Sesión doble: Esa clase de amor (1962) / Pobre vaca (1967)

Lo realista y cotidiano se asimiló a finales de los 50 y los 60 en la ficción británica al aparecer el Free Cinema, movimiento cinematográfico que llega hoy a nuestra sesión doble con dos de sus imprescindibles. Comenzamos con Esa clase de amor, dirigida por John Schlesinger en 1962 a la que sigue de cerca una de las caras más visibles del cine de Reino Unido, Ken Loach, que nos descubrió en 1967 Pobre vaca. Aquí llegan sus textos.

 

Esa clase de amor (John Schlesinger)

Sin contar con la popularidad de la Nouvelle Vague francesa ni con el prestigio de la Nueva Ola checoslovaca, el Free Cinema emergió como una corriente propia de las islas británicas con claras pretensiones de recrear la realidad social de la época centrando su mirada en esa juventud desencantada habitante de los barrios obreros a partir de una estructura cinematográfica empapada de realismo ordinario siempre realizado con escasos medios económicos.

Muchos fueron los nombres clave que lideraron el movimiento como los Richardson, Anderson, Forbes o Reisz, destacando sobremanera el ácido y exquisito John Schlesinger quien antes de alcanzar la popularidad con la legendaria Cowboy de medianoche legó algunas de las cintas más preciosistas y formalmente hipnóticas del Free Cinema. Entre ellas esta Esa clase de amor, obra primeriza del londinense que ostenta todas las virtudes de su cine.

La película narra la historia de Vic (Alan Bates), un joven delineante que aún vive con sus padres y con nulas ganas de crecer y aceptar la responsabilidad de la edad adulta. Tras asistir a la boda de su hermana mayor, Vic observará entre los curiosos que contemplan a los recién casados a Ingrid, una bella rubia que casualmente trabaja como secretaria en el despacho de arquitectura donde labora éste. Tras una serie de encuentros fugaces y de vaivenes, Ingrid quedará embarazada obligando a Vic a casarse con ella e ir a vivir a casa de su suegra. La convivencia con su insoportable y déspota madre política será un infierno, de modo que Vic se replanteará su vida debiendo decidir entre la responsabilidad que le ata a una existencia gris con su esposa o por el contrario abandonar todo para volver a abrazar su añorada libertad.

Con aroma a cine social de trincheras y un revestimiento visual impecable, Esa clase de amor se eleva como una divertida sátira en torno a esos jóvenes con miedo al compromiso y querencia al abandono a las pasiones amasada con ingredientes tan seductores como un refrescante humor británico, unas hermosas pinceladas de realidad cotidiana concentrada en captar el espíritu de esos barrios obreros, una desternillante caricatura de la familia tradicional como ese estamento caduco aniquilador de libertades gracias a ese personaje realmente irritante de la suegra del protagonista que invita al despelote absoluto y finalmente esa captación del alma popular londinense y sus costumbres de cortejo; las primeras citas en el cine; los paseos nocturnos por avenidas cargadas de vida en compañía de tu pareja y esa amiga a la que resulta difícil dar esquinazo; esos regates con el fin de quedar a solas para consumar el primer encuentro amoroso; esas discusiones que surgen en el nicho familiar; y finalmente esos encuentros en esos pubs donde corre el alcohol, la música y la juerga sin fin.

Todas estas premisas convierten a esta joya en un dulce muy sabroso y agradable incomprensiblemente olvidado con respecto a otras piezas del movimiento. Para el recuerdo la excepcional interpretación de Alan Bates en uno de esos roles que se adaptaban como horma a su zapato. Su poderosa mirada desprende temor al compromiso, vacío y desencanto a la vez que ternura. Un rostro que se acopla a las mil maravillas con una bisoña June Ritchie con la que se siente una compenetración sin ningún tipo de fisuras. Y es que esta es una de esas cintas que exhiben con un influjo muy cercano esas amarguras y frágiles ilusiones que lastran el camino de esa mocedad temerosa de dar el paso a la edad adulta sin haber disfrutado plenamente de la miel de la adolescencia.

Escrito por Rubén Redondo

 

Pobre vaca (Ken Loach)

Cuando se afirma, desde una parte de la cinefilia, que Ken Loach lleva haciendo la misma película toda su vida, se está poniendo de relieve su escasa capacidad de renovación (o simplemente su escaso interés por evolucionar hacia otros registros o estilos), pero también su inquebrantable honestidad para con una realidad social, la que experimenta la clase trabajadora británica, a la que ha dedicado su obra ya desde los inicios de su carrera. Incluso en películas de contenido social mucho menos acusado, como Black Jack o sus exploraciones del terrorismo en Irlanda, podía detectarse un reconocible afán de denuncia y una querencia por el retrato descarnado y realista de gente desfavorecida o sumida en una problemática de índole social contra la que tenía que luchar con dignidad y amparándose en la solidaridad.

Si hay poco que objetar al nivel de compromiso de su director para con este cine social del que se ha convertido en su principal baluarte, no puede decirse lo mismo de su forma de encarar las problemáticas que centran sus películas, lastradas últimamente por una falta de sutileza que ha jugado en contra de la propia denuncia que se pretendía vehicular. Por eso resulta tan estimulante acercarse a una obra de juventud como Poor Cow, a la que la rupturista y veraz narrativa característica del free cinema le sienta particularmente bien. Adaptando una novela (de gran éxito en su momento en el Reino Unido) de Nell Dunn, autora a la que Loach ya se había acercado en una cinta previa para la televisión, “Up the Junction”, el autor de Kes logra perfilar un retrato apasionante y contradictorio de una joven que intenta sacar adelante a su hijo pequeño y encontrar cierto equilibrio económico y afectivo dentro de un ecosistema social marcado por la delincuencia, la pobreza y la falta de expectativas.

Hay dos virtudes esenciales en la propuesta de Loach: la primera, la principal, que éste nunca juzga a su protagonista, tampoco al resto de personajes. Lejos de sucumbir a un paternalismo burgués y bienintencionado, Loach permite que sus criaturas sean humanas con todas sus consecuencias: obran mejor o peor, se equivocan o actúan con mezquindad incluso, pero todos, dentro de sus respectivas idiosincrasias, parecen moverse de acuerdo a sus propias necesidades/condicionantes sociales, lo cual los hace cercanos sin tener que recurrir al retrato de santos en el que ha caído buena parte de la filmografía reciente de su autor. En este sentido, Poor Cow está libre de maniqueísmos y monsergas ideológicas, y el modo en que describe a un personaje como el que interpreta brillantemente Carol White destaca por su riqueza de matices y por una ambigüedad y limpieza psicológica rara de ver en el cine social actual, al margen de los hermanos Dardenne.

La segunda virtud compete al estilo veraz, abrupto, alérgico al sentimentalismo, con el que Loach filma todo lo que rodea a la protagonista: el ambiente humilde en el que vive y trabaja, los personajes que la rodean, los diálogos que se intercambian… Hay algo muy hermoso en el modo en el que desplaza la atención del foco principal para registrar rostros anónimos de la clase obrera británica, gente tomando pintas en un bar o niños jugando en un descampado. Loach deja que la realidad se filtre en cada poro del relato, lo que, unido a la narrativa ágil, repleta de elipsis y personajes/acciones apenas abocetados, logra cuajar un clima cuasi-documental muy estimulante. Es ahí, en la gama de tonos grises que gobierna la narración y en la humanidad de su protagonista, donde Poor Cow consigue hallar su razón de ser, hasta convertirse en una de las películas más interesantes de su autor.

Escrito por Nacho Villalba

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