 1979 Anthony Page dirigió su propia The Lady Vanishes, sin apartarse apenas de la línea que marcó Hitchcock, pero aportando su propia visión de los hechos, con la libertad de actualizar los personajes aunque siguiese una misma línea temporal. Y la verdad es que no fue un error intentarlo.

La historia tiene mucha miga. The Lady Vanishes da protagonismo a dos mujeres, una que permanece, otra que desaparece. Para quien lo desconozca, dos mujeres se conocen al subir a un mismo tren con destino Londres, hasta que una de ellas desaparece. El misterio no surge con la desaparición, es la negación de todos los pasajeros de la existencia de la desaparecida la que desquicia a la otra mujer.

El paso de los años siempre ayuda a pulir historias, y siendo esta una que se sitúa en 1938, tanto la escritora como Hitchcock no pudieron más que imaginar lo que ocurriría posteriormente en Europa, y lo que para Hitch fue un ligero guiño a una inminente guerra, Page pudo poner nombre a los nazis, con referencias que ya todo el público era capaz de reconocer, coronando la presentación de personajes con una rubia espectacular que entre risas y alcohol se atreve a imitar a Hitler. Porque la gran protagonista es Cybill Shepherd, que tras Taxi Driver fue capaz de crear un personaje absolutamente disperso, interesante y atractivo.  Con el vaivén del tren se nos van presentando a todos los personajes oficiales de la historia, con la gracia de elegir a Angela Lansbury como centro de la acción, la que posteriormente sería la reina del misterio con la serie Se ha escrito un crimen —el drama llama al drama, así que el suspense…—. Entre sus personajes se encuentran todo tipo de clichés (manía británicas, adulterio mal gestionado, estratos sociales) que inundan cada vagón con esquejes que alimentan la trama inicial, una actuación coral que nos lleva una y otra vez a Amanda, una mujer altiva, con vicios, convencida de sí misma que le da un giro extremo al personaje inicial del film que referencia, y que gana muchos puntos con ello. Porque sin la actuación de Cybill y el canallismo amanerado del personaje, la película sería poco más que una fotocopia. Arriesgando con este exceso de protagonismo, sin duda esta versión apuesta más por el humor que por el misterio, y sin perder la oportunidad de repetir con mimo las escenas que mejor marcaban lo que se narra en la película de Hitchcock, se atreve a radicalizar la motivación de tanto misterio y mentira, siendo más agresiva con los intentos de «silenciar» a la pasajera incómoda. A finales de los 70 ya no era tan fácil escandalizar al gran público.

Estos intentos de marcar humor y mala leche llevan a inventar nuevos escenarios y modificar subtramas al gusto, separándose de la copia y convirtiéndose en un homenaje con licencias —una que resulta maravillosa es obligarnos a fijar nuestra mirada en las torneadas (sic) piernas de la protagonista, con una escena totalmente opuesta a la que se proponía en el film original—. En esta ocasión se intercambian roles, y la réplica le toca a un molesto periodista (interpretado por Elliott Gould) que consigue el contrapunto perfecto para una mujer capaz de convertir su capricho y cabezonería en justicia.

Si la memoria de Hitchcock ha sido copiada plano a plano en más de una ocasión, esta actualizada versión de The Lady Vanishes no hará llorar a fanáticos ni perfeccionistas, encontrando la distancia exacta para que el vaporoso viaje en tren sea tan suave como el elegante e inadecuado vestido de la insidiosa Amanda.

Escrito por Cristina Ejarque