Sesión doble: Running in Madness, Dying in Love (1969) / Maladolescencia (1977)

Esta semana nos sumimos en la provocación con dos clásicos que exploran el erotismo. En primer lugar el indispensable japonés Kôji Wakamatsu con Running in Madness, Dying in Love dirigida en 1969. Por otra parte un homenaje a una perturbadora pérdida de inocencia a la italiana con Maladolescencia de Pier Giuseppe Murgia, de 1977. Comenzamos pues con la sesión doble erótica, para vuestro disfrute.

 

Running in Madness, Dying in Love (Kôji Wakamatsu)

Running in Darknes

Hablar de cine japonés y género erótico es lo mismo que hablar del cine de Kôji Wakamatsu. El gran Wakamatsu siempre fue un cineasta situado en los márgenes de la popularidad, afrontando sus producciones desde una mirada propia, fiel a sus gustos e ideología, y por tanto a contracorriente de las normas establecidas. Quizás su nombre se halle ligado sobre todo a El imperio de los sentidos, obra de culto del erótico de la que fue productor. Sin embargo no hay que olvidar que este genio desconocido fue uno de los pilares de ese cine aguerrido, políticamente comprometido, terrorista (el propio Wakamatsu junto a su colega y guionista Masao Adachi formaron parte del Ejército Rojo Japonés) y outsider que emergió en el Japón de finales de los sesenta.

Su cine se fundaba en tres puntos. Un escaso metraje debido al nulo presupuesto con el que contaban estas producciones. El sustrato erótico como fuente de relaciones de dominación y placer, adornado con unas escenas frontales de desnudos ideales para la representación de salvajes coitos. Y por último unas tramas antisistema, pintadas a través de la lucha estudiantil como pincel, con la revolución situada en el centro y base para el triunfo de la libertad.

Para quienes disfruten del cine de Wakamatsu, Corriendo a lo loco, muriendo de amor (traducción al español del título internacional Running in Madness, Dying in Love) será una joya indispensable. Pero igualmente, para los que aborrezcan la particular mirada del director ésta será una película muy apetecible, dado que se trata de una de las obras más contenidas, reflexivas y prudentes ideadas por el autor de Violent Virgin.

La cinta se abre con una serie de imágenes documentales de una manifestación estudiantil repelida violentamente por las fuerzas del orden. En medio del caos un joven huirá con dirección a la casa de su hermano, un policía de métodos heterodoxos e ideología fascista casado con una sumisa y atractiva ama de casa. En medio de una discusión política, el estudiante matará accidentalmente a su hermano, huyendo con su cuñada en un viaje a ninguna parte a través del Japón más profundo, rural y supersticioso. En el transcurso de la odisea, los sentimientos soterrados que existían entre el imberbe universitario y su cuñada explotarán en un estallido de deseo, pasión y amor sin barreras, dejando al descubierto la esclavitud y esa relación de poder y dominación (sin hueco para el amor) que existía entre el marido asesinado y su obediente esposa. Pero, ¿podrán los enamorados sobrevivir al ambiente opresor, primitivo e imperialista existente en el Japón de los sesenta?

Poseedora de un ritmo frenético que no deja lugar al respiro, pero dotada de un estilo muy introspectivo y sosegado, hecho que la infiere un regusto a ese cine realizado por Kenji Mizoguchi protagonizado por dos amantes perseguidos por su mala ventura, Corriendo a lo loco, muriendo de amor se presenta como la mejor película de Kôji Wakamatsu. Por un lado por no estar adulterada por esa mirada aleccionadora desde el punto de vista político que contaminaba sus películas más representativas. Por otro lado por ser tenedora de un lirismo que parece brotar de las mejores historias escritas por los maestros del cine japonés clásico. Y para rematar la faena por su fidelidad al estilo Wakamatsu, detentando esas escenas eróticas húmedas, sin censuras, mostrando a los amantes desnudos sin trampa ni cartón en pleno acto sexual disfrutando de los placeres que solo el sexo puede dispensar. Unas escenas que en Corriendo a lo loco, muriendo de amor fueron filmadas partiendo de la belleza y la influencia pictórica de los grandes maestros del impresionismo, con elegancia pero también con ferocidad. Todo ello convierte a esta imprescindible obra en una de las mejores del cine erótico japonés de todos los tiempos.

