Paulina (Santiago Mitre)

Tras un fantástico debut con El estudiante, Santiago Mitre vuelve a ponerse tras las cámaras con un rumbo diametralmente opuesto al que tuvo con su ópera prima; En esta ocasión el reto era hacer un remake de un clásico argentino contando con muchos más recursos de los que podía soñar en su primer trabajo sin perder esa visión tan particular que fascinó al espectador en el mismo.

Paulina es un remake de La Patota, película de Daniel Tinayre de 1960, en la que unos estudiantes de filosofía de la escuela nocturna violan a su profesora. Contraponiendo un poco el tono meramente filosófico de la original, Mitre vuelve a darle un toque político a sus contenidos. De este modo, en la nueva versión, Dolores Fonzi, haciendo un papel espectacular, encarna a una Paulina que es maestra rural de un taller político. Una abogada idealista que deja atrás su carrera para ejercer de maestra rural.

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Para colmo de males, este idealismo de Paulina encuentra su opuesto en la figura de su padre, juez, interpretado por Óscar Martínez. La secuencia que abre y la que —prácticamente— cierra el film, ambas un careo entre padre e hija, son sencillamente sublimes, seguramente lo mejor que veremos durante hora y media. Ambos actores tienen química, ponen las emociones a flor de piel, nos ayudan a comprender lo que pasa sin explicitar nada.

Y es que Paulina es una película de silencios y quietud, de pensamientos y no de acción, de juicios de valor y segundas miradas. No es una cinta que resulte fácil de ver, pero precisamente se juega con esa incomodidad, uno llega a recrearse en ella. El mismo suceso, las mismas escenas, fragmentos cotidianos de una vida normal hasta que algo la hace quebrarse, son contados por diferentes puntos de vista. De este modo, logramos comprender cómo llega a pasar un acto tan terrible como una violación.

Pero si hay algo que destacar del film es, ya lo hemos mencionado antes, cómo lleva la carga del mismo Dolores Fonzi, ejerciendo de víctima y de heroína, de mujer y de hija. Los 103 minutos de metraje giran en torno a su figura, y ella coge el testigo con entusiasmo. Uno puede llegar a querer matar a su personaje, de tanta desesperación como consigue con su convicción, pero consigue que todos y cada uno de los espectadores puedan identificarse con ella. Además de eso, las conversaciones con su padre, especialmente la que cierra la historia, son maravillosas.

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Por otra parte, también ha de destacarse la manera de superponerse las distintas escenas, la elección narrativa. Al final vemos entrevistas y entrevistas que se hacen ante una víctima de abusos. No sabemos hasta el final qué estamos viendo exactamente, pero se nos ofrecen los mil trámites burocráticos que recrean una y otra y otra vez la escena.

El director decide plantear este tema que, tristemente, es un crimen tan abyecto y antiguo como cotidiano, como un acto simple de consecuencias complejas. Al hacer del personaje de Paulina alguien formado, y contraponerlo con su violador, puede hablar desde el punto del racionalismo contra el instinto, de poder poner las concepciones judicialm  política y sociológica unas contra otras para dar una visión global

Esto convierte a Paulina en una película muy completa, no así en una película fácil de ver. Apoyada en su credibilidad y en unas interpretaciones grandiosas, consigue sacudir al espectador, provocarle dudas, incertidumbre, desesperación, haciéndole pensar. La verdad es que en apenas dos películas, se podría decir que este joven director parece haberse especializado precisamente en eso, en conseguir encontrar la profundidad en sus guiones y actores. Un cine con mensaje como el de toda la vida.

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