La fe y el desierto.
Es asombroso comprobar cómo se configura la imagen reconocible de un autor con el pasar de los años. Más allá de atestiguar la impronta cultural que conecta una película a su tiempo, resulta llamativo ver la mutabilidad de aquellos ejemplos que, pese a sostener una clara vocación por una definición formal, estos parecen terminar renegando de los mismos rasgos que los hacían distinguirse originalmente. Sin valorar dichas consideraciones o preferencias, esta evolución es notoria en los intereses del director franco-alemán Dóminik Moll. A propósito del reciente estreno de Caso 137 (2025) —un film coherente al relato social sobre el que se enmarca su realidad—, la asunción de un título tan libre y recargado como El monje (2011), acreditado por la misma persona, es cuanto menos sorprendente en lo que concierne la trayectoria de su responsable.

Adaptando la novela gótica de Matthew Gregory Lewis —que data de 1792—, El monje de Dóminik Moll es una ‹rara avis› cinematográfica se mire por donde se mire. A pesar de ignorar algunos de los pasajes más significativos y fatalistas del material de partida, la visión de su responsable opera a favor de un barroquismo puramente cinematográfico, trasladando su imaginería mediante trucajes y recursos propios del cine mudo sobre los que vale la pena ahondar. La voluntad de imprimir dichas formas constatan la distinción de su lectura, especialmente si tomamos en cuenta la versión de El monje de 1972 dirigida por Adonis Kyrou y guionizada por Luis Buñuel; mucho más austera en términos de lenguaje pero eminentemente más frontal desde su trasfondo político-social, con un final sobre el que es imposible anticiparse o dar crédito —retazo de estilo que convida a pensar en la influencia del prestigioso cineasta aragonés—.
En el caso de la película que ocupa este texto, la crítica afilada sobre la cuestionable rectitud eclesiástica permea sin demasiada trascendencia, y aunque esta sucede en un monasterio y la base sea la misma, la visión de Dóminik Moll no parece querer apuntar hacia esa dirección —motivo por el cual, intuyo, queda relegada como una mala adaptación—. Asumiendo este paréntesis sustancial, el director pretende acercarse a la raíz del asunto para tratar una exploración general de la tentación y la culpa en el seno de la moral cristiana, abriendo las puertas de la psique de un personaje obstinado (Vincent Cassel) que ve truncada su convicción cuando el demonio (Déborah François) aparece en su vida.

Cabe destacar, como mencionaba anteriormente, su pronunciada inclinación a favor de una imagen precisa y recargada. Desde sus primeros minutos, cuando el protagonista es un bebé recién nacido y es abandonado en el centro de culto donde pasará toda su vida, la forma de mostrar dicho trayecto recuerda a una disposición concatenada por ‹sets› artificiales, propia de un clasicismo que utilizaba estos recursos para resaltar la importancia significativa de cada encuadre. Por si fuera poco, esto es todavía más evidente cuando hace uso de transiciones donde encierra el propio encuadre en un marco circular, anticipando conexiones y circunstancias que irán sucediendo a medida que avance la historia. El conjunto también cobra fuerza mediante ideas de color e iluminación, especialmente a través de la llamativa diferencia que sugiere entre las secuencias que transcurren de día o de noche, donde el contraste entre ambas queda acentuado desde la revelación de un paisaje claro y vacío y una oscuridad íntegramente ligada al reconocimiento progresivo de una maldad incipiente.
En perspectiva, el poso entre los títulos más recientes de Dóminik Moll y El monje es ciertamente parecido, llegando a esos claros de desesperanza donde la falta de una resolución concisa sugiere la notoriedad del silencio de Dios. En esta ocasión, lejos de la inmediatez social y política del presente, el director toca fondo —para bien, para mal— en una obra que exprime un dispositivo formal sumamente sugerente, elevando la cuota de un retrato sufrido donde peca, tal vez, del augurio de un perdón que, más adelante, ya no concederá.