Escrito por Rubén Redondo

 

Maladolescencia (Pier Giuseppe Murgia)

Maladolescencia

La sombra de la polémica ya se proyectó sobre esta singular película de Pier Giuseppe Murgia en el momento de su estreno, allá por 1977, y se sigue proyectando a día de hoy, siendo un filme prohibido en muchos países y censurado severamente en otros. No es de extrañar, pues se atreve a inmiscuir a su púber reparto en una trama marcada por una agitada (y bastante explícitamente escenificada) sexualidad. Contribuye a potenciar su malditismo la presencia en el reparto de Eva Ionesco, aquella niña convertida, por obra y gracia de las polémicas fotografías eróticas que le hizo su madre cuando apenas contaba diez años de edad, en una de las lolitas ‘reales’ más célebres de que hay noticia. Ciertamente, resulta complicado adentrarse en una obra como Maladolescencia sin sentirse perturbado por su contenido, en el que sus dos actrices principales (de no más de once o doce años en el momento del rodaje) no sólo aparecen completamente desnudas, sino también simulando escenas de sexo oral y penetración. No obstante, soy de la opinión de que su carácter subversivo y desestabilizador no depende únicamente de esta exhibición impúdica (y moralmente reprobable, con toda probabilidad) de carne infantil o pubescente, sino de un argumento que sabe conjugar, de un modo perturbador pero inteligente, el universo de la infancia con el de los adultos, como ya hiciera William Golding (por buscar un referente más o menos culto) en El señor de la moscas, de la que se adivinan ciertos ecos en la construcción de la trama (la ausencia de adultos, el descubrimiento del poder, el libre albedrío como campo de cultivo de la crueldad…).

Lo que empieza siendo un relato convencional de despertar amoroso y sexual se va contaminando, a una velocidad pasmosa, con influjos sadianos que orientan la película hacia un territorio mucho más inestable e interesante, en el que la pérdida de la inocencia se explora con malicia, sin renunciar a debilidades propias del cine de explotación de aquellos años, como la violencia contra los animales (el tormento del pájaro asaeteado), si bien pertinente a efectos dramáticos. En líneas generales, y pese a su obvia tosquedad formal (la estética trasnochada puede pasarle una factura demasiado alta) y su falta de sutileza, lo cierto es que Maladolescencia logra trascender ese carácter sensacionalista que probablemente estaba en el origen de su gestación para ofrecer, en su lugar, una crónica descarnada, alegórica (ese imaginario reino infantil situado en un bosque es materia pura para la fantasía de tintes metafóricos, al igual que el perro, que corporeiza un interior primitivo esperando su oportunidad para saltar) y hasta cierto punto ambigua de esa etapa voluble y turbulenta que es la adolescencia, a un paso ya de esa adultez que Murgia inteligentemente sabe asociar con dos elementos clave sobre los que pivota toda la trama: la violencia y el sexo.

En ese retorcido y fascinante juego de poder que acaba materializándose ante los ojos del espectador, Laura Wendel (la única del reparto a la que servidor le atribuiría auténticas dotes interpretativas; los otros dos hacen lo que pueden, que bastante es, dada la escabrosa naturaleza del guión) se lleva la peor parte, viendo cómo la pureza del primer amor degenera en una mecánica de sumisión de la que no quiere escapar. Es meritorio que, habiendo abordado ideas tan agresivas y difíciles de digerir, su director se las apañe para que todos sus personajes conserven hasta el final cierto grado de humanidad y vulnerabilidad: el modo en que Loeb se derrumba cuando se acerca el final del juego, y en el que Ionesco recupera su fragilidad infantil, logra dotar al relato de un aura reflexiva que es fácil que pase inadvertida ante tanto material controvertido. No por casualidad, la película se cierra con un poema hermoso y terrible del escritor húngaro Dezso Kosztolányi que acaba con estos versos:

«¿Quieres vivir para siempre en un juego que se convierta en algo verdadero?
¿Quieres que, echada en tierra junto a las flores, juguemos a la muerte?».

Porque, más allá de sus elementos polémicos (muchos consideran la película directamente pornografía infantil), y del hecho de que hoy sea impensable que pudiese llevarse a cabo sin que sus responsables acabaran entre rejas, lo cierto es que resulta genuinamente triste y, pese a sus defectos y cierta (evidente) querencia por lo morboso, un trabajo turbio e interesante que vale la pena conocer.

Escrito por Nacho Villalba

 

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