Sesión doble: A cada uno lo suyo (1967) / Los cien pasos (2000)

La mafia siciliana desembarca en la sesión doble con uno de los especialistas en radiografiar el estado socio-político del país transalpino como Elio Petri, que dirigía a finales de los 60 una A cada uno lo suyo protagonizada por su habitual Gian Maria Volonté; y con otro cineasta, más reciente, como Marco Tullio Giordana, que años más tarde dirigiría su afamada miniserie La mejor juventud, pero aportaba su particular visión del tema con Los cien pasos (I cento passi).

 

A cada uno lo suyo (Elio Petri)

A cada uno lo suyo (A ciascuno il suo, 1967) fue una película importante en la carrera del genial Elio Petri. Supuso su primera colaboración con quien se convertiría en su actor fetiche, Gian Maria Volonté, así como su primer acercamiento al universo del escritor siciliano Leonardo Sciascia, sin duda uno de los mejores retratistas de la crónica mafiosa de su época, autor de la magistral El día de la lechuza (adaptada al cine también en 1967 por Damiano Damiani).

Nos hallamos ante una película muy madura que denota el tono cínico y ese gusto por componer fábulas sociales a través de elementos criminales que posteriormente amasaría el autor de Todo modo, pero moldeada desde una partitura mucho más antipática que la famosa tetralogía que convertiría a Petri en un Dios de la sátira política a la italiana.

Lo que más llama la atención es su envoltorio a todo color (contrastando sarcásticamente con unos cielos luminosos y muy azules la degradación moral que estallará en pantalla), alejándose de las sombras en blanco y negro típicas del incipiente cine de mafiosos de los años sesenta, así como su adscripción al tardo neorrealismo merced a esos rodajes en escenarios naturales sitos en pequeños pueblos de la Sicilia profunda conocidos por sus señoras vestidas de luto y esos niños que corretean las calles entre las miradas inquisidoras de gente con bigote y gafas de sol.

Igualmente resulta llamativa su estructura de ‹whodunit›. La película está protagonizada por un abstraído y reprimido profesor (interpretado por Volonté) que se verá envuelto en un intrincado laberinto en el momento en que dos amigos del pueblo, un farmacéutico muy mujeriego que estaba recibiendo anónimos amenazantes y un doctor con el que había salido por la mañana a cazar patos, serán asesinados a sangre fría sin mediar palabra.

Lo que en principio parecía un ajuste de cuentas perpetrado por un marido celoso, pillando al médico por desgracia como testigo al que había que eliminar, se irá complicando a medida que el profesor descubra que no todo es lo que parece, sino que ese doctor muerto por casualidad tenía un documento que podría implicar judicialmente a un mafioso de la localidad.

Pero ¿por qué era el farmacéutico quien recibía las amenazas y no el doctor? Todo ello se verá aún más enredado con la aparición de la viuda del doctor (Irene Papas) de la que el profesor quedará súbitamente prendado iniciándose una turbia relación entre ellos, y la del primo de la viuda, un abogado que desea proteger la reputación de su pariente.

Petri se sirvió de este engorroso galimatías para tejer un policíaco que retrata a la perfección la sociedad siciliana regida por ley del silencio y esos asuntos sucios que se solucionaban a la vieja usanza, sin dejar testigos y sin mostrar ningún tipo de escrúpulos para lograr sus maquiavélicos objetivos. Aquí el héroe protagonista será un pringado. Un ingenuo acosado por una madre controladora que le impide ser totalmente libre y cuyas ansías de libertad le harán presa fácil de las aves carroñeras que vuelan a su alrededor.

Elio no dejará títere con cabeza exhibiendo que la búsqueda de la verdad no es posible en una sociedad marcada por el miedo al ser engullidos por los tentáculos de esos mafiosos poderosos que todo controlan actuando en consecuencia para alcanzar sus propósitos. A ello ayuda la magistral interpretación de Volonté como ese idealista que cree que podrá descubrir quien asesinó a sus amigos sin consecuencias para su integridad física, totalmente cegado por el advenimiento de esa pasión sexual que mantenía reprimida y que explotará al relacionarse con la viuda de su amigo asesinado.

El film se beneficia de la mirada visceral de un Petri oscuro y paranoico quien juega con los trucos que le harían famoso (‹zooms›, movimientos cámara en mano, panorámicas que quitan el hipo, planos subjetivos…), para cerrar la función con una inyección de su ironía característica revelando, gracias a una escena festiva alejada del tono negro del film, lo que la realidad escondía detrás del entuerto.

Escrito por Rubén Redondo

 

Los cien pasos — I cento passi (Marco Tullio Giordana)

El género de mafiosos en el cine ha conseguido ser tan prolífico como popular durante un buen puñado de años, llegando a tener arcos similares al western de romantización, crepúsculo, desencanto y el eventual resurgimiento, como siempre cíclicos. Sin embargo, y al igual que el western, el panorama parece saturado de norteamericanos. Quizás con los vaqueros esto es menos sorprendente, pero en lo referente a la Cosa Nostra, agradezco descubrir y escuchar voces diferentes y, quizás por encima de todas, las italianas.

Los cien pasos (I cento passi) de Marco Tullio Giordana es un giro interesante, alejado narrativamente de muchos cauces típicos del género. La historia gira alrededor de la mafia, pero no de esta en un vacío, sino su papel social, su capacidad permeable en vidas ajenas, en el ambiente en las calles de un pueblo. Teniendo como hilo conductor la figura de Peppino (Luigi Lo Cascio), nos adentra en una Sicilia de intentos de cambio, con constantes truncamientos, y de una juventud izquierdista que si bien ha perdido el miedo a instituciones como la Cosa Nostra, no ha ganado impunidad por ello. Es una visión refrescante, orbital a las secuencias más sensacionalistas típicas del género y alejada de populismos y blanqueamientos.

Que se trate de un caso real también ayuda a fundamentar la trama en unas normas más verosímiles; los caminos de Peppino y sus relaciones en el pequeño pueblecito siciliano que da telón a la historia son entrañables, pero coherentes, verídicas más allá de hechos concretos. La violencia, cuando golpea, lo hace en las maneras que lo haría en la realidad. Si bien creo que las actuaciones caen frecuentemente en la exageración, en especial las juveniles, los personajes son todos interesantes y polifacéticos. Concluye esto en que los esfuerzos del guión por ser verosímil y mundano caen en las manos de unos actores, algunos brillantes, pero la mayoría encerrados en un registro algo más teatral de lo que la película requiere.

Donde la cinta sí es deudora de sus referentes norteamericanos es en la forma. Tullio Giordana firma una cinta deliciosamente académica, con un manejo de la cámara sobrio y preciso que sabe encontrar encuadres enfáticos en casi todas sus secuencias. La fotografía del filme, a cargo de Roberto Forza y Stefano Paradiso, es también un punto a destacar. Me fascinan sus claroscuros y más de una vez el peso de la escena, no solo plástico sino también lírico; recae en los rayos de luz que realzan personajes o facciones con suma expresividad.

Es sin duda una película notable, con unos valores de producción altos y bien manejados, de la cual me sorprende no haber sabido nada previamente. Su actualidad la anula como víctima de la historia, así que debemos buscar en otros sitios para entender por qué no hablamos más de Los cien pasos, sin duda bien lo merece. Yo, por mi parte, salgo de la obra con ganas de revisitarla y con una nueva perspectiva sobre lo que este género, que no me ha entusiasmado tanto como lo hace en este momento, puede ofrecer.

Escrito por Robert Gómez

 

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